La última vez que vino a cenar

La última vez que vino a cenar

@fernanda_luz ·22 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (26) · 19 lecturas · 6 min de lectura

La puerta se cerró con un clic suave, y Fernanda dejó caer las llaves en el plato de cristal que ya tenía listo sobre el mueble del pasillo. Hacía dos semanas que no veía a Daniel —dos semanas largas de mensajitos cortos, risas forzadas y celos que no sabían a qué santo agarrarse—, y aunque decía que no le importaba, el estómago le daba un vuelco cada vez que recordaba su risa en los vídeos que le mandaba desde su último viaje de trabajo.

—¿Y bien? —preguntó ella, abrazándose los brazos mientras se apoyaba contra el marco de la cocina—. ¿Vienes a disculparte o a comer?

Daniel sonrió, ese medio sonrisa que siempre le ponía los pelos de punta. Tenía la camisa abierta hasta el ombligo, los mangos recogidos, y los ojos más oscuros de lo normal, como cuando el trago se le iba de las manos.

—A los dos, chamaquita —dijo, acercándose despacio—. Pero primero, te quiero ver.

Fernanda no respondió de inmediato. Se dejó mirar, con la camiseta blanca que le quedaba un poco pequeña y los muslos apretados por el short de algodón. Sabía que él la quería así: natural, sin maquillaje, como si el mundo no les hubiera puesto una puerta entre medio. Pero esta vez no iba a ceder tan fácil.

—Pues mira bien —dijo, bajando los brazos y acercándose hasta que sus pechos casi rozaban su pecho—. Porque esta noche no es como las otras.

Daniel la miró a los ojos, y por un segundo, Fernanda pensó que iba a decir algo de la discusión, del silencio que había entre ambos desde que él le dijo que “necesitaba respirar”. Pero no. Solo pasó la yema de los dedos por su mejilla, despacio, como si temiera que se desvaneciera.

—¿Por qué no lo es? —preguntó, voz grave, baja—. Porque tú también me quieres ver.

Ella no negó nada. Solo se dejó llevar, inclinando el rostro hacia su cuello, inhlando el olor a madera y tabaco que siempre le dejaba la piel pálida. Daniel la apretó contra sí, y entonces sintió lo que ya sabía: la verga dura, recargada contra su vientre, empujando con insistencia.

—Chingado —murmuró Fernanda, mordiéndose el labio—. Ya te crees que aquí es tu casa, ¿no?

—Sí —dijo él, y esta vez la besó. No un beso cualquiera. Uno que ya conocía el sabor de su boca, que recordaba cada suave roce de lengua, cada vez que ella le mordía el labio inferior. Y cuando la separó, los dos estaban sin aliento, la frente apoyada en la suya, las manos que aún se agarraban como si el suelo pudiera hundirse.

—¿Y si llega tu hermana? —preguntó Fernanda, ya más pausada, ya con la respiración un poco más controlada.

—Ya vino ayer —dijo Daniel, soltándola solo para desabrocharle la camiseta—. Y se fue contenta, porque le dije que hoy te traía algo.

Fernanda arqueó una ceja, pero no intentó cubrirse. Dejó que las tiras de la camiseta se le cayeran por los brazos, que sus pechos pequeños, redondos, con las pezones morenos y duros, quedaran al aire. Daniel los tomó con las manos, uno por lado, y los apretó con ternura, besando el hueco entre ellos.

—¿Y qué es? —preguntó ella, jugueteando con el borde del short.

—Te lo digo después —dijo él, bajando una mano—. Pero primero, que me cuentes qué pasó la última vez que estuvimos juntos.

Fernanda respiró hondo. Recordó la cama, la luz tenue, el calor que le subía por las piernas cuando él le pidió eso: “Déjame entrar por atrás”. Y ella, tímida pero curiosa, había dicho que sí.

—Te dije que no —mintió—. Me dijiste que era peligroso.

