La primera vez que le di a Santiago por atrás

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca pensé que sería con él, la verdad. Santiago era mi vecino, el de enfrente, el que todos los días pasaba con sus audífonos puestos, caminando despacio, con esa sonrisa tímida que le brillaba entre los labios. Hacía como dos años que lo veía, pero solo nos saludábamos con un “buenas” o un “¿qué tal?”, hasta que llovió tanto que se nos inundó el edificio y tuvimos que compartir el ascensor por una semana seguida. Ahí empezó todo.

Esa tarde, con el agua entrando por debajo de las puertas y los cables haciendo chispas, él tocó mi puerta. “Fer, ¿me dejas cargar el celular? Se me apagó todo.” Le abrí, claro. Estaba empapado, con la camiseta pegada al pecho, y yo no pude evitar mirarle los hombros anchos, el vello que se le asomaba por el escote. Le di un toalla y mientras él se secaba, yo preparé café. Empezamos a hablar de cosas serias, de la vida, de miedos, de sueños. Y de pronto, sin planearlo, terminamos sentados en el sofá, muy cerca, y él me tomó la mano.

—¿Te parece si hoy no nos hacemos los formales? —me dijo, bajito, como si fuera un secreto.

—Me parece —le respondí, y le acaricié el dorso de los dedos.

No fue de golpe, no fue brusco. Fue como una caricia larga que se fue acelerando. Empezamos con besos suaves, luego más profundos, con lengua, con ganas. Sentí su pito creciendo contra mi pierna, y yo no me quedé atrás: le puse la mano encima, despacito, y él soltó un gemido que me encendió todo el cuerpo.

—¿Te gusta? —le pregunté, con voz tierna.

—Me encantas —respondió—. Desde que te vi, Fer, desde el primer día.

Nos tumbamos en el sofá, y empezamos a desvestirnos con calma. Él me quitó la blusa, los pantalones, y yo hice lo mismo con él. Cuando vi su cuerpo entero, me quedé sin aliento. Era fuerte, con un culo prieto que parecía de piedra, y un pito largo, grueso, con esa vena marcada que me hizo babear. No pude resistirme: me arrodillé y se lo tomé en la boca.

—Ay, Dios —dijo, echando la cabeza atrás—. Fer, así, así, suavecito… mamea, mamea que está rico.

Lo hice con devoción, con cariño. Le chupé el tronco, le besé las bolas, le lamí el tallo con la lengua, mientras él me acariciaba el pelo y me decía cosas bonitas al oído. “Qué bien lo haces, mi vida, qué rico se siente.” Y luego, sin pedir permiso, me tomó de los hombros y me puso de cuatro.

—¿Puedo? —me preguntó, con la voz temblorosa.

—Sí —le dije—. Pero suave, por favor.

Él me separó las nalgas con cuidado y empezó a besar mi culo, primero por fuera, luego con la lengua, lento, como si estuviera probando un postre. Sentí el calor de su boca en el agujerito, y un escalofrío me subió por la espalda. Nunca nadie me había hecho eso, y no sabía que podía sentirme así: tan vulnerable, tan deseada.

—¿Te gusta? —me preguntó, mirándome por encima.

—Mucho —le respondí, con la voz quebrada—. Sigue, por favor.

Siguió. Me lamió más fuerte, me metió la lengua despacito, y luego empezó a meter un dedo, lubricado con saliva, con tanto cuidado que casi ni lo sentí al principio. Pero cuando ya estaba relajada, metió otro, y otro, y yo gemía, me retorcía, le pedía más.

—Santiago… por favor… ya quiero más —le dije, sin pudor.

Él se paró, se puso un poco de lubricante en el pito —tenía un bote en la mesita de noche, como si lo hubiera planeado— y se acercó a mí. Me besó la espalda, me acarició las caderas.

—Te voy a amar por atrás, Fer —me dijo—. Pero si te duele, me dices y paro.

—Sí —le dije—. Pero no pares.

Sentí la punta de su pito en mi agujerito, presionando suave. Entró un poco, luego salió, volvió a entrar. Fue lento, muy lento, y aunque al principio sentí una punzada, él no se movió, esperó a que yo me relajara. Cuando empecé a empujar hacia atrás, él entendió y fue metiéndose más, centímetro a centímetro, hasta que lo tuve todo adentro.

—¡Ay, Dios! —grité—. Está grande, Santiago… se siente tan lleno.

—¿Te duele? —me preguntó, inquieto.

—No… no, es raro, pero rico. Sigue, por favor.

Y él empezó a moverse. Suave al principio, luego más fuerte, con más confianza. Cada vez que entraba, sentía que me llenaba por completo, como si me estuviera conociendo por dentro. Le agarré las nalgas con las dos manos, lo apreté, y él gemía, me decía cosas al oído.

—Qué rico te siento, Fer… qué prieto tienes el culo… me encantas.

Yo gemía sin control, me corrí dos veces así, sin tocarme, solo con el pito entrando y saliendo de mi culo. Y cuando él sintió que ya no podía más, se salió despacio, me dio vuelta y me pidió que le mamará el pito de nuevo.

—Quiero correrme en tu boca —me dijo—. ¿Puedo?

—Claro que sí —le dije, y se lo tomé entero, con hambre.

No aguantó mucho. Gimió fuerte, me agarró la cabeza y se corrió dentro de mi boca, con chorros calientes que sabían a él, a nosotros, a algo nuevo. Me limpió la comisura con el pulgar, me besó, y luego me abrazó.

—Gracias —me dijo—. Fue hermoso.

—Para mí también —le respondí—. Nunca pensé que sería así.

Nos quedamos abrazados toda la noche, con el sonido de la lluvia de fondo. Y aunque al día siguiente el edificio ya estaba seco, y el ascensor funcionaba, ninguno de los dos quiso volver a ser solo vecinos. Ahora, cada vez que llueve, él toca mi puerta. Y yo ya no le pregunto si necesita cargar el celular. Solo le abro, y le digo:

—Pase, vecino. Hoy le toca por atrás.

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