La primera vez con mi vecina madura

La primera vez con mi vecina madura

@lucia_noche ·6 de junio de 2026 · ★ 4.0 (36) · 136 lecturas · 7 min de lectura

La puerta del apartamento 3B se abrió con un suave crujido de bisagras envejecidas, y el aire cargado de incienso y humo de vela envolvió a Mateo en cuanto cruzó el umbral. Tenía veinticuatro años, piel morena tersa, cabello oscuro y corto, y una mirada que aún guardaba el brillo de la inocencia —aunque ya se había deshecho de mucha en los últimos meses, tras la ruptura con Sofía. Había aceptado la invitación de Elena por curiosidad, por miedo, por una mezcla extraña de respeto y deseo que no sabía nombrar. Ella tenía cuarentinueve, veinticinco años más que él, y era su vecina desde hacía ocho meses. Nunca le había hablado más de lo estrictamente necesario hasta hace tres días, cuando lo encontró en el pasillo, intentando arreglar un grifo goteante con un destornillador torpe. Ella lo observó desde la puerta de su propio departamento, con los codos apoyados en el marco, el cabello castaño recogido en un moño desordenado, los labios entreabiertos y los ojos verdes, profundos como lentes de un telescopio antiguo, midiéndolo todo sin tapujos.

—¿Necesitas ayuda? —le había preguntado, y su voz era un susurro ahogado por la tela de su camiseta de algodón, que se ajustaba a la curva de sus pechos redondos y firmes.

Mateo había asentido, y ella había entrado con una facilidad que le pareció atrevida, con los pantalones de algodón ceñidos a sus caderas anchas, las piernas largas y la postura segura de quien sabe dónde pisa, desde cuándo.

—Es solo el caño —había dicho, agachándose—. No es grave.

—A mí me parece que sí —había respondido él, y había sentido cómo le temblaba la voz.

Elena se había levantado lentamente, sin mirarlo, y le había ofrecido un vaso de vino tinto. Él lo aceptó. Se quedaron hablando dos horas. Hablaron de libros, de viajes, de la ciudad, de música vieja y de cómo el café se vuelve amargo si no se toma en los primeros diez minutos. Y al final, antes de irse, él había susurrado: —¿Puedo volver a verte?

Ella había sonreído, esa sonrisa que no llegaba hasta los ojos, pero sí hasta el alma: —Solo si me prometes no volver a fingir que arreglas grifos.

Hoy, una semana después, Mateo había vuelto. No para arreglar nada. Solo para verla.

El apartamento de Elena era un caos ordenado: estantes llenos de libros, una guitarra clásica en la esquina, velas de soja ardiendo en el sofá, y el perfume de jazmín y vainilla que se le metía en los poros. Ella lo recibió con una bata de seda negra abierta hasta la mitad de los muslos, debajo de la cual llevaba apenas una tanga diminuto de encaje negro. Sus pechos, firmes y redondeados, flotaban con la ligereza de su caminar, los pezones oscuros ya endurecidos por el calor del ambiente y por la mirada de Mateo, que no lograba apartarla de su cuerpo.

—¿Estás nervioso? —le preguntó, acercándose hasta que su aliento cálido rozó su oreja.

—Sí —admitió él, con la garganta seca.

Elena rió, baja, gutural, una risa que le hizo temblar las rodillas. —Bueno. Yo también lo estoy. Pero no por lo que crees.

Lo tomó de la muñeca y lo guió hasta el sofá. Se sentó a su lado, cruzó una pierna sobre la otra, y se inclinó hacia adelante hasta que el escote de la bata se abrió del todo, dejando al descubierto sus pechos enteros, redondos, con pezones morenos y brillantes por la luz de las velas. Mateo tragó saliva. Ella lo observó, con una sonrisa de perversa paciencia, y con un dedo le trazó el contorno de la mandíbula.

—¿Quieres tocarlos? —le preguntó, sin presión, sin exigencia.

