La reunión familiar en la casa de veraneo
10 minLa reunión familiar en la casa de veraneo
La casa de madera y vidrio se alzaba en lo alto de la colina, rodeada de pinos que susurraban con el viento del lago. Era junio, y el calor ya apretaba con fuerza, pero allí arriba el aire se mantenía fresco y limpio, cargado del olor a resina y tierra húmeda. Las luces de la terraza brillaban suavemente, iluminando los rostros de los familiares que llegaban uno a uno, abrazándose con complicidad y risas cómplices. Era la primera vez en cinco años que todos se reunían: abuela Elena, ya viuda pero con la misma mirada aguda; su hijo Carlos, el padre; su hija Lucía, la madre; y su nieto Tomás, el único varón entre tres mujeres, con veintinueve años y el cuerpo que empezaba a mostrar las marcas de un entrenamiento constante —hombros anchos, brazos definidos, la espalda ancha y tersa que Lucía solía admirar sin disimulo desde que él había dejado de usar shorts cortos en verano.
Tomás había llegado antes, ayudando a su tío a descargar el auto. Había llevado dos cajas de vino, una botella de whiské que dejó sobre la mesa de la cocina con un brillo cómplice, y una bolsa de ropa que colgó en el cuarto que siempre ocupaba, el mismo que compartía con su tía Lucía cuando era niño, cuando las vacaciones eran sin misterios, sin susurros, sin miradas que se detenían un segundo más de lo necesario.
Esa noche, después de cenar —sopa de pescado, pan recién horneado, vino tinto servido en copas grandes—, abuela Elena se retiró temprano, agradecida pero cansada. Carlos, el padre, se sentó en el sofá con un trago y una revista, pero sus ojos no seguían las líneas. Miraba a Lucía, que estaba sentada junto a él, los pies descalzos apoyados en el borde del cojín, las piernas cruzadas en un ángulo que mostraba la curva suave de su muslo, bajo el tejido del vestido de algodón color mostaza. Tomás, sentado en el suelo, con la espalda contra las piernas de su tía, sentía el calor de su cuerpo a través de la tela, la suavidad de su piel cuando ella le acariciaba el hombro con la punta de los dedos para ajustarle una hebra de pelo que se le había escapado del moño.
—Estás más grande —dijo Lucía, sin mirarlo directamente, pero con una sonrisa que le temblaba en los labios.
—Y vos más hermosa —respondió él, con una voz más grave de lo que pretendía. Se sonrojó levemente, pero no apartó la mirada.
Carlos se levantó, bostezando. —Voy a dormir. Mañana temprano pescamos.
—Claro —dijo Lucía, y le besó la mejilla. Su roce fue breve, pero Tomás notó cómo su tía retuvo el gesto un instante más, cómo sus dedos rozaron la nuca de él, casi sin querer, pero con una intensidad que no era casual.
Tomás esperó a que la puerta del cuarto se cerrara. Entonces se giró, y ahora sí, lo miró directamente. Lucía no bajó la vista. Sus ojos, castaños, con motas doradas alrededor de las pupilas, lo sostuvieron como una promesa. Él se levantó lentamente, sin prisa, como si lo hiciera siempre así: con deliberación, con seguridad. Caminó hasta donde ella estaba y se sentó a su lado, no muy cerca, pero lo suficiente como para sentir su aliento.
—¿Por qué no subimos a la terraza? —dijo ella, en voz baja. —El cielo está despejado. Vamos a ver las estrellas.
Subieron los escalones de madera uno tras otro, sin apuro, sin tocar, pero con el cuerpo pendiente de la presencia del otro. Ella llevaba los pies descalzos, y él notó cómo sus plantas se hundían ligeramente en la madera caliente del día, cómo sus tobillos brillaban con el reflejo de la luz de abajo. En la terraza, el aire era más fresco, y la luna se alzaba ya sobre el lago, plana y plateada, como si estuviera esperando algo.
—Siéntate —dijo Lucía, tirando de su camiseta para que él ocupara el banco de madera que daba al vacío. Él lo hizo, pero no se sentó del todo: se inclinó hacia atrás, con los codos apoyados, los muslos abiertos, la mirada fija en ella.
