La vecina del cuarto piso

La vecina del cuarto piso

@natalia_fuego ·6 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La luz del sol ya se había deslizado por las ventanas del departamento 4B cuando Elena abrió la puerta, still wearing only a thin silk robe that barely covered the curve of its hips. Its hem brushed mid-thigh, revealing the smooth, toned skin of her muslos, the kind that had carried two children and still held that firm, dense strength only years of walking, lifting, dancing could carve. She was cuarenta y nueve, y cada línea en su rostro —las arrugas de risa alrededor de sus ojos, la ligera caída de su mandíbula— le daba un peso que hacía que su juventud pasada sonara como un eco lejano. Pero sus ojos, negros y brillantes como cerezas negras maduras, no mentían: allí seguía la mujer que una vez había hecho temblar a medio barrio.

—¡Hola, cariño —dijo, voz grave, como si hubiera dormido con la garganta llena de humo—. Creí que no ibas a bajar.

Javier, veinticuatro, con la piel aún marcada por el sudor de subir las escaleras, asintió con la boca seca. Llevaba un short de algodón y una playera de manga corta que le quedaba holgada, pero su cuerpo ya hablaba por sí mismo: espalda ancha, abdomen definido, piernas fuertes de alguien que corría o caminaba mucho. Pero lo que más lo hacía vulnerable era su verga, ya medio dura tras verla así, con el pelo suelto, los labios pintados de rojo oscuro, y esa sonrisa que no decía *bienvenido*, sino *ya me quieres*.

—Sí, sí vine —murmuró, metiendo las manos en los bolsillos como si temiera que se le escaparan—. Pero no esperaba que me hicieras esperar tanto.

Elena rió, un sonido gutural que le subió por el pecho y le hizo temblar los pechos dentro de la seda.

—¿Te impacienta, cierto? —se acercó, sin prisa, hasta que el aire entre ellos se volvió denso, cálido, cargado de algo más que simple atracción—. A mí también me pone. Ver cómo me miras… como si ya me hubieras chupado la leche de los pechos.

Javier tragó saliva, los ojos fijos en la curva de su cuello, en la cicatriz pequeña que tenía junto al ombligo —de la cesárea de su hija menor—, en el leve movimiento de sus pezones bajo la tela, ya endurecidos por la tensión.

—Tú me miras igual —dijo, voz más baja, más ronca.

—Sí, porque soy vieja y desenfrenada —le corrigió, y le quitó la playera sin más preámbulo. Le pasó las manos por el pecho, sintiendo el calor, los latidos acelerados—. Y tú eres joven, vivo, y me estás mirando como si me quitaras la ropa con la mirada. ¿No es así?

—Sí —confesó, sin vergüenza, con la mano ya subiéndole por la cadera, rozando el borde del short—. Pero quiero quitártela de verdad.

Elena no esperó más. Le agarró la muñeca y lo jaló hacia adentro, cerrando la puerta con un golpe seco. Lo empujó contra la pared del pasillo, su cuerpo contra el de él, y le mordió el labio inferior con suavidad antes de decirle:

—Habla claro. Dime qué quieres.

—Quiero meterle la verga a tu coño —dijo él, sin titubear, los ojos fijos en los suyos—. Quiero oírte gemir como si nunca antes hubieras sentido algo así.

Elena se rió entre dientes, le pasó la lengua por el cuello, y le mordió la oreja.

—Vamos a ver si tus palabras coinciden con lo que tu cuerpo puede aguantar, niñito.

Lo llevó al cuarto, donde el sol aún brillaba por la ventana entreabierta, iluminando el rostro de una foto enmarcada: su hija, a los doce años, con una sonrisa inocente. Elena no lo miró. Solo se quitó el robe, dejando al descubierto su cuerpo entero: pechos firmes, pezones oscuros y hinchados, vientre plano con una ligera cicatriz en el centro, y entre las piernas, un coño depilado con cuidado, labios rosados y húmedos ya solo por la expectativa.

Javier se quitó el short y el calzoncillo de un solo movimiento, su verga saltando hacia adelante, dura, gruesa, la punta húmeda de pre-cum. Medía más de diecisiete centímetros, con un grueso que le hacía temblar el puño cuando lo apretaba.

—Joder —susurró Elena, agachándose un poco, acercando la cara a él, oliendo su olor, ese aroma a sal y sudor juvenil que le ponía los pelos de punta—. Mírame bien, mientras te veo.

Él la tomó por la nuca y la acercó. Le metió los dedos en la boca, sintiendo su lengua, su calor. Ella jadeó, le mordió la yema de los dedos, una y otra vez, como si le estuviera chupando la vida.

—Tú me quieres chupar primero, ¿verdad? —le dijo él, voz quebrada.

—No —respondió ella, y lo empujó hacia la cama—. Yo quiero que me metas la verga sin más preámbulo. Quiero sentir cómo me rompes, cómo me clavas hasta el fondo, cómo me haces gritar tu nombre como si no hubiera mañana.

Lo empujó boca abajo, se sentó sobre su espalda, y con una mano le agarró la verga, acercando su coño, ya resbaladizo de excitación, a la punta de él. Se humedeció los labios con la lengua, se frotó contra él un par de veces, y entonces se hundió, lento, con un gemido largo que le salió de lo más profundo.

—¡Aaah! —exclamó, los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás—. Dios, qué grande eres… qué bien me encajas.

Javier giró la cabeza, la miró con los ojos enrojecidos, y le agarró las nalgas con fuerza.

—No te muevas aún —le ordenó—. Déjame sentir cómo me chupas.

Elena obedeció, apenas moviendo las caderas, dejando que él la controlara. Él subió las manos, le agarró los pechos, los apretó, les dio un par de pellizcos, y luego le frotó el clítoris con el pulgar, una y otra vez, mientras la penetraba con movimientos suaves pero seguros.

—Sí, así —gimió ella, empezando a subir y bajar, lentamente—. Me estás chingando como si fueras mi último hombre.

—Lo soy —dijo él, y le clavó la verga hasta la base, sujetándola con fuerza—. Solo tuyo, Elena. Solo para ti.

Ella se dejó llevar, cerró los ojos, y empezó a moverse con más fuerza, las nalgas golpeando contra él, los pechos rebotando, el sudor le resbalando por las axilas, por el esternón. La cama crujía con cada golpe, y ella no se importaba. Solo quería sentirlo dentro, quería que él la cogiera hasta que no pudiera más.

—¡Javier! —gritó, y le clavó las uñas en los muslos—. ¡Vamos a chingar hasta que no aguantes!

Él le dio una palmada en una nalgada, fuerte, y ella gritó de nuevo, más agudo, más desesperado.

—¡Sí! ¡Dame tu coño, Elena! ¡Quiero que me laves con tu leche! ¡Quiero que me des todo!

Y entonces, sin previo aviso, la agarró por la cintura, la levantó medio metro, y se metió la verga de un jalón, todo, hasta la raíz, y la sujetó ahí, temblando, los ojos cerrados, la respiración entrecortada.

Elena gritó, los ojos se le salieron de las órbitas, y se le llenaron de lágrimas. No de dolor. De placer. De rendición.

—¡Aaah! ¡Aaah! —gritó, las piernas le temblaban, el coño le temblaba, la verga le temblaba dentro.

Y entonces él la soltó, la volvió a tomar por las caderas, y empezó a embestir con fuerza, con furia, como si la quisiera romper, como si no hubiera tiempo ya. Elena se aferró a la sábana, se mordió el puño, y gritó, y gritó, hasta que sintió cómo su cuerpo se deshacía, cómo su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su coño se contrajo, how su

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