La viuda de al lado

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca quise meterme en problemas. Vivía solo, tranquilo, en una casa de madera al fondo del pasillo de un pequeño conjunto cerrado en las afueras de la ciudad. Trabajaba de traductor técnico, desde casa, y mis días eran silenciosos, ordenados. Hasta que ella llegó.

La viuda de al lado se mudó en pleno septiembre, con un coche viejo lleno de cajas y una gata gris que nunca dejaba de maullar. La vi bajar con un vestido largo color vino, zapatos bajos, el cabello oscuro recogido en una trenza deshecha. Tenía unos cincuenta bien llevados, el cuerpo firme, la piel tostada por el sol de tantos veranos. No era una belleza de revista, pero había en ella algo que te detenía la mirada. Como si cada gesto tuviera un peso distinto, como si cada movimiento fuera una promesa que no necesitaba pronunciar.

Me presenté al día siguiente, con una botella de vino blanco y una sonrisa tímida. Ella me recibió con una toalla en la cabeza y un camisón de seda que dejaba ver más de lo que parecía permitir. Se llamaba Elena. Viuda desde hacía tres años. Su marido había muerto de un infarto en la cocina, mientras preparaba el desayuno. Me lo contó sin dramatismo, como si fuera parte del clima.

—Gracias por el vino —dijo—. ¿Te quedas a probarlo?

Acepté sin pensar. La casa olía a lavanda y a madera nueva. Nos sentamos en el pequeño comedor, con la luz del atardecer entrando por las cortinas de encaje. Ella sirvió el vino con parsimonia, derramó una gota en el mantel. Se inclinó a limpiarla con el dedo índice, se llevó el dedo a la boca. Yo no pude evitar mirarla.

—¿Te incomoda que te mire así? —preguntó, con una sonrisa leve.

—No —dije—. Solo no quiero parecer descortés.

—La cortesía a veces esconde más que la grosería —respondió.

Hablamos de libros, de viajes, de la soledad. Ella tenía una voz lenta, como si cada palabra la eligiera con cuidado. No era coqueta, pero tampoco indiferente. Hablaba de su marido con cariño, pero sin dolor.

—Lo amé —dijo—. Pero no lo extraño como se espera. A veces creo que la soledad me ha sentado mejor que el amor.

—¿Y el deseo? —pregunté, sin mirarla.

Levantó una ceja.

—Ah, el deseo… Ese no se va con la muerte. Solo se esconde.

Hubo un silencio largo. El vino bajaba suave. Fuera, el viento movía las hojas de los eucaliptos.

—¿Quieres ver el jardín? —dijo de pronto.

Salimos por la puerta trasera. Tenía un pequeño patio con plantas trepadoras, una mesa de hierro y una hamaca. El aire olía a tierra mojada.

—Lo arreglé todo yo —dijo, sentándose en la hamaca. Me hizo un gesto con la cabeza para que me sentara a su lado.

Lo hice. La hamaca se balanceó. Nuestros brazos se rozaron. No fue casual.

—¿Tú también estás solo? —preguntó.

—Desde hace años. Nunca me casé. Nunca me enamoré de verdad.

—¿Nunca?

—Nunca como para quedarme.

Sonrió. Se inclinó un poco hacia mí.

—A veces el amor no es lo que hace falta. A veces es solo un cuerpo tibio al lado. Alguien que respire contigo.

No respondí. Sentía el calor de su piel, el perfume de su cuello. Un jazmín sutil, con un toque de vainilla.

—¿Te gustaría quedarte esta noche? —dijo, sin mirarme.

—¿Aquí?

—No te pido que te quedes para siempre. Solo para ahora.

No dije nada. Solo asentí.

Esa noche no pasó nada. Dormí en el sofá, con una manta y el sonido de su respiración desde el cuarto. Pero algo había cambiado.

Pasaron los días. Nos veíamos a menudo. Un café por la mañana. Una copa por la tarde. Ella me contaba cosas íntimas con naturalidad: cómo extrañaba el tacto de una mano en la cintura, cómo se le erizaba la piel cuando alguien le susurraba al oído.

—No es que quiera un amante —decía—. Solo quiero sentir que todavía puedo encenderme.

Una tarde de lluvia, entró a mi casa sin avisar. Llevaba un vestido mojado, los hombros descubiertos.

—Se me fue la luz —dijo—. ¿Puedo esperar aquí?

La hice pasar. Le di una toalla. Se quitó el vestido frente a mí, sin vergüenza, con una lentitud que no era provocación, sino necesidad. Quedó en ropa interior: un sostén negro, bragas del mismo tono. El cuerpo firme, las caderas anchas, los pechos pequeños pero tensos.

—¿Te molesta? —preguntó, mientras se secaba el cabello.

—No —dije, con la voz ronca—. No me molesta.

Se acercó. Me miró a los ojos.