Lucía se sentó a su lado, con las piernas juntas, las manos sobre las rodillas. El vestido se le subió un poco, dejando al descubierto la parte superior del muslo, donde la piel era más clara, más suave. Él no apartó la vista. Ella no se lo impidió.
—Hacía tanto tiempo que no te veía así —dijo ella. —No como ahora.
—¿Y antes? —preguntó él, con una sonrisa contenida.
—Antes… eras mi sobrino. Ahora… ahora eres un hombre.
Él se giró hacia ella, y esta vez no disimuló. Sus dedos rozaron la rodilla de ella, apenas un roce, como un experimento. Ella no se movió. Sus ojos se fijaron en sus manos, en su dedo índice que se deslizó lentamente hasta el borde de su muslo, subiendo con lentitud, como si estuviera midiendo la distancia entre lo permitido y lo deseable.
—¿Y si me digo que ya no puedo fingir que no te quiero así? —dijo él, con voz ronca.
Lucía tragó saliva. No apartó la vista. No se levantó. No le pidió que se detuviera.
—Entonces no lo hagas.
Él se acercó más, hasta que sus rodillas se tocaron. La tela de su pantalón rozó la de su vestido. Él alzó la mano, lentamente, y le acarició la mejilla. Su piel era cálida, suave, con un ligero olor a loción de vainilla y sal. Ella cerró los ojos un instante, como si absorbiera cada sensación, como si estuviera recordando algo que no había olvidado jamás.
—Tomás… —susurró, pero no era una advertencia. Era una confesión.
Él bajó la mano, y esta vez la llevó a su cuello. Sentó la palma sobre su piel, con los dedos rozando su mandíbula, su oreja, su cabello. Ella no se enderezó. No se apartó. Solo lo miró, con los ojos húmedos, con una expresión entre el miedo y el deseo, entre la culpa y la entrega.
—No soy tu hermano —dijo él, y la verdad de esas palabras lo golpeó a él también. —Y vos no sos mi tía para esto.
Ella suspiró, y por primera vez, su mano subió, temblorosa, hasta su pecho. Sentó la palma sobre su corazón, sobre la camiseta húmeda de sudor y calor. Sentía cómo latía fuerte, irregular, como si le hubieran arrancado algo y lo hubiera devuelto con más fuerza.
—Esto es peligroso —dijo, pero no era una negativa.
—Todo lo que vale la pena lo es —respondió él.
Entonces, él la besó.
Fue un beso lento, casi tierno, pero con un fuego que empezaba en la lengua y se extendía al resto del cuerpo. Ella respondió con una suavidad que lo hizo temblar: sus labios se abrieron, su lengua encontró la suya, y por un instante, el mundo dejó de existir. Él la atrajo hacia sí, hasta que su cuerpo quedó apretado contra el suyo, hasta que sintió la curva de su pecho contra su pecho, la suavidad de sus muslos contra sus piernas. Ella suspiró contra su boca, y él sintió cómo su corazón se aceleraba, cómo su respiración se volvía entrecortada.
—Quiero verte —dijo él, rompiendo el beso para mirarla a los ojos. —Quiero ver todo de vos.
Ella asintió, con los ojos cerrados, con una sonrisa triste y dulce.
—Pero primero… tenés que prometerme algo.
—Lo que sea.
—Que no lo vamos a repetir. Que esto es una vez. Una sola noche. Y después… seguimos siendo familia.
Él dudó. No por lo que ella pedía, sino porque sabía que era mentira. Que nada volvería a ser igual. Pero asintió igual. Porque quería esa noche. La necesitaba.
Ella se levantó, lentamente, y se desató el cierre del vestido. No se lo quitó de golpe. Lo dejó deslizarse por sus hombros, primero un brazo, luego el otro, hasta que el vestido cayó hasta sus caderas, dejando al descubierto el sujetador de encaje negro, con los bustos redondos y firmes, las pezones firmes y oscuros bajo la luz tenue. Él se puso de pie, pero no se quitó la camiseta todavía. Quería verla primero. Quería grabar cada detalle.
—Dios… —susurró, alzando la mano, pero sin tocarla aún. —Jamás me dijiste que tenías pechos tan hermosos.
