Lo que pasó cuando decidió probarlo
6 minLo que pasó cuando decidió probarlo
Era una noche de viernes, tranquila, con el aire cargado de humedad y el zumbido tenue de los electrodomésticos en la cocina. Sofía y Lucas habían cenado temprano, sentados en el sofá, con una botella de vino medio vacía y la luz de la lámpara de pie proyectando sombras largas sobre la pared. Hablaban poco, pero no por aburrimiento, sino porque llevaban ocho años juntos y habían construido un lenguaje propio: gestos, miradas, silencios que decían más que las palabras.
Lucas la miró mientras ella hojeaba una revista con las piernas cruzadas, el algodón suave del camisón que le llegaba a la mitad de los muslos subió un poco cuando se acomodó. Él tragó saliva. Había algo en la forma en que ella se movía, en la curva de su espalda cuando se inclinaba, que lo hacía sentirse vivo. Pero no era solo eso. Había algo más. Algo que llevaba días rumiando, que no sabía cómo nombrar.
—¿Te acuerdas cuando fuimos a la feria del libro el año pasado? —dijo, sin apartar la vista de ella.
Sofía alzó los ojos, sonrió con esa sonrisa que solo él conocía del todo: un poco tímida, un poco burlona, pero siempre cálida.
—Sí. Cuando te comiste todo el vaso de helado y lo derramaste en mi falda.
—No. Cuando hablamos con ese tipo que vendía libros de arte erótico. El que tenía los ojos tan verdes.
Ella frunció el ceño un instante, recordando. Luego, la sonrisa le volvió, pero esta vez con un brillo distinto.
—Ah. El que te preguntó si teníamos curiosidad por el sexo anal.
Lucas se encogió de hombros, avergonzado… pero no por lo que dijo. Porque no lo dijo con vergüenza, sino con curiosidad genuina, como quien pregunta si sabe cocinar una receta nueva.
—Y tú le dijiste que sí —recordó ella, bajando la revista sobre sus rodillas—. Con una cara de sorpresa como si hubieras sido descubierto.
—Fue sorpresa. Pero también fue verdad.
Silencio. El viento movió ligeramente las cortinas. La luz del velador parpadeó un instante.
—¿Te parece si lo probamos? —dijo Lucas, con la voz más baja, casi un susurro. No era una petición desesperada, sino una confesión tranquila, como si le estuviera confesando un sueño antiguo.
Sofía lo miró fijamente. No hubo asombro. No hubo juicio. Solo una observación profunda, como si estuviera descifrando una parte de él que aún no conocía del todo.
—¿Por qué ahora? —preguntó.
—Porque hace un mes, cuando me dolía la espalda y estabas masajeándome… sentí algo. Un calor inesperado. No era por el dolor. Era por la confianza. Por cómo me miraste cuando tocaste esa zona baja, como si supieras que allí no había defence, solo entrega.
Ella se levantó despacio. Se acercó, se sentó a su lado, y con una mano le acarició la nuca, con los dedos hundidos en su cabello corto.
—Entonces vamos a hacerlo —dijo—. Pero no hoy. Mañana. Porque quiero que estés descansado. Y yo también. Y quiero que sepamos lo que hacemos.
—¿Estás segura?
—No —sonrió—. Pero quiero estarlo. Contigo.
*
El siguiente viernes fue igual de tranquilo. La casa olía a lavanda y cera de abeja. Lucas había estado todo el día nervioso. No por miedo, sino por anticipación. Como cuando se abre una puerta que nunca antes habías empujado, sabiendo que detrás hay algo que no sabes si te va a gustar, pero sí sabes que necesitas saberlo.
Sofía llevaba una bata de baño, suelta, abierta por delante. Debajo, solo una tanga de encaje negro, y una crema hidratante de almendras dulces que había calentado entre las palmas antes de empezar.
—Primero, respira —le dijo, sentándose a su lado—. No es una carrera. Es un lento descubrimiento.