—Hace mucho que no beso a nadie —dijo—. ¿Quieres ser el primero?

No esperó respuesta. Acercó sus labios a los míos. El beso fue lento, profundo. Sabía a lluvia y a sal. Sus manos en mi nuca, mis manos en su cintura. No fue violento, no fue urgente. Fue como si lleváramos años esperando ese momento.

Cuando se separó, me miró con una sonrisa triste.

—Gracias —dijo—. Solo necesitaba eso.

Pero yo ya no podía detenerme. La tomé de la mano, la llevé al cuarto. Cerré la puerta. Fuera, la lluvia golpeaba los cristales.

La recosté en la cama. Le quité el sostén con cuidado. Sus pechos eran pequeños, con pezones oscuros que se endurecieron al contacto con el aire. Bajé la boca lentamente, sin prisa. Los lamí con suavidad, primero uno, luego el otro. Ella gemía bajito, con los ojos cerrados.

—Así —susurró—. Así, despacio.

Le quité las bragas. Su sexo era oscuro, bien cuidado, con un leve vello natural. Pasé los dedos con cuidado, separando los labios. Estaba húmeda, caliente.

—Hace tanto —dijo—. Tanto que no sentía esto.

Introduje un dedo. Ella se arqueó. Gemía como si le doliera, como si le doliera de placer.

—No pares —pidió—. Por favor, no pares.

Saqué el dedo, lo chupé. Ella abrió los ojos, sorprendida.

—Quiero probar tu sabor —dije.

Y bajé.

Mi lengua recorrió su sexo con calma. Primero los labios, luego el clítoris, luego más adentro. Ella gritó, pero no fuerte. Un gemido contenido, como si no quisiera que nadie la escuchara.

—Sí —dijo—. Así, así…

Sentí cómo se tensaba, cómo sus piernas temblaban. Llegó al orgasmo con un jadeo corto, sus manos aferrando la sábana.

Cuando terminó, se incorporó. Me miró con ojos brillantes.

—Ahora tú —dijo.

Me desvistió con lentitud. Cada prenda era un ritual. Cuando llegó al bóxer, se detuvo.

—¿Puedo? —preguntó.

Asentí.

Tomó mi pene con la mano. Lo acarició con suavidad, sin apresurarse. Luego se inclinó y lo tomó en la boca.

No fue un acto vulgar. Fue tierno. Sus labios recorriendo la piel, su lengua en la punta, sus manos en mis muslos. Gemí. Cerré los ojos.

—Para —dije, casi sin voz—. Si no, voy a venirme.

Se detuvo. Me miró.

—Quiero sentirte dentro —dijo.

Nos acostamos. Me puse un condón. Ella abrió las piernas con lentitud.

Entré con cuidado. Muy despacio. Ella cerró los ojos.

—Dios —dijo—. Qué bien se siente.

Moví las caderas con calma. No quería correrme rápido. Quería disfrutar cada segundo. Su cuerpo me apretaba, me envolvía. Sus gemidos eran bajos, continuos.

—Más fuerte —pidió—. Un poco más.

Aumenté el ritmo. Sus uñas en mi espalda. Su boca en mi cuello.

—No pares —dijo—. Por favor, no pares.

Sentí que no podía más.

—Voy a venirme —advertí.

—Dentro —dijo—. Quiero sentirlo.

Y me vine. Con un gemido largo, profundo. Sentí cómo se contraía a mi alrededor.

Nos quedamos quietos. Sudorosos. Respirando juntos.

Ella me abrazó.

—Gracias —dijo—. No sabes cuánto necesitaba esto.

No respondí. Solo la apreté más.

Pasó la noche conmigo. Dormimos abrazados. A la mañana, se fue sin decir mucho. Solo un beso en la mejilla.

Pero volvió. Y otra vez. Y otra.

Nunca hablamos de amor. Nunca hablamos de futuro. Solo del ahora. Del calor. Del cuerpo.

Una noche, mientras cenábamos en su patio, dijo:

—No quiero que esto termine.

—No tiene por qué —dije—. Mientras quieras, estoy aquí.

Me miró con ojos brillantes.

—¿Y si quiero para siempre?

—Entonces —dije—, que sea para siempre.

No fue una promesa. Fue una posibilidad. Y a veces, con cincuenta años encima, las posibilidades son más valiosas que las certezas.

Ahora, cuando la lluvia cae, ya no me asusta la oscuridad. Porque sé que al otro lado del pasillo, hay una mujer que me espera. Que me desea. Que me necesita.

Y yo a ella.

No es pasión joven. No es deseo adolescente. Es algo más profundo. Más lento. Más verdadero.

Es el deseo de los que ya no buscan ilusiones, sino compañía. De los que saben que el cuerpo envejece, pero que el fuego no tiene edad.

Ella es la viuda de al lado.

Y yo, su forastero.

Y esta, nuestra historia.

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