La siesta del domingo que me dejó tiesa

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo no soy de hacer planes, ¿sabes? Pero ese domingo, desde que me levanté, tenía una corriente por todo el cuerpo que no me dejaba en paz. Hacía calor, como siempre en Medellín en esta época, pero ese calor no era solo del clima, era de adentro, de esos días en que el cuerpo pide algo más que un café y una telenovela. Y mi marido, el Carlos, andaba por ahí en la cocina, con su camiseta sudada, diciéndome que el ventilador del comedor se había muerto y que iba a tener que arreglarlo.

—¿Y cómo quieres que lo arregle si no me das espacio, Juliana? —me dijo, medio en broma, medio en serio, mientras yo me paraba justo detrás de él para sacar un vaso del alacena.

—Pues mírame, Carlos, si me dejas aquí parada, no es por malicia, es porque me gusta verte trabajar —le respondí, apoyando la cadera en la encimera y cruzando las piernas como si fuera una actriz de telenovela.

Él me miró de reojo, con esa sonrisa de lado que me encanta, la que dice “esta mujer me tiene loco”, y me dijo:

—¿Y si en vez de mirarme, me ayudas?

—Ayudarte, ¿en serio? ¿Y qué tengo que hacer?

—Pues sostener el destornillador, por ejemplo. O, mejor aún, sostenerme a mí.

Le di un manotazo en el hombro, riéndome, pero no me moví. Él tampoco. Quedamos ahí, uno frente al otro, con el calor del mediodía pegado a las paredes, el ventilador inútil sobre la mesa y ese silencio que solo pasa entre parejas que se conocen bien, demasiado bien.

Entonces me agarró de la cintura, suave pero firme, como si estuviera probando si yo quería que pasara algo. Y claro que quería. Hacía semanas que no nos acostábamos sin prisa, sin que uno de los dos estuviera cansado o pensando en el trabajo. Así que cuando me acercó a él y sentí su pito duro contra mi barriga, no me hice la sorprendida. Al contrario, me paré de puntillas y le di un beso en la boca, lento, con lengua, como si estuviéramos en una película romántica y no en una cocina con olor a arepa quemada.

—¿Y si nos echamos una siesta? —me dijo al oído, con esa voz ronca que me pone los pelos de punta.

—¿Siesta? ¿A esta hora?

—Sí, mi negra. Una siesta larga. Con sudor y todo.

No necesité más. Subimos a la habitación, él adelante, yo detrás, contoneándome un poquito más de lo normal, solo para ver si me miraba. Y claro que me miraba. Cuando llegamos, cerró la puerta con llave, algo que no hacía desde que nos casamos, y me dijo:

—Hoy no hay hijos, no hay vecinos, no hay nadie. Solo tú y yo, Juliana.

Me sentó en la cama, me quitó las sandalias, una por una, y luego empezó a desabrocharme el vestido. Yo no hice nada, solo dejarme hacer. Me encanta cuando él toma el mando, cuando se pone serio, como si estuviera desarmando un motor, con precisión, con cuidado. Me bajó el vestido por los hombros, me sacó los brasier sin desabrocharlo, como si fuera un mago, y luego se puso de rodillas frente a mí.

—Déjame verte —me dijo.

Y yo, como una tonta, abrí las piernas, despacio, como si estuviera ofreciéndole algo precioso. Él me miró el culo, el coño, todo, con esos ojos oscuros que parecen tragarte. Luego me acarició los muslos, subiendo, bajando, hasta que metió un dedo por dentro de mis bragas y me dijo:

—Estás mojada, Juliana. ¿Desde cuándo?

—Desde que te vi con el destornillador en la mano —le dije, riéndome.

—Pues entonces vamos a hacer que valga la pena.

Me bajó las bragas por las piernas, me las quitó y las tiró al suelo. Luego se acercó, olió mis partes como si estuviera probando un vino fino, y empezó a lamer. Ay, Dios, cómo me gusta cuando me lame. No tiene prisa, no se apura, va de abajo hacia arriba, con la lengua larga y caliente, y cada vez que toca mi clítoris, siento como si me fuera a morir de gusto.

