Lo que pasó cuando el power outagé en el apartamento de al lado
9 minLo que pasó cuando el power outagé en el apartamento de al lado
La ciudad de Medellín, esa noche de jueves de finales de mayo, tenía ese clima de verano que no da tregua: calorcito pegajoso, humedad en el aire como un abrazo insistente, y el cielo oscuro pero sin lluvia, como si estuviera esperando algo. Santiago y Camila estaban sentados en el sofá de su apartamento en el sector de El Poblado, en el décimo piso de un edificio moderno con vistas al canyon y a las luces que se encendían una por una conforme descendía el sol. En la televisión, una serie cualquiera sonaba apagada, como fondo muerto. Los dos estaban en silencio, pero no era un silencio incómodo: era ese silencio cómodo de quienes han pasado años juntos, de quienes conocen el ritmo del otro hasta en sus respiraciones.
Camila, con su cabello rizado recogido en un *topetón* torcido, vestía un shorts de algodón y una camiseta finita, sin sostén. Santiago, con su camiseta de manga corta ya arrugada, tenía las piernas cruzadas y la cabeza apoyada en el respaldo, con los ojos cerrados. Hacía una hora que no decían nada importante, nada que exigiera esfuerzo. Solo estaban, *ahí*, compartiendo el aire, el calor, la quietud.
Fue entonces cuando el power outagé.
No fue un apagón total de la ciudad —solo el edificio. Las luces se fueron de golpe, dejando una oscuridad total que se sentía densa, casi física. La televisión se calló en seco. El aire acondicionado dejó de zumbear. Solo quedó el sonido del tráfico lejano y el ruido de los grillos en los árboles del balcón.
—Jesús, Camila —dijo Santiago, medio burlón, medio sorprendido—. ¿Qué diablos pasó?
Ella no respondió de inmediato. Se movió un poco en el sofá, se acomodó mejor, y en la oscuridad, Santiago vio cómo levantaba una mano, como si estuviera midiendo la oscuridad.
—Parece que el transformador del edificio se fue —dijo con calma—. Ojalá no dure mucho.
—Ojalá —repitió Santiago. Y luego, como si algo se le encendiera dentro—: ¿Te apetece encender las velas?
—Sí —dijo Camila. Y añadió, con una sonrisa que él no alcanzó a ver pero sí sintió en la voz—: Que no sea una cualquiera. Una de esas de olor a vainilla, que pa’ qué.
—Claro que no —dijo él, ya de pie—. Vamos a la cocina.
Fueron juntos, mano con mano, en la oscuridad. Santiago sabía el camino de memoria, pero de todos modos tomó la mano de Camila con cuidado, como si fuera un hilo que no debía romperse. Ella no dijo nada, solo se dejó guiar, pero su pulgar rozó el dorso de la mano de él, una y otra vez, como si estuviera jugando con algo invisible.
En la cocina, Santiago abrió el cajón donde guardaban las velas —no muchas, porque Camila las usaba poco— y sacó dos: una blanca, alta, con textura artesanal, y otra más pequeña, roja, como una cereza madura. Las encendió una por una, y las puso sobre la mesada, frente a los dos.
La llama tembló un poco al principio, pero luego se asentó. Iluminó su rostro: los ojos de Camila, que parecían dos pozos oscuros con fuego adentro; la curva de sus labios, ligeramente húmedos; la forma en que su cuello se alargaba cuando inclinaba la cabeza.
—Mira cómo brilla —dijo Santiago, mirándola a los ojos—. Como si fuera algo sagrado.
—Pa’ qué —dijo ella, y se levantó del sofá donde estaba sentada, y se acercó a la mesa—. La vida no es tan sagrada, mijo. Pero sí puede ser buena.
Santiago no respondió. Solo la miró. Porque era eso lo que él hacía mejor: mirar. No con deseo urgente, sino con atención profunda, como si estuviera dibujando cada detalle con la mente. Vio cómo la luz de la vela le bañaba los hombros, cómo la camiseta le quedaba holgada pero bien puesta, cómo el cabello le marcaba el contorno de la cara. Vio cómo se mordió suavemente el labio inferior, como si estuviera decidiendo algo.
—¿Te acuerdas de aquella vez, en la casa de los abuelos? —preguntó Camila, y su voz sonó más baja, más íntima—. Cuando estábamos solitos en la terraza, y no había luz.
—Claro que me acuerdo —dijo Santiago—. Estábamos sentados en el columpio viejo, y te acordaste de que no habíamos traído linternas. Y dijiste: “Bueno, si no hay luz, que al menos no falte la calorcita”.
—Sí —rió ella, suave—. Y tú me tomaste la mano, y me dijiste: “Pa’ qué queremos luz, si ya sé dónde está tu pulso”.
Santiago se acercó. No con prisa, pero sí con firmeza. Se puso frente a ella, a menos de veinte centímetros, y bajó la cabeza, como si quisiera olerla.
—Hoy —dijo, con la voz rasposa—, no hace falta pulso.
—No —dijo ella. Y entonces, como si algo se hubiera desbloqueado—: Hoy quiero que me mames.
Santiago no se movió de inmediato. Solo la miró, y en ese instante, el mundo se redujo a eso: los dos, la vela, la oscuridad, y esa frase que sonaba tan cotidiana y tan intensa a la vez.
—¿Aquí? —preguntó.
—¿Te asusta? —dijo ella, y esbozó una sonrisa traviesa—: Vos, pa’ lo que te duelen los ojos, no te asustas de nada.
—No es eso —dijo él, y se inclinó, lentamente, hasta que sus labios rozaron su oreja—. Es que me gusta escucharla decirlo. Que lo digas bien claro.