—Porque nunca te dejé mirarlos —respondió ella, con una sonrisa triste.
Él por fin se quitó la camiseta. Ella lo miró sin vergüenza, sin timidez. Sus ojos recorrieron su torso, sus brazos, la línea de su abdomen, el vello oscuro que bajaba hacia su ombligo, y luego más abajo, hacia la protuberancia que ya empezaba a endurecerse contra el tejido de su pantalón.
—Y vos también cambiaste —dijo ella, acercándose. —Estás duro.
—Lo estuve desde que entraste a la terraza —admitió él.
Ella se arrodilló frente a él, sin pedir permiso, sin esperar respuesta. Sus dedos desabrocharon su jean y bajaron la cremallera con lentitud. Él contuvo la respiración. Sus ojos se fijaron en los de ella mientras ella lo sacaba, ya duro, ya húmedo de su propia necesidad. Ella lo miró, lo palpó con la yema de los dedos, y luego lo sostuvo con ambas manos, como si lo hubiera hecho siempre. Lo acercó a su rostro, y él sintió su aliento tibio sobre la punta.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, por última vez.
—No —respondió él. —Pero quiero hacerlo.
Ella se levantó, y esta vez lo besó de nuevo, con más fuerza, con más hambre. Lo empujó hacia la cama plegable que había en un rincón de la terraza, la que usaban para ver las estrellas. Él se sentó, y ella se quitó el vestido por completo, dejándolo caer al suelo como una ofrenda. Luego se sentó sobre sus piernas, con las rodillas a los lados de su cadera, y lo miró mientras se quitaba el pantalón.
—Voy a entrar despacio —dijo ella, acariciando su pene con la punta de los dedos. —Y vos… vos tenés que decirme si me duele.
—No vas a dolerme —dijo él, y la atrajo hacia sí. —Solo querés esto tanto como yo.
Ella se inclinó hacia atrás, apoyándose en sus manos, y abrió las piernas. Él la miró entre sus muslos, donde la luz de la luna iluminaba la suavidad de su piel, la húmeda oscuridad de su vagina, ya brillante de excitación. Él se acercó, y con la punta de su pene, la rozó. Ella suspiró, y él sintió cómo su cuerpo se contraía, cómo su vagina se abría, como si lo estuviera llamando.
—Estoy lista —dijo ella.
Él se empujó hacia dentro.
Fue un momento de tensión, de estrechez, de calor. Ella gimió, bajo y ahogado, y él se detuvo, sintiendo cómo su cuerpo se acostumbraba al suyo. Luego, con movimientos lentos, empezó a empujar, entrando más, hasta que su cuerpo quedó totalmente dentro del suyo. Ella lo abrazó, lo tiró hacia atrás, y él se dejó caer sobre ella, con la cabeza entre sus pechos, con su olor en la nariz.
—Más —susurró ella. —Más fuerte.
Él empezó a moverse, con ritmo, con desesperación contenida. Ella se arqueó contra él, sus manos aferrándose a sus hombros, sus uñas rozando su piel. Él sentía su vagina, apretada, cálida, temblando con cada embestida. Él la besó en el cuello, en los pechos, en la boca, mientras su cuerpo se entregaba al placer que ambos habían estado reprimiendo durante años.
—Tomás… —lloriqueó ella. —Voy a venir.
—Yo también —respondió él, y la empujó una última vez, profundamente, hasta que ella gritó su nombre, y él sintió cómo su cuerpo se contraía alrededor del suyo, cómo su eyaculación lo golpeó desde dentro.
Se quedaron así un largo rato, sin hablar, sin moverse, solo respirando el mismo aire, con los corazones latiendo al unísono. Ella lo miró, con los ojos húmedos, con una sonrisa que no era de arrepentimiento, sino de reconocimiento.
—Nunca volvamos a hablar de esto —dijo ella.
—Nunca —respondió él.
Y en la oscuridad de la terraza, con el cielo estrellado sobre ellos y el lago susurrando al fondo, los dos supieron que habían cruzado una línea que jamás volverían a trazar. Pero por esa noche, fue la cosa más real que habían sentido en años.
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.