La primera vez que mi mujer me pidió que le hiciera un hijo con otra mujer
7 minLa primera vez que mi mujer me pidió que le hiciera un hijo con otra mujer
Eran las once de la noche y la lluvia golpeaba suave contra las ventanas del departamento en Condesa. Maya estaba sentada en el sofá, con una taza de té de jengibre humeante entre las manos, los pies descalzos apoyados en el cojín, los muslos firmes y el pelo suelto, largo y oscuro, cayendo en ondas hasta la mitad de la espalda. Daniel, su esposo de siete años, se acercó con una toalla seca y se sentó a su lado, rozando su muslo con la mano.
—¿Te duele aún la espalda? —preguntó, frotando lentamente la zona baja con la palma abierta.
—Un poco —susurró ella—. Pero no es eso.
Él la miró. Había algo en su voz, en la forma en que evitaba su mirada, que no era normal. Maya siempre fue directa, risueña, incluso cuando estaban peleados. Pero ahora, su boca temblaba un poco al tragar saliva, y sus ojos —oscuros, intensos— lo fijaban como si estuviera conteniendo algo grande.
—¿Qué pasa? —insistió Daniel, bajando la voz.
Ella soltó el té en la mesa auxiliar, se levantó sin prisa, y se quitó la camiseta de algodón. Se quedó con el sujetador negro de encaje, el pantalón de yoga ajustado, y caminó hasta la cama. Daniel la siguió, sin hablar, sabiendo que algo iba a suceder —algo que ella había estado guardando.
Se sentó a su lado en la cama, las sábanas de algodón egipcio frías contra la piel. Maya se volvió hacia él, lo miró a los ojos, y por primera vez en años, lo tocó en el rostro.
—Hoy —dijo—, mientras me duchaba, pensaba en ti. En cómo me coges cuando estoy cansada, cuando no tengo ganas de nada, pero tú me haces sentir viva con solo meterte dentro de mí. Y luego… pensé en otra cosa.
Daniel no dijo nada. Sólo la miró, esperando.
—Me imagino contigo… y con ella.
—¿Ella?
—Sí. Con Leticia.
Daniel frunció el ceño. Leticia era amiga de Maya desde la universidad, alta, rubia, con pechos grandes y caderas anchas, y una risa que sonaba como campanas. Solían pasar las noches juntas, ver películas, beber vino. Nada más.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero que la cogeremos juntos. Esta noche. Ella ya sabe. Me dijo que sí.
Daniel tragó duro. No era la primera vez que hablaban de abrir su relación, pero siempre se quedaban en teorías. En palabras suaves. En “quizá algún día”. Pero esta vez, Maya no sonreía. No dudaba. Estaba allí, sentada frente a él, con los pechos subiendo y bajando al ritmo rápido de su respiración, las pupilas dilatadas por la anticipación.
—¿Estás segura? —preguntó, voz ronca.
—Sí. Pero no por mí. Por ti. Por nosotros. Por lo que queremos ser.
Se levantó, se quitó el sujetador, y se puso de pie frente a él. Sus pechos eran firmes, redondos, los pezones oscuros y hinchados por el frío de la habitación. Daniel no se contuvo. Se levantó, la tomó por la cintura y la tiró hacia atrás, sobre la cama. Se lanzó sobre ella, con la boca abierta, los dientes rozando su clavícula, las manos agarrándole los muslos con fuerza, deslizándose hasta las rodillas.
—No —dijo ella—. Espera.
—¿Qué pasa?
—Cógeme primero. Como siempre. Pero esta vez… quiero sentirte dentro de mí mientras pienso en Leticia. En cómo te mira. En cómo te tocará.
Daniel no necesitó más. Se despojó de la camiseta, del pantalón, y quedó en ropa interior, su pene ya semierecto, grueso y largo, con la cabeza oscura y la piel tensa. Se arrodilló entre sus piernas, separó sus labios con los dedos, y bajó la cabeza. Lamió su clítoris, pequeña y dura como una nuez, ya hinchado y brillante por la excitación. Maya gimió, arqueó la espalda, y le metió los dedos en el pelo.
—Sí… sí… —murmuró—. Límpialo todo. Que sepa a ti.
