La primera vez que cogí a mi vecina

La primera vez que cogí a mi vecina

@tomas_leon ·7 de junio de 2026 · ★ 3.9 (13) · 165 lecturas · 3 min de lectura

Era viernes, 13 de junio, y la humedad de Buenos Aires se pegaba al cuerpo como un trapo mojado. Tomas tenía treinta y pocos, camiseta de algodón empapada en sudor, y se acercó a la puerta de la vecina con una botella de yerba y una sonrisa de mierda. Lucía, de veinticinco, con caderas anchas y tetas firmes que se le marcaban bajo las camisetas ajustadas, siempre lo miraba como si ya supiera lo que iba a pasar.

—¿Y la yerba, piña? —le dijo, acercándole la botella, los dedos rozando los suyos por accidente o no—. La compré porque sabía que vos tenés ganas de tomar algo fresquito.

Ella sonrió, los labios entreabiertos, la lengua pasando rápido por los dientes.

—Sí, Tomas… pero no solo por la yerba.

Entró sin pedir permiso, cerró la puerta tras de sí y ya no hubo más necesidad de disimulos. Ella se quitó la camiseta con un movimiento rápido, los pechos redondos y suaves salieron al aire, las puntas duras como guindas. Tomas no esperó: la tomó de la cintura, la empujó contra la pared, y le metió la mano derecha dentro del shorts. La concha ya estaba mojada, los labios hinchados, el clítoris picando como una chispa.

—Dame permiso para meter los dedos, pija —susurró, sin soltarla.

Ella solo asintió, la cabeza contraída, los ojos cerrados, la respiración cortada.

Entonces él le subió la camiseta, la sacó de una, y se puso de rodillas frente a ella. Sin pausas, sin titubeos, metió la cara entre sus piernas y le lamió el clítoris con la lengua, rápido, húmedo, con fuerza. Ella se llevó las manos a la cabeza, gritó un "mierda" ahogado, y le metió los dedos en la vagina, que ya estaba abierta, cálida, apretada.

—Sí, sí, Tomas… garchame, que me muero —rogó, jadeando, las caderas moviéndose al ritmo de sus dedos.

Él se levantó, se desabrochó el pantalón, sacó el pene tieso, grueso, la punta brillante de pre-cum. Ella se lo miró, lo palpó con la mano, lo acarició con cuidado, y luego lo empujó hacia su entrada.

—Cogo… —dijo ella, abriéndose con los dedos—. Meté todo.

Tomas no necesitó más. Con un empujón, le entró hasta la raíz. Ella soltó un grito largo, los ojos abiertos, la boca entreabierta. Él empezó a sacar y meter, lento al principio, para disfrutar la sensación de su cuerpo apretado, húmedo, agarrotándose alrededor de su verga.

—Sí, sí, así… no pare, Tomas… me estás haciendo daño de bueno —decía ella, con la voz rota, los pechos moviéndose con cada embestida.

Él la agarró de las caderas, la levantó un poco, y la apretó contra la pared mientras le daba más fuerte. Las caderas de ella chocaban contra su vientre, el sonido de la piel contra la piel se mezclaba con sus gemidos. Ella se mordió el labio, le agarró el brazo, y le dijo, casi llorando:

—Me voy a venir, Tomas… me voy a venir con tu verga.

Él le dio dos o tres embestidas fuertes, profundas, y se sintió cómo su cuerpo se contrajo, cómo su vagina lo apretó como un puño, cómo ella gritó su nombre como una plegaria. Entonces él se dejó llevar, se corrió dentro, llenándola de leche caliente, con tanta fuerza que ambos se tambalearon.

Se quedaron así, pegados, sudados, el pene aún dentro de su concha, el silencio solo roto por sus respiraciones entrecortadas.

—¿Y mañana volvemos a hacer esto? —preguntó él, con una sonrisa perversa.

Ella le dio un beso en el cuello, le mordió la piel, y le susurró:

—Si no lo hacemos, te rompo la verga con la silla.

Y Tomas supo que, desde ese viernes 13, sus noches ya no serían las mismas.

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@tomas_leon

Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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