Lo que me pasé con el novio de mi mejor amiga

Lo que me pasé con el novio de mi mejor amiga

@adriana_v ·27 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (40) · 20 lecturas · 4 min de lectura

Nunca pensé que un simple brindis en una fiesta de cumpleaños pudiera cambiarlo todo. Ella estaba en el baño. Él, con una copa de vino en la mano, me miró fijo, sin disimulo, mientras el resto del mundo parecía desvanecerse. Se llamaba Mateo, alto, moreno, de piel oscura y ojos que brillaban como carbón bajo la luz tenue. Yo, Lucía, morena también pero de cabello claro y piel blanquecina, con una curva suave en las caderas que siempre me hizo sentir vulnerable y deseable a la vez. Éramos amigos —o eso creí—, aunque algo en su forma de mirarme siempre había estado a medio camino entre la amistad y el fuego contenido.

—¿Por qué no te sientas aquí? —me dijo, indicando el sofá vacío, una esquina apartada, casi privada.

Me senté. Él, sin esperar invitación, se acomodó a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío. No hablamos de inmediato. Solo se limitó a pasar la mano por mi brazo, despacio, como si estuviera midiendo la textura de la seda de mi blusa. Luego, bajó la mirada a mis labios, y por un segundo, creí que iba a besarlos. Pero no lo hizo. Solo sonrió, con esa sonrisa que sabe que tiene poder.

—Ella no lo notó —dijo, bajando la voz—. Pero tú sí, ¿no?

Asentí, con la garganta seca. No sabía si me sentía culpable o excitada. Quizás ambas cosas a la vez.

—¿Qué quieres que hagamos? —le susurré.

No respondió con palabras. Me tomó la mano y la puso sobre su muslo. Sobre su pene. Ya duro. Ya mío.

El corazón me latía en las muñecas. Me levanté. Él me siguió, sin soltarme, hasta el cuarto de huéspedes. La puerta se cerró tras nosotros. No hubo pretextos, no hubo dudas. Me volvió contra la pared, me besó con furia, con hambre, con una intensidad que me hizo temblar. Su lengua entró en mi boca como si ya la hubiera soñado cien veces. Sentí su pene contra mi vientre, pesado, firme, ya prometiendo lo que ambos sabíamos que iba a pasar.

Me desabrochó el sostén con una mano hábil, y cuando sus dedos tomaron uno de mis pechos, lo apretó con ternura y con posesión a la vez. Me giró, me quitó el vestido por la cintura y me lo deslizó hasta los tobillos. Quedé en ropa interior, con las tetas pequeñas y firmes, los pezones duros bajo la luz tenue del velador. Él se arrodilló, me separó las piernas con las manos, y me lamió el clítoris como si supiera exactamente qué necesitaba. Un lamido lento, profundo, hasta que sentí el primer espasmo, hasta que me moví contra su boca, pidiendo más.

—Dime qué quieres —me pidió, con la cara entre mis muslos, la voz entrecortada.

—Quiero que me cuelgues de tus manos… quiero que me metas hasta el fondo… quiero que me jodas como si no hubiera mañana.

Se levantó. Se desabrochó el cinturón. Bajó la cremallera. Y entonces lo vi: su pene grande, oscuro, con la cabeza hinchada y brillante de presemilla. Me tomó de la cintura, me levantó una pierna sobre su muslo, y se empujó dentro de mí con un solo movimiento. Me dió un grito, pero lo ahogó contra mi cuello, como si temiera que alguien lo escuchara. Yo le agarré el pelo, lo tiré hacia atrás, y le devolví el beso, mientras él me embestía con fuerza, con ritmo, con una entrega que ya no era solo físico.

—Eres malditamente buena… —susurró, sudoroso, jadeante, con los ojos cerrados.

Lo sentí latir dentro de mí, palpitando, cada vez más fuerte, hasta que su cuerpo se tensó, su respiración se cortó, y me corrió dentro con un gemido ronco, como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida. Yo lo seguí justo después, con un orgasmo que me tembló desde las entrañas hasta los pies, mientras él me sujetaba las caderas como si temiera que me esfumara.

No hablamos después. Solo nos vestimos, sin mirarnos, con la misma prisa con la que todo había empezado. Pero cuando salimos al pasillo, él me dio un último vistazo —una mirada que no era de arrepentimiento, sino de complicidad— y me guiñó un ojo.

Nunca más volvimos a mencionarlo. Pero cada vez que la vi desde entonces, supe que ambos lo llevábamos dentro, como un secreto caliente, como una promesa rota que nunca fue rota del todo.

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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.

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