La primera vez que me chingaron el culo
7 minLa primera vez que me chingaron el culo
La puerta del baño se cerró con un clic suave, casi imperceptible, como el cierre de un auto de lujo. Daniel se quedó quieto, de pie frente al espejo, con la camisa aún abierta en la cintura y las manos apoyadas en el lavabo de mármol. El agua corrió un segundo más, luego se detuvo. Escuchó los pasos de Lucas detrás de él, pesados pero controlados, como los de alguien que ya sabe adónde va y no tiene prisa por llegar.
—¿Estás seguro? —preguntó Lucas, sin acercarse aún. Su voz sonaba grave, ronca, con esa ligera gripe que no desaparece del todo, y que le daba un tono de autoridad silenciosa.
Daniel asintió, sin mirarlo. Se miró al espejo: cara ligeramente ruborizada, labios entreabiertos, respiración un poco acelerada. Tenía veintisiete años, pero se sentía más joven, más inexperto, como cuando iba a su primer baile y no sabía bien cómo moverse. No por miedo —no era eso— sino por la intensidad del momento. Porque Lucas era más viejo, más experimentado, y tenía manos que sabían de antemano lo que querían hacerle.
—Tú mandas —dijo Daniel, con la voz un poco más baja de lo habitual, como si temiera que el eco del baño le devolviera una advertencia.
Lucas se acercó. No por espalda, sino por el costado, y se detuvo frente a él, entre sus piernas. Le puso una mano en la nuca, le rozó con el pulgar la mandíbula. Daniel sintió el calor de su cuerpo antes de que sus labios tocaran los suyos. El beso no fue apresurado, ni salvaje: fue lento, profundo, como si ya se hubieran besado cien veces antes, y cada vez fueran encontrando algo nuevo.
Se desvistieron con calma. Lucas no se quitó la camisa todavía. Daniel sí. Se miró en el espejo: pechos planos, abdomen ligeramente marcado, piernas delgadas pero firmes. Lucas, en cambio, ya llevaba la camisa por la cintura y los pantalones abiertos. Tenía el pene encogido, casi oculto entre los vellones oscuros del vello púbico, pero no flácido: ya estaba listo, ya lo esperaba.
—Vamos a usar algo —dijo Lucas, mientras abría la cómoda del baño. Sacó un tubo de lubrificante, un preservativo y una pequeña botellita de aceite de almendras.
—¿Te lo vas a poner? —preguntó Daniel, con una sonrisa torcida.
—No. Pero te lo voy a meter. Primero con los dedos.
Daniel tragó saliva. No por miedo, sino por anticipación. El miedo ya había pasado. Lo que quedaba era solo el deseo, claro como el agua de la llave que aún goteaba en el lavabo.
Lucas lo hizo sentar sobre el borde de la tina. Daniel se sentó, con las rodillas separadas, las manos apoyadas atrás. Lucas se puso de rodillas frente a él, entre sus piernas. Le separó las nalgas con las palmas, le rozó con la punta de la lengua el ano, una vez, dos, tres. Daniel soltó un suspiro, se le pusieron los pelos de punta.
—Estás hermoso así —dijo Lucas—. Tan abierto. Tan dispuesto.
No dijo “hermoso” como si fuera una palabra bonita, sino como una verdad simple, como decir que el cielo era azul o que el café sabe a café. Daniel se sintió verificado. Como si su cuerpo, su postura, su sumisión silenciosa, fueran justos, necesarios.
Lucas se levantó un segundo, se untó lubrificante en los dedos, luego volvió a agacharse. Introdujo el índice primero, lento, hasta la segunda falange. Daniel tensó, pero no gritó, no se movió. Solo respiró hondo, y dejó que el cuerpo lo dejara entrar. Luego el corazón. Luego el segundo dedo. Lucas lo dobló ligeramente, buscando algo —un punto interno, una plenitud distinta— y Daniel soltó un quejido bajo, ahogado, como si temiera que el eco le robara la palabra.
—Sí… sí, así —murmuró Lucas, sin dejar de mover los dedos, sin quitarle los ojos de encima. Le besó la clavícula, le mordisqueó el hombro, le acarició el pene con la otra mano, sin presión, sin urgencia. Solo para que Daniel sintiera que no era solo el culo lo que se entregaba.
Daniel se puso rígido cuando Lucas retiró los dedos. Sintió el vacío como una pérdida momentánea, como si le hubieran arrancado un pedazo de sí mismo. Pero entonces Lucas lo volteó, lo tomó por las caderas y lo puso de pie frente a él.
