La vecina de al lado

La vecina de al lado

@santiago_vera ·6 de junio de 2026 · ★ 3.9 (22) · 79 lecturas · 7 min de lectura

Yo tenía veinticuatro años, y ella, cuarenta y nueve. Eso lo supe el día que leí el nombre en el buzón: *Catalina R.* —dos letras mayúsculas, tipeadas a máquina, como si ella misma hubiera escrito la etiqueta con un ceño de concentración—. Vivía solo desde hacía tres meses en ese edificio de ocho pisos, en el barrio de Las Condes, donde los vecinos se saludaban con una inclinación de cabeza y un “buenos días” rápido, como si el tiempo fuera un recurso escaso que nadie quería malgastar. Pero Catalina no era como los demás. No solo porque su apartamento estaba en el piso superior al mío, sino porque, desde el primer día, sentí su presencia como una advertencia sutil: el olor a jazmín y tabaco frío que se filtraba por el pasillo cuando pasaba frente a su puerta; el sonido de sus pasos, lentos, seguros, como si cada paso fuera una decisión ya tomada.

La primera vez que hablé con ella fue por una tontería: una caída de luz que duró veinte minutos. Estaba en la cocina, preparando un café, cuando escuché un golpe seco en mi puerta. Abrí. Ella estaba ahí, de pie, con un robe de seda color mostaza ceñido a la cintura, los pies descalzos, el pelo negro recogido en un nudo torcido, algunas hebras sueltas que le rozaban las orejas. Tenía los ojos claros, casi grises, y una cicatriz casi imperceptible en la ceja izquierda. Me miró sin sonreír, pero no con dureza: con una calma que parecía anticipar lo que yo haría antes de que yo lo supiera.

—¿Tienes luz también? —preguntó, sin entrar, sin ofrecer la mano.

—Sí. Acaba de apagarse.

—Mmm. —Asintió, como si ya lo esperara—. Supongo que fue el transformador del edificio.

—Sí.

Ella asintió de nuevo, y por un instante —el más breve de los instantes——, sus ojos se fijaron en mi pecho, donde la camiseta, mojada por el café que se me había derramado al caer la luz, se pegaba un poco. No bajó la mirada con vergüenza, ni la levantó con audacia: simplemente la dejó allí, como si hubiera leído algo que le resultaba interesante. Luego, sin despedirse, se dio media vuelta y regresó a su apartamento. Yo cerré la puerta, con el corazón un poco acelerado, y sentí que algo había comenzado, como cuando el viento mueve las hojas antes de la tormenta.

Pasaron tres días. El cuarto, a eso de las siete y media de la noche, llamaron a mi puerta. Otra vez ella. Esta vez, con una botella de vino tinto y dos copas en una bandeja de plata.

—Me di cuenta de que no has salido a cenar —dijo, sin disculparse—. ¿Quieres compartir algo?

No era una pregunta. Era una invitación ya decidida. La dejé entrar. Su apartamento olía a madera vieja, tabaco y algo más: algo cálido, como el perfume de una abuela que hubiera sido una seductora. Los muebles eran oscuros, los libros apilados en el sofá, las paredes con cuadros abstractos que ella misma pintaba, según me dijo mientras vertía el vino.

—¿Y qué haces tú, Santiago, a tus veinticuatro años? —preguntó, sentándose al borde del sofá, con las piernas juntas, las manos entrelazadas sobre el muslo.

—Trabajo en un estudio de diseño. Soy asistente.

—Ah. —Asintió, como si eso no fuera lo importante—. ¿Y cuándo fue la última vez que sentiste el calor de otra persona?

No esperaba esa pregunta. No supe responder de inmediato. Ella me miró, y esta vez no hubo disimulo: sus ojos eran un espejo en el que yo me veía, pero no como me veía yo, sino como ella lo hacía: como algo que merecía atención, que merecía ser devorado con calma.

—Hace mucho —respondí, con la voz más firme de lo que me sentía.

Ella asintió otra vez, y entonces se levantó. Se acercó a mí, lentamente, como si estuviera cruzando un río en silencio. Se detuvo a un metro. Me tomó la mano. No era una prueba: era una confirmación. Su piel era cálida, seca, con las yemas de los dedos un poco ásperas, como si hubiera estado pintando o cortando papel.

—Tienes las manos frías —dijo—. Pero el pulso está acelerado.

—Sí.

—¿Tienes miedo?

