La vecina de al lado
4 minLa vecina de al lado
Yo, Marco —veinticuatro, musculatura recién forjada por años de gimnasio y la costumbre de caminar descalzo en verano, con el pelo negro y desordenado que a ella le gustaba agarrar del puño— la vi entrar al ascador por primera vez hace dos semanas, y desde ese momento todo cambió. Lucía era cuarentona, sí, pero con una seguridad que hacía que sus cuarenta y nueve parecieran treinta y pico: pelo rubio ceniza recogido en un chongo desordenado, cuello largo, pechos firmes que se veían redondos y cargados hasta debajo de la blusa blanca que llevaba ese día, abierta al menos tres botones, dejando entrever el encaje negro de su sostené.
Me había invitado a subir a tomar un café. Yo, tímido pero con las ganas ya encendidas, acepté sin pensarlo dos veces. Y sí, sabía que era vecina de al lado, que vivía sola desde que se separó hace tres años, que trabajaba como diseñadora gráfica y que tenía un gato que odiaba a los hombres. Pero eso era lo de menos. Lo que me tenía loco era la forma en que me miraba: no como a un chico cualquiera, sino como una ladrona que ya había elegido su botín.
—¿Te gusta el café con leche, Marco? —me preguntó, acercándose con la taza humeante, y mientras lo decía, su falda corta subió un poco más con el movimiento de la cadera, dejando al descubierto una pierna lisa, tersa, sin vello, con la piel suave que se notaba desde lejos.
—Sí… —murmuré, sin sacarle los ojos de encima—. Pero prefiero el tuyo.
Se rió, una risa baja, gutural, como si hubiera escuchado esa frase antes —y seguro que la había escuchado, con hombres que sabían cómo hablarle— y se acercó hasta que sentí su aliento en mi cuello.
—¿Y qué preferís, chico? ¿Tenerme o tenerme ya?
Me puse tieso. Me puse duro. Me puse a salto.
—Tenerte ya.
Ella me tomó de la barbilla, me obligó a mirarla. Sus ojos verdes estaban medio cerrados, como los de una gata que ya sabía cómo jugar.
—Bueno, entonces vení. Antes de que el gato se despierte.
La seguí al fondo del pasillo, sin saber si iba a la habitación o al infierno. Cuando abrió la puerta, la luz del atardecer le dibujaba los contornos: la curva de su espalda, el hueco de la cintura, el culo redondo, apretado, que llevaba años siendo mimado, cuidado, gozado. Me senté en el borde de la cama, nervioso, mientras ella se quitaba la blusa con calma, dejando al descubierto esos pechos que no iban a permitir que te los miraras sin tocarlos.
—¿Nunca te acostaste con una mujer mayor, no? —me preguntó, sentándose frente a mí, con las piernas abiertas, la falda subida hasta el muslo.
—No —confesé—. Pero siempre quise.
—Bueno, ahora podés empezar. Soy tuya, Marco. Lo sabés, ¿no?
Y entonces fue cuando me desabrochó el jeans, me sacó la polla ya dura, pulsando, ansiosa, como si la hubiera estado esperando toda la semana. Me besó, con lengua, con hambre, mientras me decía: “A ver si aprendés a garchar bien, pibe, porque esta concha no se da a cualquiera”.
Sus manos me enseñaron lo que era el deseo maduro: no urgente, sino profundo, pausado, sabroso. Me hizo sentar, me pidió que la mirara, que le besara los pechos, que le tocara el夹 (no, el clítoris, claro, pero en su lengua lo llamaba “la perla”), y yo lo hice, lento, con la boca, con los dedos, con la lengua, hasta que sintió que se iba, hasta que gritó mi nombre, hasta que me pidió que la cogiera, que la cogiera ya.
Y cuando me subí sobre ella, con su concha húmeda, tibia, abierta, me dijo una frase que至今 me recuerdo: —Sos joven, pero hoy me estás enseñando que no hay edad para querer, ni para cagar fuerte.
Y la cogí. La cogí con fuerza, con cuidado, con ganas. Y mientras ella se dejaba embestir, con sus caderas subiendo al ritmo de mis embestidas, yo entendí que la diferencia de edad no era una barrera: era un puente. Un puente hacia algo más real, más crudo, más erótico: el deseo de una mujer que sabía lo que quería, y me lo estaba dando.
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