—Te voy a coger por el culo —dijo, sin sonar agresivo, sin sonar tonto. Solo como si estuviera leyendo una receta. Como si ya lo hubiera hecho cien veces y ahora solo lo repetía.
Se puso el preservativo. El pene se le erguía, ahora, grueso y largo, con la punta húmeda y brillante. Daniel lo miró, lo tocó con la yema de los dedos. Lo sintió palpitando, como si fuera vivo. Como si respirara con él.
—Vamos a meterlo bien adentro —dijo Lucas, mientras se colocaba detrás de él, con una mano en la cintura y la otra sujetando su verga. Se frotó la punta contra su ano, sin presionar, solo rozando, solo probando. Daniel se estremeció. Sintió el calor, la textura, la forma exacta de lo que iba a entrar.
—¿Estás listo? —preguntó Lucas, esta vez con una voz más baja, casi un susurro.
Daniel asintió. No dijo nada. Solo se inclinó un poco, apoyó las manos en la tina, y abrió las nalgas.
Lucas lo empujó una vez. Sólo una. El borde del preservativo rozó el anillo, lo estiró, lo dilató poco a poco. Daniel soltó el aire como si le hubieran dado una patada en el pecho. Luego otra empujada. Ya no fue suave. Fue firme, segura, constante. El pene de Lucas entró, trozo por trozo, como si fuera una llave que encaja en una cerradura antigua. Daniel sintió el estiramiento, el calor, la plenitud. No fue dolor. Fue… ocupación. Como si su cuerpo, de pronto, hubiera encontrado un espacio que faltaba.
—Ya… ya entré —dijo Lucas, con la voz ronca.
Daniel no respondió. Solo se aferró al borde de la tina, con los nudillos blancos, y dejó que Lucas empezara a moverse. Al principio, fue lento. Cada empujón era una promesa. Luego, más rápido. Daniel sentía el golpe seco de las nalgas de Lucas contra las suyas, el sonido húmedo, el olor a sudor y jabón, y el calor de su cuerpo pegado al suyo, como si ya no fueran dos personas, sino una sola forma que se movía en círculos.
—Jode… jode, Daniel —murmuró Lucas, entre dientes—. Estás apretado… tan apretado.
Daniel no se avergonzó de ese sonido que salió de su garganta, un grito ahogado, como si le estuvieran arrancando algo. Su pene ya no reaccionaba por el tacto, sino por el vacío que sentía adentro, por la presión constante, por la idea de que alguien lo estaba cogiendo, de verdad, sin rodeos, sin excusas. Lo estaba chingando.
Lucas le dio un par de vueltas a la cintura con la mano, lo apretó, lo jaló hacia atrás, y le metió la verga hasta la raíz. Daniel sintió un dolor agudo, breve, seguido de una oleada de placer tan intensa que le temblaron las piernas. Lucas lo sostuvo por las caderas, lo fijó en su lugar, y empezó a cogerlo con fuerza. Ya no había cuidado. Ya no había dudas. Era puro instinto, puro deseo, puro cuerpo.
Daniel se corrió sin que Lucas lo tocara. Solo con el movimiento, con la presión interna, con la idea de que alguien lo estaba cogiendo, lo estaba chingando, lo estaba haciendo suyo. El semen le salió en chorros, en el borde de la tina, en el suelo. Lucas lo siguió cogiendo incluso después, sin pausa, sin mollera. Hasta que, por fin, soltó un grito ahogado, se le contrajeron los músculos, y se corrió adentro, con un suspiro que sonó como una oración.
Se quedaron así, quietos, pegados, con el pene aún dentro de Daniel, con el sudor goteando de sus frentes, con el silencio del baño lleno de respiraciones desordenadas.
Lucas lo soltó con cuidado. Se quitó el preservativo, lo ató y lo metió en el bote de basura. Se lavó las manos. Daniel se dio la vuelta, con las piernas temblorosas, y lo miró.
—¿Te arrepientes? —preguntó Lucas, con una sonrisa pequeña, casi tímida.
Daniel negó con la cabeza. Se tocó el culo, con la mano aún temblorosa. Sintió el calor, el estiramiento, la sensación de haber sido abierto, llenado, marcado.
—No. Me chingaste el culo —dijo, con una risa leve—. Y me gustó.
Lucas se acercó, le besó la frente. Le dijo algo en voz baja, en mexicano puro, algo que no se necesitaba traducir: *te lo prometo, la próxima vez te lo chingo con más calma*.
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.