—No. —Y no era mentira. No tenía miedo. Tenía ganas. Tenía curiosidad. Tenía la certeza de que esto era lo que había estado esperando, sin saberlo.

Ella me llevó la mano a la nuca, y entonces, por primera vez, me besó. No fue un beso de prisa ni de desesperación. Fue un beso lento, medido, como si estuviera leyendo una página por primera vez, saboreando cada letra. Su boca era firme, pero no rígida; cálida, pero no agobiante. Sentí su lengua deslizarse entre mis labios, y en ese instante, todo lo que había sentido antes —el pulso acelerado, la mano fría— se volvió algo real: la certeza de que ella sabía exactamente qué hacer, y yo no tenía más que dejarme llevar.

Me aparté un poco, solo para verla. Ella me sonrió, por fin. No una sonrisa de triunfo, sino de complicidad.

—¿Te parece si te quito la camiseta? —preguntó, con voz suave, como si me estuviera pidiendo permiso para algo que ya habíamos acordado.

Asentí. Ella se arrodilló ante mí, con una gracia que solo la experiencia puede dar. Desabrochó mis botones con lentitud, como si cada uno fuera una promesa que debía cumplirse con cuidado. Cuando la camiseta ya estaba en el suelo, sus dedos trazaron el contorno de mi pecho, luego bajaron, rozando el borde de mis pantalones, sin presionar, sin apuro. Me miró, y en sus ojos no había lujuria: había atención. Como si estuviera aprendiendome, como si cada pulso de mi cuerpo fuera una nueva página que leer.

—¿Quieres que te quites los pantalones? —preguntó.

—Sí.

Ella se puso de pie. Me ayudó a quitármelos, luego los calcetines, y quedamos así, frente a frente: yo, desnudo, con el pene ya firme y húmedo en la base; ella, aún con el robe, pero abierto lo suficiente como para que yo viera el contorno de sus pechos, redondos y firmes, las pezones oscuros, hinchados, como si ya estuvieran respondiendo a la ausencia de tela.

—¿Puedo tocarte? —preguntó.

—Sí.

Se acercó, y con la palma de la mano derecha, envolvió mi pene con suavidad. No fue un movimiento rápido ni brusco: fue un movimiento de reconocimiento. Mis manos temblaban. Ella lo notó, y me tomó la mano izquierda, la colocó sobre su pecho, sobre uno de sus senos.

—Siente —dijo.

Lo hice. Mi palma se hundió en la suavidad de su piel, sintiendo la dureza de su pezón bajo el tejido de la seda. Ella gimió, suavemente, como una nota que apenas se atreve a salir. Luego, con la otra mano, siguió moviéndose sobre mí, con una cadencia que no era mecánica, sino consciente: subía, bajaba, rotaba, presionaba un poco más cuando sentía que yo me tensaba. Sus ojos estaban cerrados, su cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, la boca entreabierta. No se apresuraba. No se rendía. Me miraba, me observaba, y cada vez que yo jadeaba, ella sonreía, como si yo estuviera regalándole un detalle que ella ya conocía, pero que le gustaba volver a escuchar.

—¿Quieres que te chupe? —preguntó, sin soltar mi pene, con la voz ronca.

—Sí.

Se puso de pie, me tomó de la mano y me condujo hacia el sofá. Me hizo sentar, y luego se arrodilló entre mis piernas. Con lentitud, se quitó el robe, dejándolo caer a un lado. Quedó desnuda frente a mí, y por primera vez, vi su cuerpo completo: la curva de su cintura, la suavidad de su vientre, la línea oscura que descendía hacia su pubis, donde el vello era escaso, bien recortado, como si hubiera elegido esa forma con intención. Entre sus piernas, la vulva estaba hinchada, oscura, con los labios entreabiertos, como si ya estuviera pidiendo ser tocada.

Me incliné, y con la lengua, rozé su clítoris. Ella jadeó, fuerte esta vez. Me miró con los ojos cerrados, y me dijo, con voz temblorosa:

—Sí… sí, así… no te apresures.

No me apresuré. Le lamí el clítoris con suavidad, luego los labios, una y otra vez, hasta que ella comenzó a mover las caderas, con un ritmo instintivo, como si su cuerpo hubiera olvidado las reglas y solo hubiera respuesta.

También en: RománticoPrimera vez

¿Te ha gustado? Valóralo

3.9 · 22 votos
Reportar
Compartir

También en Maduras