—Sí —admitió él, besándole el cuello—. Pero no por eso dejé de quererlo.

Se levantó la camisa, la sacó de los jeans, y la puso de pie sobre la encimera de mármol. Fernanda soltó un gemido suave cuando la verga de él, ya bien dura, rozó su entrepierna. No entró de inmediato. Solo la empujó contra su cuerpo, frotándose contra su clítoris, contra el short húmedo.

—Dime qué quieres —susurró él.

—Te quiero dentro —dijo ella, y esta vez no dudó—. Pero despacio.

Daniel se apartó un momento, buscando en su pantalón. Sacó un condón y un frasco de aceite de almendras que ya tenía listo. Fernanda se mordió el labio al verlo. Sabía que siempre se preparaba. Que no dejaba nada al azar.

—Gírate —dijo él, colocándole las manos en las caderas.

Ella obedeció, apoyando las palmas en la encimera, los pies separados. Daniel le separó las nalgas con suavidad, besando el hueco que quedaba entre ellas, lamiendo un poco la entrada, dejando que su lengua la acostumbrara. Fernanda jadeó, cerrando los ojos.

—Ching… —dijo, agarrándose al borde—. Me vas a hacer perder la cabeza.

—No va a pasar —susurró él—. Te lo prometo.

Con el dedo índice, la abrió con cuidado, presionando suavemente, esperando que su cuerpo se relajara. Fernanda contuvo la respiración, pero no se puso tensa. Sabía que él la conocía. Que sabía cuándo presionar, cuándo detenerse, cuándo darle un beso en el hombro y decirle “ya casi está, mi amor”.

—Está bien —dijo ella, por fin—. Ya puedes entrar.

Daniel se puso el condón, untó un poco de aceite en la punta de la verga, y se lo colocó contra su entrada. La presionó, lento, muy lento, hasta que la punta la rozó, hasta que ella sintió el calor, el estiramiento, la promesa de más.

—Tú manda, chamaquita —dijo él, besándole la nuca—. Si te duele, me dices.

Fernanda asintió, pero no pidió parar. Solo dejó que él la empujara adentro, una pulgada, luego otra, hasta que sus pelvis se tocaron, hasta que sintió la verga llena dentro de su cuerpo, caliente, dura, suya.

—Ahh… —exhaló, cerrando los ojos—. Chingó.

Daniel no se movió de inmediato. Solo la abrazó por la cintura, besándole el cuello, acariciándole los muslos, dejándola acostumbrarse. Y cuando ella movió las caderas hacia atrás, pidiendo más, él empezó a moverse, suave, pausado, como si el mundo les perteneciera solo a ellos.

—Sí —dijo ella, cuando por fin lo sintió todo, cuando su cuerpo se relajó, cuando el dolor se desvaneció y quedó solo el calor—. Sí… así.

Daniel le agarró las nalgas con fuerza, y la subió un poco, para meterla más profundo, para sentir cada centímetro. Fernanda gimió, alta esta vez, sin temor, sin vergüenza. Solo entrega.

—Eres mía —dijo él, voz ronca—. Siempre.

—Sí —respondió ella, girando la cabeza para besarlo—. Soy tuya.

Y cuando él se sacudió dentro de ella, cuando el líquido caliente se derramó en su interior, Fernanda lo apretó más fuerte, como si con eso pudiera guardar ese momento para siempre.

Después, se lavaron juntos en la ducha, con el agua tibia y los dedos de él recorriendo su espalda. Y cuando salieron, con toallas pequeñas y el pelo húmedo, Daniel le tomó la mano.

—¿Te acuerdas de qué te dije que te traía?

Fernanda lo miró, sonriendo.

—No —dijo—. Pero ya me lo puedo imaginar.

—No —dijo él, tomando una cajita de madera del bolsillo—. Esto es para después.

Y Fernanda supo que, aunque las cosas no fueran fáciles, aunque a veces falten palabras, al menos en la cama, todavía se entendían sin decir nada.

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Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.

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