Lo que pasó cuando mi esposo viajó por trabajo

Lo que pasó cuando mi esposo viajó por trabajo

@natalia_fuego ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 5 min de lectura

Llovía cuando él se fue. Esa lluvia fina y persistente que empapa sin dar respiro, como el silencio que dejó en casa después de despedirse con un beso en la frente y una promesa de llamar cada dos horas. Sabía que no lo haría. Sabía que, en cuanto cruzara la puerta del auto y desapareciera entre la niebla de la avenida, quedaría sola, con la casa demasiado grande y el reloj marcando las 17:45. Me desabrochó la primera botón de la camisa mientras decía *“disfruta tu noche”*, pero no fue un gesto de cariño: fue una concesión, una rendición anticipada ante lo inevitable. Yo asentí, sonreí, lo vi partir —y en el fondo, algo en mí se estiró como un arco listo para soltar la flecha.

Me quedé en la cocina, bebiendo un vino que no necesitaba. Lo miré por la ventana mientras el auto se alejaba, y entonces me dije: *hazlo*. No con miedo, no con culpa: con intención. Me deslicé los zapatos, me deshice el pelo en un nudo torpe, me cambié de ropa —no por él, sino por mí—. Me puse un vestido negro ajustado, sin mangas, con una abertura lateral que dejaba ver mi muslo derecho, liso, terso, sin celulitis ni excusas. Me maquillé bien, con cuidado: labios rojos, pestañas largas, ojos húmedos. No para que alguien me deseara: para que yo misma me deseara.

A las 18:20, tocaron a la puerta.

Luis. Mi vecino. Cuarenta y pocos, divorciado, padre de un hijo que vivía con la madre en otra ciudad. Lo había visto antes —en la pileta, con el torso desnudo, el agua resbalándole por el pecho, las marcas de los años en la piel, pero también la fuerza de un cuerpo que se cuida. Nunca había cruzado una palabra con él más allá de un “buenos días” o “¿puedes apagar la música?”—. Pero aquella noche, cuando abrí la puerta y lo vi allí, con una botella de tequila en una mano y una sonrisa de lo más tranquilo en la cara, supe que no era casualidad.

—Vi tu auto —dijo—. Pensé que quizás querías compañía.

—¿Y si digo que no? —pregunté, sin apartar la mirada de su cuello, de la vena que palpitaba allí, bajo la barba de tres días.

—Entonces me voy —respondió, y dio un paso atrás—. Pero luego, cuando estés arrepentida, sabrás que la oportunidad pasó.

Lo agarre del brazo y lo tiré hacia adentro.

—No me hables de arrepentimiento, Luis —dije, cerrando la puerta con un clic seco—. Hablamos de lo que pasa *ahora*.

No hubo beso初. No hubo cortesías. Lo empujé contra la pared del pasillo, con mis uñas clavándosele en los hombros, y le besé el cuello, mordí su piel, sentí cómo su respiración se aceleraba. Me tomó la cara entre sus manos, me levantó el mentón, y me miró a los ojos mientras me decía:

—¿Estás segura? Porque si no lo estás, lo paramos.

—Sí —susurré—. Estoy segura. Demasiado.

Me levantó como si fuera nada, me llevó al cuarto, me dejó sobre la cama con suavidad —pero sin perder el control—. Me desabrochó el vestido con los dedos, uno por uno, y cuando el tejido cayó a mis caderas, me miró como si me estuviera descubriendo por primera vez. No era la primera vez que me miraban así, pero sí la primera vez que yo *quería* que me miraran así.

Se quitó la camisa, y allí estaba: pecho ancho, abdomen plano pero marcado, tatuajes discretos —una serpiente en el costado, letras borrosas en el brazo izquierdo—. Me besó entonces, profundamente, con lenguaje de hombre que sabe lo que quiere y no tiene prisa en conseguirla. Me palmeó los senos, los apretó, los giró entre sus dedos, y cuando mis pezones se endurecieron, me incliné hacia él, le lamí un pezón, lo chupé con fuerza hasta que gimió y me empujó contra la almohada.

—Quiero verte —dijo—. Quiero verte hacer lo que quieras.

Me senté, con el vestido aún a medias, y me desabroché el sujetador yo misma. Se lo saqué con un movimiento suave, y él me miró, hipnotizado, mientras mis pechos se elevaban, firmes, con la piel morena y los pezones oscuros, hinchados ya por el deseo. Me acerqué a él, me senté sobre sus piernas, con el vestido enrollado en las caderas, y le apreté el pene a través del pantalón, sintiendo su tamaño, su calor, su urgencia.

—¿Quieres verme? —le pregunté, bajando mi voz hasta un susurro ronco—. Entonces mira.

Me desabroché su pantalón, lo bajé con lentitud, y allí estaba: grueso, tieso, la punta húmeda, la piel oscura, la vena saliente. Me incliné y lo lamí desde la base hasta la cabeza, con la lengua plana, girando, chupando con suavidad. Él me sujetó de las caderas, me obligó a subir, y entonces me empujó contra la pared, me abrió las piernas con una rodilla, y se metió dentro de mí sin previo aviso.

Me gritó mi nombre como si me estuviera salvando.

Yo sentí su grosor, su dureza, cada latido de su cuerpo dentro del mío. Me moví con él, con fuerza, con desesperación, con la culpa que ya no me dolía, sino que me encendía. Me mordió el hombro, me tomó las nalgas, me levantó una pierna sobre su cadera, y me metió más hondo, más fuerte, hasta que sentí que me rompía, que me deshacía, que me rendía.

—Voy a correr —dijo, jadeante—. No quiero mancharte… pero no puedo esperar.

—Hazlo —le dije—. Hazlo dentro de mí. Que sientas que me posees.

Y lo hizo.

Con un grito ahogado, con las manos aferradas a mis muslos, con los ojos cerrados, se corrió dentro de mí, y yo lo seguí, inmediatamente, con un temblor que me subió desde los pies hasta la garganta, con una sensación de vacío y plenitud a la vez, como si hubiera vuelto a nacer, como si por fin hubiera aceptado que también yo tenía derecho a desear.

Se desplomó sobre mí, sudado, tembloroso, y yo lo abracé, lo sentí respirarme el cuello, lo sentí decir:

—Nunca más vuelvas a dudar.

No le respondí. Solo le besé la frente, le acaricié el pelo, y me dejé llevar.

A las 22:10, cuando el tequila ya estaba vacío y la lluvia había cesado, me puse de pie, caminé hasta el baño, me miré al espejo: pelo despeinado, labios hinchados, cuello con marcas de dientes. Me sonreí. No con vergüenza. Con satisfacción.

Sí, mi esposo me había dejado sola.

Pero esa noche, no lo sentí como una ausencia.

Lo sentí como un regalo.

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