La profesora de yoga
La casa de la esquina, con rejas bajas y un jardín descuidado, siempre le había llamado la atención. Desde que se mudó al barrio, a Paula le intrigaba esa mujer de mediana edad que salía a regar las plantas con una bata corta, descalza, el pelo oscuro recogido en un moño desprolijo. Tenía una manera de moverse lenta, casi danzante, como si cada gesto tuviera un propósito. Se llamaba Lucía, y sin saber cómo, Paula terminó inscribiéndose en sus clases de yoga, que daba en un salón chico al fondo de su casa.
Era viernes. La clase era a las siete, pero Paula llegó quince minutos antes. No por ansiedad, sino porque quería verla un rato antes de que empezara todo. Lucía la recibió con una sonrisa amplia, los ojos oscuros brillando bajo la luz tenue del salón. Vestía una camiseta corta de algodón negro y un pantalón de yoga ajustado que marcaba cada curva de sus nalgas redondas, firmes. Tenía cuarenta y siete años, pero parecía diez menos. Su piel morena, su cintura estrecha, sus pechos aún altos bajo la tela fina.
—Pasá, ya casi estamos —dijo Lucía, mientras estiraba una pierna contra la pared—. Hoy vamos a hacer una secuencia más íntima. Respiración profunda, apertura de caderas. Cosas que se trabajan mejor cuando uno se suelta.
Paula asintió, pero no entendía bien si hablaba del yoga o de algo más. Se acomodó en su esterilla, cruzó las piernas y cerró los ojos. El aire olía a incienso y a sudor leve, dulce. Lucía encendió una música suave, algo con flautas y percusión sutil.
Empezaron despacio. Posturas sencillas, estiramientos largos. Pero cuando llegaron a la apertura de caderas, Lucía se acercó.
—Dejá que tu cuerpo se rinda —le dijo al oído, mientras le ponía una mano en la espalda baja—. No fuerces. Dejá que todo se abra.
Paula sintió un calor subirle desde la concha. No era solo el ejercicio. Era la cercan vehementemente cálida de Lucía, su aliento cerca del cuello, el roce de sus dedos en la piel.
—¿Te sentís bien? —preguntó Lucía, retirándose un poco.
—Sí… sí, estoy bien —respondió Paula, con la voz más ronca de lo normal—. Es que… hace rato que no hago esto.
—Ya veo —dijo Lucía, con una sonrisa apenas insinuada—. A veces el cuerpo se olvida, pero el alma no.
Terminaron la clase con una meditación guiada. Paula, con los ojos cerrados, sentía el pulso entre las piernas. No podía evitar imaginar las manos de Lucía en otros lugares, bajando más, abriendo más. Cuando abrió los ojos, Lucía estaba sentada frente a ella, mirándola fijo.
—¿Querés quedarte un rato? Tengo un té que relaja.
Paula asintió sin decir nada.
En la cocina, Lucía sirvió dos tazas de té rojo con jengibre. Se sentaron en el pequeño comedor, cerca de la ventana. El sol se estaba yendo, pintando el cielo de naranja.
—Vos no venís por el yoga, ¿no? —dijo Lucía, mirándola fijo.
—No sé… quizás no —respondió Paula, bajando la vista—. O quizás sí, pero no como creés.
—Yo creo que sí sé —dijo Lucía, acercándose un poco más—. Hace rato que noto cómo me mirás. No es malo. Al contrario.
Paula sintió que el aire se espesaba.
—Yo… no sabía cómo decirlo.
—No tenés que decir nada —dijo Lucía, poniendo una mano sobre su muslo—. Solo sentilo.
El contacto fue eléctrico. Paula contuvo el aliento. La mano de Lucía subió despacio, con calma, hasta el borde de la ropa.
—¿Te excita esto? —preguntó, sin dejar de mirarla.
—Sí —dijo Paula, con voz temblorosa—. Me excita mucho.
Lucía sonrió. Se paró, le tendió la mano.
—Vení.
La llevó al dormitorio. Pequeño, con cortinas oscuras, una cama grande cubierta con sábanas de seda negra. Lucía encendió una vela y se paró frente a ella.
—Desvestite —dijo, suave—. Quiero verte.
Paula lo hizo con manos temblorosas. Se sacó la remera, el pantalón, las zapatillas. Quedó en ropa interior. Lucía se acercó, le quitó el sujetador con un solo movimiento. Sus pechos quedaron libres, pequeños, con pezones oscuros y duros.
—Hermosa —murmuró Lucía, acariciándole un seno—. Tenés el cuerpo de una que quiere amar, no solo ser amada.
Luego fue el turno del culote. Lucía se lo bajó con lentitud, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Cuando llegó a la concha, se arrodilló.
—Dejá que te pruebe —dijo—. Hace rato que quiero hacerlo.
Y sin más, hundió la boca entre sus piernas. Paula gimió, alto, sin poder contenerse. La lengua de Lucía era experta, lenta, precisa. Sabía dónde presionar, cómo chupar, cómo hacerla temblar.
—Dame tu mano —dijo Lucía, levantándose—. Quiero que me toques.
Paula, temblando, le tocó la cara, el cuello, los senos. Lucía se desvistió con calma, sin prisa. Quedó desnuda, gloriosa. Sus pechos eran más grandes, con areolas oscuras, pezones gruesos. Su concha, depilada, brillaba de humedad. Su culo, redondo y firme, se movía con cada paso.
—Garchémoslo —dijo Lucía, acostándose en la cama—. Como si no hubiera un mañana.
Paula se subió encima. Se acomodó entre sus piernas, besó su boca, bajó por el cuello, por los pechos. Chupó, mordió, lamió. Lucía gemía, le agarraba el pelo, le decía:
—Así, así… cogeme con la boca, nena.
Paula lo hizo. Lamía su concha con devoción, chupaba su clítoris como si fuera un caramelo. Lucía se retorcía, levantaba las caderas, gritaba.
—¡Sí! ¡Más! ¡Meteme un dedo, por favor!
Paula lo hizo. Un dedo, luego dos. Lucía gritaba, se corría, volvía a pedir.
—Ahora quiero verte —dijo Lucía, cambiando de posición—. Quiero verte cabalgarme.
La ayudó a subir. Paula, encima, se acomodó sobre su concha. Bajó despacio, sintiendo el calor, el roce, el desliz. Lucía la miraba con deseo puro.
—Movete —dijo—. Como si fuera tu pija.
Y Paula se movió. Lento al principio, luego más fuerte, más rápido. Lucía le agarraba las nalgas, la ayudaba, la empujaba.
—¡Sí! ¡Así! ¡Dame todo!
Gritaron juntas cuando el orgasmo llegó. Fuerte, largo, profundo. Se abrazaron, sudorosas, jadeantes.
—¿Te gustó? —preguntó Lucía, acariciándole el pelo.
—Fue… —Paula no encontraba palabras—. Fue como si me hubieras despertado.
—Entonces volvé la semana que viene —dijo Lucía, con una sonrisa—. Todavía no terminamos.
Y en la penumbra, con la vela casi apagada, se quedaron dormidas, abrazadas, como si el mundo afuera no existiera.
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