Lo que pasó cuando mi vieja se fue a visitar a su mamá en Mar del Plata
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Vos sabés lo que es tener un marido que te ama con la cabeza, pero te ignora con las manos. Yo, sí. Matías, mi viejo, es un santo: me lleva a comer, me abraza al dormir, me dice “che, qué linda estás hoy” con una sonrisa que le dura tres segundos. Pero desde que nos mudamos a este barrio tranquilo, de esas casas con jardín chico y vecinos que te saludan pero no te preguntan cómo estás, la piel se le pone pegajosa, y cuando me toca, es como si estuviera acariciando unaalfombra vieja: con cariño, sí, pero sin fuego.
Y entonces, a los tres días de que se fue Maru —mi vieja, que es su mamá— a visitar a su hermana en Mar del Plata —“porque se cansó del clima de acá”, dijo, con esa sonrisa cómplice que solo tienen las madres que saben más de lo que dicen—, Matías me miró distinto. No con ansiedad, no con miedo. Con algo más lento, más profundo.
Fue en la noche. Llovía como si el cielo se hubiera olvidado de secarse. Yo estaba en la cocina, preparando una ñoqui con salsa de tomate casera, esa que hago desde que nos conocimos, cuando lo escuché entrar. No con la rapidez de siempre, sino con pasos lentos, como si estuviera midiendo el tiempo entre cada pisada. Me giré. Lo vi parado en la puerta del comedor, con la camiseta mojada y los cabellos pegados a la frente.
—Che —dijo, y no me miró de inmediato—. ¿Viste cómo cayó el agua?
—Sí, pibe. Y vos mojado como un perro —le dije, y le tiré una toalla—. Sentate un rato, que te la dejo seca.
No me obeyció de inmediato. Me miró la boca, después los ojos, y después —sí— bajó la mirada, un poquito, hasta donde el corazón se acelera.
—¿Tenés hambre? —pregunté, fingiendo calma.
—Más que hambre —respondió, y por primera vez en años, no sonó como un hombre hablando, sino como un pibe que se acaba de fijar en una cosa que le gustaba desde hace mucho y que por fin se atrevió a tocar.
Se acercó. No me abrazó. Me acarició la nuca con los pulgares, como si estuviera midiendo la textura de mi piel. Luego, con una lentitud que me hizo temblar, bajó la mano hasta el borde de la camiseta y la levantó, un centímetro, dos. Me dejó ver el borde del sostén de encaje negro que me puse esa mañana “porque sí”, sin razón aparente.
—Volvé a hacerme ñoqui —susurró—. Pero después, ¿me dejás cogerte en la cocina, contra la mesada?
No respondí. Solo le tomé la mano, se la puse sobre el muslo, y le dije:
—Si me la bajás la camiseta, te dejo garchar hasta que te pida clemencia.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, Matías no fue mi marido. Fue un pibe que me miró con los ojos entreabiertos, con la respiración corta, y que, antes de besar mis labios, me dijo:
—Che… qué rico es esto. Qué maldita puta mierda buena.
Y yo, con la respiración ya perdida, le contesté:
—Agora, pibe. Ahora mismo. Antes que la lluvia se seque.
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