Daniel lamió más hondo, rozó con la punta de la lengua su entrada, probó su sabor, salado y dulce, y luego sumergió la lengua dentro, moviéndola en círculos lentos, mientras con el pulgar presionaba su clítoris. Maya se retorcía, sus musculos tensos, el aire saliendo en jadeos cortos. Cuando lo sintió a punto, se incorporó, tomó su pene en la mano, lo lubricó con su propia humedad, y se subió sobre él, hundiéndose poco a poco, hasta que su cuerpo entero lo aceptó.
—Mierda… —exhaló Daniel.
Ella estaba apoyada sobre él, las manos en su pecho, los pechos oscilando con cada movimiento. Subía y bajaba lento, rotando las caderas, haciendo que su verga rozara su punto más sensible, el punto G, cada vez más fuerte. Daniel le sujetó las caderas, la empujó hacia abajo, y luego la tiró hacia atrás, agarrándole los pechos con ambas manos, apretando los pezones hasta que ella gritó.
—Dime quién es —dijo él, jadeante.
—Tú… tú eres mi hombre. Ella es… es quien me lo hará realidad.
—¿Quién te lo hará realidad?
—Leticia —dijo Maya, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos.
—¿Quién te lo hará?
—Ella. Ella te cogió hace dos horas. En mi casa. Mientras yo estaba en el baño. Me lo dijo. Me mostró fotos.
Daniel soltó un gruñido, la sujetó por el cuello, y la empujó hacia abajo con fuerza. Maya se dejó caer, hasta que su cuerpo la toco por completo, y luego subió de nuevo, lento, hasta que solo sus puntas se tocaban. Bajó otra vez. Y otra. Y otra. Hasta que su pene estaba hundido hasta la base, su vientre pegado al suyo, sus pechos aplastados contra su pecho, y sus gemidos se fundieron en uno solo.
—Mierda… Maya… —dijo él.
—Sí… sí… —gimió ella—. Hazme un hijo. Que se quede dentro. Que se llene de ti.
Él la soltó. Se levantó, la dio la vuelta, la puso a cuatro patas, y se colocó detrás. Le abrió las nalgas con las manos, miró su entrada, húmeda y brillante, y se frotó el pene contra su ano, lubricándose con su jugo, antes de empujar la punta dentro.
—No… no así —dijo Maya, agitando la cabeza.
—¿Entonces?
—La boca… primero.
Daniel se levantó, la giró otra vez, y la besó. Profundo. Con lengua. Mientras con la mano izquierda la abría, y con la derecha, la metía dentro de ella, moviéndola con fuerza, mientras su pene, ya duro de nuevo, se frotaba contra su clítoris.
—Quiero que me hagas un hijo —susurró Maya—. Que me la metas hasta la madre.
Daniel no dijo nada. Se colocó entre sus piernas, la abrió con las rodillas, y se puso de pie, con el pene alineado, la cabeza presionando su entrada. La miró a los ojos, y con un solo movimiento, la clavó dentro.
—¡Joder! —gritó Maya.
Él no paró. Subió hasta casi salir, y bajó con fuerza, hasta que sus pelvis chocaron, y luego otra vez, y otra, con un ritmo salvaje, brutal, como si quisiera romperla, como si no la pudiera tener suficiente. Maya lo agarraba del pelo, lo llamaba “mi hombre”, “mi amo”, “mi papi”, mientras su cuerpo temblaba, sudaba, gemía.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —gritó, y por primera vez, Daniel supo que no era por ella. Era por Leticia. Era por lo que le había hecho. Por lo que le iba a hacer.
—¡Dime quién te lo está haciendo! —exigió.
—¡Tú! ¡Tú! ¡Tú me lo estás haciendo! —gritó Maya—. ¡Pero yo se lo dije! ¡Le dije que te cogiera! ¡Que te metiera su lengua en la boca, su pene en la polla, y que me cogiera como si fuera suya!
Daniel soltó un rugido, la sujetó por las caderas, y la empujó hacia atrás con tanta fuerza que Maya gritó, y su cuerpo se tensó, y su vagina se contrajo alrededor de su pene, apretándolo, calentándolo, humedeciéndolo todo.
—¡Me voy! —gritó Maya.
—¡Mierda! ¡Me voy! —repitió Daniel.
Y se corrió. Dentro de ella. Con fuerza. Hasta que su pene se vació, hasta que su semilla se mezcló con su jugo, hasta que se llenó de él.
Se quedaron así, abrazados, sudados, con las piernas entrelazadas, la
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.