La vecina del cuarto
El aire de Medellín caía espeso como miel sobre la tarde del jueves, y doña Clemencia, sentada en el balcón de su apartamento en Laureles, se abanicaba con una revista vieja mientras miraba cómo el sol se le escurría por los cerros. Llevaba un vestido floreado, corto, de esos que se pone la gente mayor cuando ya no le importa qué digan los demás, y unas sandalias bajas que dejaban ver sus pies morenos, bien cuidados. A sus cincuenta y ocho, Clemencia tenía el cuerpo de una mujer que se había ganado cada curva con orgullo: caderas anchas, senos firmes bajo la tela, y una piel que, aunque marcada por el tiempo, brillaba con un brillo propio, como si el sol se le hubiera quedado pegado.
Desde el edificio de enfrente, Marco, de treinta y dos, la miraba. No con descaro, pero tampoco con disimulo. Él vivía en el cuarto piso, frente a ella, y desde hacía un par de semanas, se había dado cuenta de que doña Clemencia se quitaba el vestido a media tarde, se ponía una bata de seda azul que se le abría entre las piernas, y se sentaba a leer con las piernas cruzadas, despacito, como si supiera que alguien la miraba.
Ese día, Marco no aguantó más. Subió al cuarto piso, tocó el timbre.
—¿Quién es? —preguntó ella desde adentro, con voz de quien ya sabe quién es.
—Soy Marco, el del frente. ¿Me hace un favor? Se me fue la luz y no tengo fósforos para encender la estufa.
Clemencia abrió. Iba descalza, con la bata entreabierta, mostrando un pecho moreno, redondo, con un pezón oscuro que apuntaba al cielo.
—Pasa, mijo. Tengo velas.
Él entró. El olor a gardenias y a café viejo lo envolvió.
—Gracias, Clemencia. Usted sí que tiene clase pa’ vivir sola.
Ella soltó una carcajada profunda, de esas que salen del ombligo.
—Sola no estoy, mijo. Tengo mis plantas, mi gata y mis recuerdos. Y a veces, un vecino lindo que me mira desde el frente.
Marco se sonrojó.
—No sabía que me veía.
—Claro que te veo. Tienes ojos de hombre que quiere algo, pero no se atreve. ¿Y sabes qué? A veces, las mujeres como yo, cansadas de fingir que no notamos, decidimos ayudar.
Se acercó. Olía a sudor limpio, a crema de cuerpo, a mujer usada y bien usada. Le puso una mano en el pecho, despacio, y bajó hasta el cierre del pantalón.
—¿Y si te digo que tengo ganas de verte el pito? ¿Te da miedo?
Marco tragó saliva.
—No es miedo, Clemencia. Es respeto.
—El respeto es pa’ los muertos. Yo quiero verte el pito.
Él se desabrochó el pantalón. El pito le salió tieso, grueso, con una vena azul que latía. Ella lo tomó con una mano, despacio, como si estuviera probando un mango maduro.
—Rico —dijo—. Bien formado. No como esos pitos secos que tienen los viejos. Tú tienes carne, mijo.
Lo bajó hasta el suelo, lo empujó suavemente contra la alfombra del salón. Se arrodilló, le pasó la lengua por la punta, lo chupó como si fuera una paleta de guayaba.
—Uy, qué rico te mamas —dijo Marco, con los ojos cerrados.
—Calla y disfruta, que esto no es pa’ hablar.
Le chupó un rato más, hasta que él estuvo a punto de venirse. Entonces se levantó, se quitó la bata y se sentó encima, despacio, abriéndose con las manos, dejándolo entrar.
—Ay, Dios —dijo Marco, sintiendo cómo el culo de ella lo envolvía como un guante viejo, caliente, húmedo.
—No digas Dios, mijo. Di mi nombre.
—Clemencia…
—Otra vez.
—Clemencia…
Ella empezó a moverse, despacio al principio, luego más fuerte, con ganas, con hambre. Sus tetas rebotaban, su pelo canoso le azotaba los hombros. Marco le agarró las caderas, se las apretó, la jaló hacia abajo, queriendo entrarle más, más adentro.
—¿Te gusta mi culo, mijo?
—Me encanta.
—Pues cómelo.
Se levantó, se dio vuelta, se inclinó sobre la mesa del comedor, dejando el culo al aire, bien alto, con las nalgas separadas. Marco se arrodilló, le pasó la lengua por el hoyo, despacito, luego le metió dos dedos, uno por el culo, otro por la concha.
—Ay, qué bruto —dijo ella, riendo—. No seas animal, que no soy una niña.
—Pero tú me pides cosas brutas.
—Porque me gusta lo bruto.
Él le mordió una nalga, le chupó el culo, le metió la lengua hasta el fondo. Luego volvió a subirse, la penetró otra vez, esta vez de pie, contra la pared. Ella le gritaba, le decía que sí, que más, que no parara.
—¡Dame todo, mijo! ¡Que me llenes el culo de pito!
Y él le dio. Le dio todo, con ganas, con furia, con deseo. Hasta que ambos sintieron que el cuerpo les ardía, que el aire se les iba, que el mundo se les venía encima.
Cuando se vino, Marco gritó su nombre. Ella se vino con él, con un espasmo largo, profundo, como un terremoto que sale del fondo de la tierra.
Se dejaron caer al piso, sudados, jadeando. Clemencia le acarició el pelo.
—¿Y ahora qué, mijo?
—Ahora… te miro.
—Pues mírame. Pero no con ojos de vecino. Mírame con ojos de hombre que acaba de follar con una mujer de verdad.
Marco la miró. Y vio no a una vieja, sino a una mujer viva, caliente, llena de vida.
—Eres la más chimba —dijo.
Ella sonrió.
—Lo sé. Y por eso, si quieres, puedes venir mañana.
—¿Y si no tengo excusa de la luz?
—Pues dices que viniste a pedirme un café. O un beso. O las dos cosas.
Se paró, se puso la bata, se ató el nudo en la cintura.
—Ahora vete. Que tengo que bañarme. Y no quiero que me veas desnuda otra vez sin pagar.
—¿Pagar?
—Sí. Con pito.
Marco rio. Salió del apartamento con el cuerpo liviano, el alma caliente, el pito aún palpitante.
Y Clemencia, desde el balcón, lo vio bajar. Se abanicó con la misma revista, sonrió.
—Este sí sabe —dijo—. Este sí vale la pena.
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