—Carlos, por favor… —le dije, agarrándole el pelo.

—Tranquila, mi vida. Esto es pa’ disfrutarlo.

Y siguió, con más fuerza, con más lengua, hasta que empecé a temblar. No aguanté más, me corrí con un gemido largo, como un suspiro de alivio. Él se levantó, me besó en la boca, y sentí mi sabor en sus labios.

—¿Y ahora? —le pregunté.

—Ahora me toca a mí.

Se quitó la camiseta, se desabrochó el pantalón, y sacó su pito. Y qué pito, Dios mío. Grande, grueso, con la cabeza colorada y lista para la acción. Me miró y me dijo:

—¿Lo quieres?

—Claro que lo quiero. Desde hace rato.

Me empujó suavemente sobre la cama, me abrió las piernas y se puso entre ellas. Pero no entró. No todavía. Me acarició el coño con la punta, mojándola bien, y luego me dijo:

—¿Te acuerdas la primera vez que te la metí?

—Claro que me acuerdo. Estábamos en este mismo cuarto, borrachos, con salsa de fondo.

—Y tú me dijiste: “metémela que estoy pa’ eso”.

—Y tú me dijiste: “pues prepárate, que esto va pa’ largo”.

Nos reímos los dos, y entonces, sin más, me la metió. De una. Entera. Hasta el fondo. Ay, qué rico. Qué llenura. Qué gusto tan loco. Me agarró de las caderas y empezó a moverse, despacio al principio, luego más fuerte, más rápido. Yo gritaba, sin importarme quién me oyera, sin importarme que el vecino del lado estuviera escuchando. Me corrí otra vez, y él seguía, sin bajonear, como si tuviera un motor.

—Carlos… Carlos… no pares… por favor no pares…

—No voy a parar, mi vida. Esto es mío. Tú eres mía.

Y siguió, y siguió, hasta que sentí que me iba a desmayar. Entonces me dio vuelta, me puso a cuatro patas, me agarró del pelo y me dijo:

—Ahora te voy a dar por detrás, como a la primera vez.

Y ahí sí, me volvió loca. Porque cuando me agarra del pelo y me habla así, me siento suya, completamente suya. Me penetró por detrás, con fuerza, con ganas, y yo empujaba hacia atrás, buscando más, más, más. Sentía cómo me estiraba, cómo me llenaba, cómo su pito me llegaba hasta el alma.

—¿Te gusta? —me preguntó.

—Me encanta. Más fuerte, Carlos. Más fuerte.

Y él obedeció. Más fuerte, más rápido, hasta que sentí que no aguantaba más. Me corrí con un grito, largo, fuerte, como si me hubieran roto por dentro. Y él, al sentirme apretar, se corrió también, dentro de mí, con tres empujones finales que me dejaron tiesa, sin aire, sin pensamiento.

Nos quedamos así un rato, sudados, pegajosos, con el corazón a mil. Él se acostó a mi lado, me abrazó por la espalda y me besó el cuello.

—Qué chimba eres, Juliana —me dijo—. Qué puta chimba.

—Y tú qué hombre, Carlos. Qué hombre tan rico.

Nos quedamos dormidos así, abrazados, con las sábanas revueltas y el cuerpo lleno de sudor. Cuando despertamos, ya el sol estaba bajo, y el ventilador seguía en la mesa, sin arreglar.

—Mañana lo arreglo —dijo él.

—No te preocupes —le dije—. Hoy ya hiciste suficiente trabajo.

Nos reímos, y él me besó otra vez, esta vez con calma, con cariño.

Y así, sin planearlo, sin apuro, tuvimos la mejor siesta de la semana. Porque a veces, no se necesita más que un poco de calor, un hombre que te conozca bien, y ganas de volver a sentirse viva.

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