Ella respiró hondo. Y entonces, sin mirarlo, con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, como una ofrenda:
—Quiero que me mames, Santiago. En la cocina. Con la luz de la vela.
Él se enderezó. La tomó por la cintura, suave, como si fuera una tela que no debía arrugar. La apartó un poco del mostrador, pero no del todo. La puso entre sus piernas, con sus manos apoyadas sobre su cadera, y la miró de nuevo.
—Vos sabés que nunca te digo que no —dijo.
—Sí lo dices —respondió ella—. Pero siempre al final, lo hacés.
Él sonrió, y entonces la besó. No fue un beso rápido, ni apresurado. Fue un beso profundo, con lenguas que se buscaban como si fueran dos cosas que se habían olvidado y volvían a encontrarse. Ella se pegó a él, con las manos en su nuca, y lo tiró un poco hacia atrás, para que él se apoyara contra el mostrador.
Cuando se separaron, los dos respiraban fuerte, pero sin pausa, sin interrupción. Él bajó las manos, lentamente, por su cintura, por sus caderas, hasta agarrar su trasero y apretarlo contra su cuerpo. Ella gimió, bajito, como si temiera que alguien la oyera —aunque sabían que no habría nadie—.
—Vamos a quitarte esto —dijo él.
Y sin pausa, sin romper el contacto visual, Santiago levantó la camiseta de Camila. Ella, con los brazos atrás, se la sacó como una hoja, y quedó ahí, con su sujetador negro de encaje, y la piel morena iluminada por la luz rojiza de la vela.
—Mira —dijo Santiago, y ya no era una orden, era una súplica—. Mirá cómo te quedó la luz.
Ella se miró en el reflejo del extractor, con la vela detrás de ella, y se sonrió.
—Estoy rica —dijo—. Como siempre estuve.
Él no respondió. Solo se arrodilló, sin perder el contacto visual, y con una mano, levantó su short de algodón y lo bajó, lento, por sus muslos, hasta el suelo. Ella se mantuvo firme, con las piernas ligeramente separadas, como si ya supiera lo que venía.
Y entonces, Santiago puso su cara entre sus piernas.
No lo hizo con urgencia. Primero rozó con la punta de la lengua el interior de su muslo, con suavidad. Luego, más abajo, pasó la boca por su ombligo, como si estuviera besando una línea invisible. Y cuando estuvo frente a ella, se detuvo. Solo la miró, y vio cómo su respiración se había vuelto más corta, cómo sus pechos subían y bajaban, cómo su pulso latía en el cuello.
—Vos me mirás —dijo ella, con voz temblorosa—. No me cierres los ojos.
Él asintió, y entonces, con una lentitud que era un acto de devoción, metió su lengua. Primero un rozado, como si estuviera lamiendo una cereza madura. Luego, más fuerte. Un chupetón suave, que hizo que Camila soltara un grito ahogado, como si alguien le hubiera pinchado un globo de aire.
—Santiago… —dijo—. Ahí está.
Él no respondió. Solo continuó. Con la lengua, con la boca, con los labios. Le lamió el clítoris como si fuera el centro del mundo, como si todo lo demás no existiera. Y mientras lo hacía, con una mano le masajeó un pecho, con el pulgar pasando por el pezón, que ya estaba tieso y brillante bajo la luz de la vela.
Ella se empezó a mover, con pequeños empujes hacia adelante, como una flor que busca el sol. Él la sostuvo con ambas manos, firme, y siguió mamiando, cada vez más fuerte, más hondo, más intenso.
—No aguanto más —dijo ella, y su voz ya no era más que un susurro roto—. Santiago, no aguanto más.
Él la miró a los ojos, y entonces, con un movimiento rápido, le metió dos dedos. Ella gritó, esta vez sin disimulo, y se le cerraron los ojos, como si estuviera cayendo en un abismo que ya conocía.
—Sí —dijo—. Sí, sí, sí…
Él la siguió mamiando mientras la hacía, con los dedos curvados, con la boca pegada a su piel, con las manos agarrando sus muslos con fuerza. Y cuando ella vino, lo hizo con un grito largo, que casi rompió el silencio del piso, y con el cuerpo arqueado hacia atrás, como una lira tensa.
Cuando todo terminó, Santiago se puso de pie. Camila aún respiraba fuerte, con las rodillas un poco flácidas, y la camiseta subida hasta la cintura. Él le bajó la ropa, lentamente, y luego la abrazó, con la frente contra su hombro.
—Estoy llenita —dijo ella, en voz baja—. Como siempre.
Él la besó en el cuello.
—¿Querés que te lave la cara? —preguntó.
—No —dijo ella—. Déjame que respire un poco más.
Y así estuvieron, abrazados, con la vela roja parpadeando entre ellos, iluminando sus rostros, sus manos entrelazadas, sus respiraciones. Afuera, la ciudad seguía brillando, con sus luces que habían vuelto a encenderse, pero aquí, en la cocina, la oscuridad seguía siendo suya.
Después, Santiago encendió una de las velas más pequeñas y la puso en el balcón. Se sentaron juntos, con una botella de agua y dos vasos, y miraron las luces de la ciudad.
—Ojalá vuelva a salir la luz —dijo Camila—. Pero no me importa tanto.
—Yo tampoco —dijo él—. Porque hoy aprendí algo.
—¿Cuál?
—Que la oscuridad no es miedo. Es solo una forma de ver mejor.
Ella se giró hacia él, y lo besó, con ternura, con calma, con todo el sabor de la noche.
Y en ese beso, hubo humedad, sal, calor, y el recuerdo de la vela.
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