La primera vez que cogí a mi vieja después del parto
5 minLa primera vez que cogí a mi vieja después del parto
Volví a casa a las ocho y pico, con las llaves temblando un poco en la cerradura. No era por la ansiedad, no —era por lo que me había pasado en el trabajo, sí, pero más por lo que sabía que iba a pasar enseguida en la cama, cuando le dijera “vení, que ya puedo”.
María me esperaba sentada en el sillón, con el bebé dormido en su pecho, los ojos medio cerrados, la respiración lenta y profunda. Se había afeitado las piernas esa mañana, me fijé en los pelos pelados en el respaldo del sillón, y el olor a crema de almendras y leche materna me pegó a la nariz como un abrazo. Me acerqué despacio, le besé la coronilla, y ella abrió los ojos: una sonrisa cansada pero feliz, y una mano que me pidió acercarme más.
—Estaba pensando en vos —dijo, voz ronca, como si la hubiera usado todo el día—. En cómo se te pone la boca cuando me mirás.
Me senté a su lado, le tomé la mano libre, la apreté. El bebé se movió un poco, y ella lo giró para que le quedara mejor. Le besé el dorso de la mano, el pulgar, el codo. Luego, despacio, le desabroché el primer botón del camisón.
—Hoy me dijeron que ya podés —susurré—. El médico.
Ella asintió, sin soltar la mirada. Me pidió que lo levantara, y lo tomé en brazos, sin saber bien cómo, como si lo fuera a estropear. Lo acosté en la cuna, lo tapé con la manta azul, y cuando me levanté, ella ya estaba de pie, frente a mí, sin camisón, con los pechos flácidos, los pezones oscuros y hinchados, y la cicatriz del parto, esa raya oscura que le bajaba desde el ombligo hasta el vello púbico, brillante de crema.
—Mirá —dije, con la voz rota—. Mirá qué hermosa estás.
Ella se puso los dedos en los pechos, los apretó un poco, y los pezones se erguieron, duros, viscosos. Me agaché, le chupé uno, lentamente, y ella gimió, un sonido gutural, de antes, de cuando todavía nos conocíamos a duras penas. Se le pusieron los ojos vidriosos, y me tomó la cabeza, me empujó hacia abajo.
—Después vos me decís todo lo que querés que te haga —me susurró—. Pero primero, quería que lo hicieras bien, de a poco.
Me levanté, me desabroché los pantalones, me bajé la ropa interior, y ahí estaba, tieso, grueso, la cabeza roja, la vejiga abultada. Se acercó, me lo sujetó con la mano, lo acarició con el pulgar, y me lo metió en la boca. Me miraba mientras lo hacía, con los ojos fijos en los míos, como si quisiera grabar cada gesto.
—Sí, así —le dije, agarrándole el pelo—. Llevá la lengua bien abajo, vos sabés dónde.
Y ella lo hizo. Se inclinó más, lo hundió en la garganta, y cuando lo sacó, ya estaba brillante de saliva, con las venas sobresaliendo, como si fuera a explotar. Me tomé la polla con la mano, la apreté, y la froté con el dedo índice, desde la cabeza hasta la base, con la punta de los dedos. Ella me miraba, sin soltar la mirada, y me dijo, con voz baja, casi un susurro:
—Quiero que me lo pongas adentro. Quiero sentir que me lo metés, que me lo garchás como cuando éramos novios, pero más lento, más fuerte.
Me puse entre sus piernas, le separé los labios con los dedos, y ahí estaba, su concha, húmeda, abierta, el clítoris hinchado, como una cereza madura. Me incliné, le lamió una vez, dos, tres, y ella gimió, arqueó la espalda, y me dijo:
—Sí, sí, sí… ahora, Mateo, ahora.
Me puse en posición, la polla apoyada en su entrada, y la empujé adentro, despacio. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no era tristeza, era placer. Me aferré a sus caderas, sentí cómo se me cerraba alrededor, la primera vuelta, la segunda, la tercera, y luego ya no pude más, y le empujé el fondo, hasta el fondo, con un grito que salió de lo más hondo.
—¡Ahh! —gritó ella, con la voz rota—. ¡Sí! ¡Me lo estás poniendo todo!
Empecé a moverme, lento, con la cabeza baja, los ojos fijos en su rostro. Ella me tomaba de los hombros, me susurraba al oído: “Más fuerte, más fuerte, que te lo meta todo, que te lo garche hasta que no pueda más”. Y yo lo hacía. Le clavaba el pene, hasta que sentí que se me iba a romper la cadera, y ella empezó a gritar, sin pudor, sin vergüenza, como cuando estábamos en la Universidad, cuando no teníamos nada, y todo lo teníamos.
—¡Mateo! ¡Mateo! —decía, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos—. ¡Me voy a venir! ¡Me voy a venir ahora!
Le tomé el clítoris con la mano, lo apreté fuerte, y ella se sacudió, con un grito agudo, como una gata en celo, y su concha se me contrajo, se me cerró, y yo sentí que se me iba todo, que me explotaba dentro, que le inyectaba todo lo que tenía.
Me desplomé sobre ella, sudado, temblando, y ella me abrazó, me besó el cuello, me lamió la oreja.
—¿Te sentiste bien? —me preguntó.
—Sí —le dije, con la voz rota—. Sí, mi vida. Me sentí como si volviera a nacer.
Se rió, me abrazó más fuerte, y me susurró al oído:
—Mañana, cuando despierte, lo hacemos otra vez. Y esta vez, vos me decís todo lo que querés que te haga.
Y así fue, como si el mundo hubiera vuelto a empezar.
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