La vecina de enfrente

La vecina de enfrente

@santiago_vera ·26 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (6) · 13 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que Santiago la vio sin intención de hacerlo fue un miércoles a las 6:47 p.m., mientras colgaba la ropa en el tendedero del balcón. Ella estaba en el apartamento de enfrente, el de la ventana con cortinas semitrasparentes de gasa blanca. Tenía cuarenta y nueve años, según lo que había escuchado decir a la dueña del piso de abajo, una señora que vendía perfumes en el centro y siempre sabía todo sobre todo el mundo. Santiago tenía veinticuatro, recién salido de la universidad, viviendo solo en ese depto pequeño del décimo piso, con una nevera ruidosa y un colchón que hundía demasiado por el centro. La mujer se llamaba Lucía —lo supo porque una vez, cuando llamó al portero automático para entregarle un sobre, lo dijo con voz clara, firme, sin prisas.

Ella no era guapa de forma obvia. No tenía esa juventud forzada que se veía en las redes. Pero había algo en su cuerpo que lo hacía detenerse cuando la miraba, aunque fuera por accidente. Sus caderas anchas, su cintura marcada pero no severa, sus pechos firmes que se movían con naturalidad al estirar los brazos para colgar la ropa. Y sobre todo, su mirada: lenta, profunda, como si ya hubiera vivido mil veces lo que aún le quedaba por vivir.

Santiago no había planeado nada. Solo que, desde hacía dos semanas, siempre dejaba la ventana entreabierta a las 8:15, cuando salía a comprar cigarros. El humo le gustaba, pero más le gustaba la excusa. El humo era el pretexto; el verdadero deseo era que alguien —específicamente *ella*— lo notara. No sabía si lo hacía con intención o si era puro hábito. Pero una noche, a las 8:14, una luz en su ventana se encendió: la lámpara de pie que había junto al sofá. Lucía no estaba sentada. Estaba de pie, con las manos apoyadas en el marco de la ventana, mirando hacia abajo. Hacia él.

Al día siguiente, Santiago bajó a la bodega a buscar una lata de atún que no recordaba haber comprado. Al volver, la puerta de su depto no cerraba bien. El pestillo estaba torcido, como si alguien hubiera empujado con fuerza desde afuera. Esa noche, cuando salió con su cigarro, no miró hacia su ventana. Sí la miró ella.

—¿Necesitas ayuda con eso? —dijo una voz detrás de él.

Santiago se giró. Estaba en el pasillo, apenas iluminado por la luz de emergencia. Lucía tenía una camiseta de algodón gris, algo grande, que le dejaba al descubierto la mitad de un hombro. Sus pies estaban descalzos, y sus uñas, pintadas de un rojo oscuro, rozaban el borde del marco de su puerta.

—¿Con qué? —preguntó él, la voz un poco más aguda de lo que quería.

—Con la puerta. Parece que se te ha vuelto a cerrar.

—Ah —dijo Santiago—. Sí. Quizás.

Lucía no sonrió. Solo lo miró, y Santiago sintió que algo se le encendía en el vientre, como si su cuerpo ya supiera lo que su mente negaba.

—¿Quieres que te ayude? —preguntó ella, esta vez con una pausa entre las palabras, como si estuviera midiendo cada sílaba.

—Sí —dijo Santiago. No sabía por qué lo dijo. Tal vez porque ya no quería mentirse.

Ella se acercó. No apresuradamente, ni lenta, sino con una cadencia que parecía tener su propio ritmo interno. Se detuvo a un metro de él, y Santiago olió su perfume: tabaco oscuro, vainilla y algo más, algo cálido y terroso, como tierra mojada después de una lluvia larga.

—Tienes que dejarla un poco abierta —dijo ella, acercando su mano a la puerta—. No es que esté rota. Es que… tiene memoria.

Santiago no sabía a qué se refería. Pero cuando ella extendió su mano y rozó el borde de su puerta con el dedo índice, sintió que su pene se hinchaba dentro del jean, pesado, urgente. Ella no lo miró a los ojos. Miró su cuello, luego su boca, y finalmente bajó la vista hasta su entrepierna, donde la tela se había tensado visiblemente.

—¿Estás nervioso? —preguntó.

—No —mintió él.