Lucas asintió, con la garganta seca. Ella se inclinó hacia él, le besó el cuello, luego la oreja, y bajó lentamente hasta la clavícula. Sus dedos, suaves, le desabrochó la camisa, le deslizó las manos por el pecho, por el vientre, y cuando llegó al borde del pantalón, lo detuvo.
—Quiero ver cómo te quiero —susurró.
Se quitó la bata, dejándola caer al suelo. Se puso de rodillas frente a él, sin apuro, y con la palma de la mano le acarició el escroto, luego el pene, ya parcialmente erecto. No lo tocó con urgencia. Lo acarició como si fuera una cosa hermosa, como si supiera que no era solo su cuerpo lo que iban a explorar, sino una frontera íntima.
—¿Te duele si te toco así? —preguntó, mientras le daba un beso en la cabeza del pene.
—No. Me gusta.
—Entonces… sigue.
Él se quitó los pantalones y la ropa interior. Quedaron sentados frente al otro, desnudos, con la luz cálida del velador dibujando líneas suaves en sus cuerpos. Lucas la miró con una mezcla de asombro y ternura. No había presión. Solo entrega.
Ella se acercó, se sentó en su regazo, con las piernas abiertas, y loguidó su pene contra su entrada. No lo empujó. Solo lo sostuvo, con el calor de su cuerpo envolviéndolo.
—¿Quieres que te meta? —le preguntó.
—Sí —dijo Lucas, con los ojos cerrados—. Pero despacio. Mucho.
—Dime si algo no va bien.
—Dime tú.
Ella empezó a bajar, poco a poco, hasta que él estuvo dentro de ella. No fue inmediato. Fue un descenso lento, como si cada centímetro fuera un suspiro contenido. Lucas la sintió, y por un instante, todo se detuvo: el aire, el tiempo, el pensamiento. Solo había ella, su cuerpo apretado contra el suyo, su respiración entrecortada, su frente apoyada en la suya.
—Estás bien —murmuró él.
—Tú también —respondió ella.
Ella empezó a moverse, con movimientos pequeños, casi imperceptibles. Él la sostuvo por las caderas, con las yemas de los dedos hundidas en su piel. No quería apresurarla. Quería sentir cada latido, cada contracción, cada vez que ella se estremecía.
Pero entonces, ella se inclinó hacia atrás, apoyó las manos en sus muslos, y lo miró a los ojos.
—Ahora… quiero que me toques allí.
Lucas entendió. Se llevó una mano entre sus cuerpos, encontró su clítoris, ya hinchado, y comenzó a acariciarlo con movimientos circulares suaves.
—Así —susurró ella.
Y entonces, con un movimiento lento, ella bajó más, hasta que él estuvo completamente dentro. Y con el mismo ritmo, comenzó a subir, bajando, subiendo, hasta que el placer se volvió incontenible.
—Lucas… —dijo, con la voz rota—. No aguanto más.
—Y yo no aguanto verte así —respondió él, acelerando el ritmo de sus dedos.
Ella gimió, y su cuerpo se tensó, y entonces él se sumó a ella, con un movimiento profundo, con un gemido que salió de lo más hondo de su pecho.
Se quedaron así, abrazados, sudorosos, con las piernas entrelazadas. Sofía apoyó la cabeza en su hombro, y Lucas le acarició el cabello, con la mano temblorosa.
—¿Lo sentiste? —preguntó ella.
—Sí —respondió él, besándole la frente—. Lo sentí todo.
—Yo también.
—No es solo sexo —dijo Lucas, con una sonrisa—. Es… confianza.
—Otra forma de hablar —dijo ella, riéndose suavemente—. Pero sí.
No dijeron nada más. Solo se quedaron allí, en silencio, con el cuerpo de ella aún pegado al suyo, con la respiración entrelazada, con el recuerdo de lo que habían descubierto juntos.
Y sabían que eso, esa confianza, era lo que hacía que todo lo demás fuera posible.
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