La primera vez que la agarré por el culo

La primera vez que la agarré por el culo

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (22) · 182 lecturas · 4 min de lectura

La luz del atardecer se deslizaba por las rendijas de las persianas entreabiertas, pintando rayas doradas sobre el piso de madera del departamento pequeño pero acogedor. Elena se movía con lentitud, preparando el te en una tetera vieja que chirriaba suavemente. Llevaba una camiseta ajustada, blanca, que marcaba la curva de sus costillas y el leve rebote de su pecho al respirar. No había planeado nada más que una tarde tranquila con Daniel, su vecino del departamento de al lado —el que siempre le devolvía el queso cuando se le olvidaba pedírselo, el que la miraba sin disimulo pero nunca con atrevimiento—.

—¿Te late un te con limón? —preguntó, volteando hacia el sofá donde él estaba sentado, los codos apoyados en las rodillas, los ojos fijos en ella.

Daniel asintió, pero no con la rapidez de siempre. Su respiración se había vuelto más profunda, más baja, como si algo en el aire hubiera cambiado súbitamente. Elena se acercó, le entregó la taza humeante y sus dedos rozaron los suyos por un segundo demasiado largo.

—Gracias —dijo él, sin soltar la taza. Y luego, más bajo, como si apenas se atreviera:— Tienes las manos muy bonitas.

Elena sonrió, pero no se ruborizó. Ya llevaba semanas notando cómo lo miraba cuando creía que ella no veía: la forma en que le seguía la curva de la espalda cuando ella se agachaba a recoger algo, cómo su garganta se movía al tragar cuando ella se reía cerca de él. Había algo en él que ya no era solo simpatía, ni siquiera atracción: era una tensión constante, un calor sordo que se acumulaba entre los dos como la humedad antes de una tormenta.

—¿Te late quedarte un rato? —preguntó ella, sentándose frente a él en el sofá. No hubo una pausa dramática, ni un suspiro. Solo el silencio cómplice de dos personas que ya saben que algo va a pasar, aunque no sepan exactamente qué.

Daniel asintió de nuevo, pero esta vez le tomó la mano. No con precipitación, sino con una certeza callada. Sus dedos entrelazaron los suyos, cálidos, secos, firmes. Ella no tiró. Se dejó llevar, inclinándose poco a poco, hasta que sus frentes se tocaron. respiraron al mismo tiempo, y en ese instante, Elena supo que no era solo deseo: era confianza.

—¿Te parece si te quito la camiseta? —susurró él, sin soltarle la mano.

Elena asintió con la cabeza, pero no con los ojos. Se quitó la suya primero, dejando al descubierto el sostén de encaje negro, delicate, que apenas contenía lo que quería salir. Daniel la miró como si la estuviera viendo por primera vez: con respeto, con hambre, con adoración.

Se besaron entonces, lento, con tiempo. Labios húmedos, lengua tímida que se atrevía poco a poco, manos que exploraban sin prisas: la cintura de ella, la nuca de él, los hombros, las espaldas. Cuando él la llevó hacia la cama, no fue con fuerza, sino con una ternura que parecía peligrosa en su suavidad.

—¿Te late… algo más? —preguntó él, ya recostado a su lado, la cabeza apoyada en su pecho.

Elena no respondió con palabras. Solo le tomó la mano y la llevó hasta su cintura, después hasta la curva de sus nalgas, y luego, con un movimiento suave pero seguro, la guió hacia atrás, hacia donde su cuerpo solicitaba más que su boca.

—Sí —dijo, apenas un hilo—. Quiero que me chutes el culo.

Daniel no dudó. Se incorporó con cuidado, le separó las piernas, se inclinó y besó la curva de su espalda baja, luego la base de su columna, y finalmente, con la punta de la lengua, rozó el orificio entre sus nalgas. Elena jadeó, arqueó la espalda, se dejó ir.

—Estás tan apretado por dentro… —murmuró él, ya con dos dedos lubricados, entrando poco a poco, cada milímetro un juramento—. Pero me lo estás dando todo.

Elena no habló más. Solo gimió, como una oración. Y cuando él la cogió por el culo, no fue con violencia, sino con una entrega tan intensa que ella sintió que se fundía por dentro, que se deshacía en calor y luz, que se dejaba llevar por la verga que la llenaba hasta lo más hondo, sin prisa, sin miedo, con respeto y con ganas.

Y en esa casa silenciosa, con el te frío sobre la mesa y la luz ya apagada, Elena se dejó chingar por el culo como quien se deja amar: despacio, con ojos cerrados, con las uñas clavadas en la sábana y el corazón a mil.

También en: Primera vezRomántico

¿Te ha gustado? Valóralo

4.2 · 22 votos
Reportar
Compartir

También en Anal