Ella asintió como si ya lo supiera. Luego, con una lentitud que le costó a Santiago resistirse, se agachó y metió su mano bajo la camiseta. Le rozó el estómago, y Santiago contuvo el aliento. Sus dedos subieron, ligeramente ásperos por el trabajo de las uñas, hasta tocar la base de su pene, aún encerrado en el tejido del jean.

—Está duro —dijo ella, y no era una pregunta.

—Sí —admitió Santiago, y por primera vez, la vergüenza se mezcló con el deseo como dos vinos distintos en un mismo vaso.

Lucía se puso de pie. Tomó su mano y la llevó hasta su propio pecho. El algodón era fino, y bajo él, Santiago sintió la dureza de su pezón, ya erecto. Lo apretó con la palma, y ella exhaló un suspiro hondo, casi un grito contenido.

—¿Tienes condones? —preguntó ella.

—Sí.

—Bien.

Entró primero. Le indicó con un gesto que cerrara la puerta. El apartamento era grande, luminoso, con muebles oscuros y paredes color crema. En el suelo, una alfombra gruesa, de lana gris. Ella se quitó la camiseta sin prisa, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro, sin alambres, solo mallas delicadas que dejaban ver la curva de sus pechos. No eran grandes, pero sí redondeados, firmes, con pezones oscuros y hinchados.

—Quítate la camisa —dijo.

Él lo hizo. Y luego los pantalones, y las calcetinas, y los zapatos. Se quedó en boxers de algodón gris, y cuando ella se arrodilló frente a él, no dudó. Le separó las piernas con las manos y bajó la tela de un tirón. Su pene salió rígido, grueso, la cabeza roja y brillante, con una gota de líquido preseminal que le resbalaba por el cuerpo.

Lucía lo miró como si lo estuviera aprendiendo de memoria. Luego, con la lengua, lo rozó desde la base hasta la punta, una sola vez, lenta, húmeda. Santiago se agitó, pero ella lo sujetó con fuerza por la cadera.

—No te muevas —dijo—. Déjame sentirlo.

Volvió a lamerlo, esta vez pasando la lengua por el glande, rozando el orificio, y luego lo tomó entre sus labios. No fue rápido. Fue profundo, pausado, como si cada segundo fuera un acto de devoción. Santiago sintió que sus rodillas se debilitaban. Apoyó las manos en sus hombros, pero ella no lo soltó. Siguió chupándolo, tragando su aliento, hasta que él sintió que iba a explotar.

—Basta —dijo él, jadeante—. Quiero estar dentro de ti.

Ella se levantó, y esta vez sí sonrió. No una sonrisa triunfante, sino cómplice, como si hubiera estado esperando esa orden desde que lo vio por primera vez.

—Deseo eso —dijo—. Pero primero, necesito verte.

Lo llevó hacia la cama, una cama grande, con sábanas blancas y almohadas altas. Se quitó el sujetador con un movimiento de hombros, y luego los pantalones, que bajó como si desenrollara una cinta. Bajo ellos, no llevaba nada. Su vagina estaba a la vista, redonda, húmeda, con los labios abiertos y oscuros, como si ya lo estuviera esperando. Santiago se arrodilló frente a ella, y la besó en la entrepierna. Lamió su clítoris, que estaba hinchado y brillante, y ella gimió, una nota baja, gutural.

—Tienes que enseñarme cómo lo haces —dijo ella.

Él se levantó, tomó su pene con la mano y lo empujó contra su entrada. La cabeza rozó su clítoris, y ella estremeció las caderas. Santiago empujó. Ella se abrió, laxa y caliente, y lo aceptó todo. Su cuerpo se llenó de ella, su pecho rozando su vientre, sus muslos apretados contra los suyos. Ella se agarró a sus brazos, y él comenzó a moverse, lento al principio, como si temiera romperla. Pero ella lo empujó con las caderas, exigiendo más.

—Más fuerte —dijo—. Quiero sentir que me rompes.

Él lo hizo. La penetró con estocadas largas, profundas, y cada una la hacía gritar, no de dolor, sino de placer puro, desatado. Sus pechos se balanceaban con cada movimiento, y ella los frotaba con las manos, mientras su vagina se contraía alrededor de su pene, apretándolo como un puño vivo. Santiago sintió que se venía, pero ella lo detuvo con una mano en el pecho.

—No yet —dijo—. Quiero verte venir dentro de mí. Quiero sentir tu leche correr en

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