La siesta del domingo

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo no sé por qué, pero las cosas más intensas me pasan siempre en domingo. No es que los viernes o los sábados se queden cortos, no, pero hay algo en el domingo, en esa pereza caliente que baja desde el cielo como un manto de lana, que hace que el cuerpo pida otra cosa. Y ese día, con Sonia recostada en la hamaca de la terraza, con los ojos cerrados y el sol cayéndole por el cuello como si la estuviera besando, supe que no íbamos a dormir la siesta como se supone que uno debe dormirla: callado, quieto, respetando el silencio del barrio.

Ella llevaba puesto un vestido de algodón fino, de esos que no pesan nada, y con el calor que hacía, se le pegaba al cuerpo como si fuera segunda piel. Yo, sentado en el borde de la cama, la miraba desde la sombra del corredor. No hacía ruido. No quería espantarla. Pero tampoco quería que se durmiera. Quería que sintiera que yo estaba allí, mirándola, deseándola, como si fuera la primera vez.

—¿Y tú, por qué no te echas? —me dijo sin abrir los ojos, con esa voz dormida que a mí me enciende más que un gemido.

—Porque estoy viéndote —le respondí, y me acerqué despacio, descalzo, sin apuro.

Ella abrió un ojo, luego el otro, y me miró como si me descubriera. Como si no supiera que yo existía hasta ese instante. Y yo, que conozco cada lunar de su espalda, cada temblor de su labio cuando se muerde, cada manera en que se le eriza el vello cuando le paso la mano por la nuca, sentí que el pito se me endurecía con lentitud, como si el deseo también tuviera su propio ritmo, su propia música.

Me senté al lado de la hamaca, le tomé un pie, se lo besé en la planta, despacito, sin prisa. Ella soltó un suspiro que fue como un hilo de humo saliendo de la boca.

—Uy, qué rico… —dijo, y se estiró como gata.

Le fui subiendo el vestido por las piernas, centímetro a centímetro, sin que ella hiciera nada por detenerme. Al contrario, abrió un poco más las piernas, como si me estuviera diciendo: sigue, sigue, que esto va bien. Y cuando el vestido le llegó a la cintura, vi que no llevaba bragas. Nada. Solo su culo prieto, redondo, moreno, como si el sol lo hubiera pintado a mano.

—¿Y eso? —le pregunté, rozándole apenas con un dedo el borde del culo.

—¿Qué cosa? —dijo ella, fingiendo inocencia.

—Que andas sin bragas, mujer. ¿Y si te ve alguien?

—¿Y quién va a venir? —se rió—. Además, si alguien me ve, que mire. Pero que sepa que esto es tuyo.

Me incliné y le besé un cachete, luego el otro. Le mordí suave, apenas con los dientes, y ella se movió en la hamaca, como si le hubiera dado un calambre. Luego, con la lengua, le recorrí el surco entre las nalgas, despacito, como quien prueba un licor fuerte. Ella se estremeció, se agarró de los bordes de la hamaca y soltó un “ay, Dios mío” que me encendió más que cualquier gemido.

—¿Te gusta? —le pregunté, sin dejar de lamer.

—Más que el café de la mañana —respondió, y se echó a reír.

Entonces me paré, me quité la camiseta, me bajé el pantalón y me quedé en calzoncillos, con el pito tieso como un poste. Ella me miró con ojos brillantes, como si me estuviera midiendo con la mirada.

—Ay, muchacho… —dijo—. Ese pito no es de este mundo.

—Pero es tuyo —le dije, y me senté encima de ella, en la hamaca, que se meció como si fuera a romperse.

Nos besamos con calma, con hambre, pero sin desesperación. Nuestra lengua se encontró como si se conocieran de toda la vida. Y mientras la besaba, le metí una mano por debajo, le toqué el culo, luego el coño, que ya estaba mojado, caliente, como una fruta madura. Ella se movía despacio, apenas un roce, pero suficiente para que yo sintiera que me iba a correr allí mismo, sin siquiera haber entrado.

—No te pases —me dijo al oído—. Aún no.

Entonces se dio vuelta, se puso de rodillas en la hamaca, con el culo al aire, y me miró por encima del hombro.

—¿Y ahora qué vas a hacer, carajo? —me dijo, con esa voz que me pone los pelos de punta.

No le respondí con palabras. Me paré, me quité los calzoncillos, y le pasé el pito por el culo, despacito, como quien prueba terreno. Ella cerró los ojos, se mordió el labio, y yo, con la mano, le separé las nalgas y le acerqué la punta al agujerito.

—¿Aquí? —le pregunté.

—Sí —dijo ella—. Pero despacio.

Y yo, que conozco su cuerpo como conozco mi nombre, empecé a entrar con calma, con el corazón latiéndome en la garganta. Ella soltaba aire por la boca, como si estuviera aprendiendo a respirar de nuevo. Y cuando estuve hasta el fondo, nos quedamos quietos, como si el tiempo se hubiera detenido.

—Ay, mi vida… —dijo ella—. Qué rico se siente.

Yo no podía hablar. Solo moverme, despacito, con cuidado, como si estuviera caminando sobre hielo. Y cada vez que salía y entraba, ella gemía más fuerte, más hondo, como si el placer le saliera del alma. El sol seguía cayendo, la casa seguía en silencio, pero nosotros, allí, en medio de la terraza, éramos el único ruido del mundo.

Cuando sentí que ya no aguantaba más, le dije:

—Me voy a correr, mi amor.

—Pues suéltalo —dijo ella—. Que todo lo sienta.

Y así fue. Me vine dentro de ella, con fuerza, con todo, mientras ella se estremecía como si también se corriera. Nos quedamos abrazados, sudados, respirando como si hubiéramos corrido una carrera.

Después, nos echamos en la hamaca, ella sobre mí, con el pelo pegado a la frente, el corazón desbocado.

—Eso sí fue una siesta —dijo, y me besó en el cuello.

—Y aún no es lunes —le respondí, y nos reímos los dos, como si hubiéramos hecho algo prohibido, cuando en realidad solo habíamos recordado por qué nos amamos.

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