Él asintió, y ella tomó su mano, la colocó sobre su seno izquierdo. La piel era suave, cálida, con una textura de seda y mantequilla. Su pezón se endureció al instante bajo la palma de Mateo, que sintió cómo latía, rápido, como un pájaro atrapado.

—Estás tan fresco… —susurró Elena—. Como si nunca hubieras estado aquí.

—Es la primera vez —confesó él, con la voz quebrada—. Con alguien así.

—Con alguien mayor, quieres decir —respondió ella, y acarició su cabello con ternura—. No es tan diferente, Mateo. Sólo que yo sé lo que quiero. Y tú… tú quieres saberlo.

Con lentitud deliberada, ella se quitó la bata. Quedó completamente desnuda frente a él: caderas anchas, vientre plano con una suave curva en la parte baja, y entre las piernas, una vulva bien poblada, labios oscuros, hinchados y húmedos ya, como si lo estuviera esperando desde siempre. Mateo no pudo evitar mirarla ahí, en plena luz de las velas, y sintió que su pene, hasta entonces flácido en sus pantalones, reaccionó con un latido fuerte, casi doloroso.

—Mira —dijo Elena, separando con las manos sus propios labios—. Mírala bien. Ya está mojada por ti. Por tu olor, por tu mirada, por la forma en que me tocas sin siquiera haberme besado.

Mateo se acercó, tembloroso, y con la yema de los dedos rozó su clítoris. Ella suspiró, arqueó la espalda, y un hilo de lubricante natural resbaló por su muslo interno. Él se arrodilló frente a ella, apoyó las manos en sus rodillas, y bajó la cabeza. Su lengua encontró el clítoris enseguida, una pequeña perla dura y sensible, y lo lamió con suavidad. Elena gimió, bajo y entrecortado, y metió los dedos en su cabello, no para empujarlo, sino para sostenerlo.

—Sí… así… —murmuró—. No tengas prisa.

Él la lamió con más intensidad, abrió la boca y chupó su clítoris, mientras con dos dedos la metió dentro, profundamente, doblándolos para tocar su punto G. Ella se estremeció, los musculos de sus muslos se tensaron, y su respiración se volvió entrecortada, agitada.

—No aguanto más… —dijo, sacudiendo la cabeza—. Quiero sentirte dentro.

Mateo se levantó, desabrochó sus pantalones, bajó la cremallera, y sacó su pene, ya completamente erecto, grueso, la cabeza rosada y húmeda de preseminal. Elena lo miró con interés, con curiosidad, con deseo. Lo tomó en su mano, lo acarició desde la base hasta la punta, presionando suavemente sobre el glande.

—Está perfecto —susurró—. Tan joven… tan fuerte.

Lo guió hacia su entrada, rozó el orificio con la punta de su pene, y luego, con una presión suave, lo empujó dentro. Mateo jadeó. Era apretado, cálido, húmedo, y con cada centímetro que entraba, sentía cómo el cuerpo de Elena se abría para él, como si lo hubiera estado esperando desde siempre.

—Más… —gimió ella—. Tócame todo.

Él la empujó hasta el fondo, hasta que sus testículos rozaron su clítoris hinchado. Elena arqueó la espalda, soltó un grito ahogado, y empezó a moverse contra él, subiendo y bajando con movimientos lentos, controlados. Mateo la sujetó por las caderas, la sostuvo mientras ella se mecía sobre él, sintiendo cómo su pene se hundía y salía, rozando cada pliegue interno, cada zona sensible.

—Sí… así… —repitió ella, con los ojos cerrados—. No pares.

Él empezó a moverse con ella, con más fuerza, más rápido, golpeándole su vientre con cada embestida. Elena soltó un gemido agudo, y su cuerpo se tensó como un arco. Sus pechos se balanceaban con cada movimiento, sus dedos se clavaron en los muslos de Mateo, y su respiración se volvió entrecortada, desbocada.

—Estoy ahí… —susurró—. Voy a venir… con tu pene dentro de mí…

Y entonces, de golpe, su cuerpo se sacudió. Sus músculos se contrajeron, apretando como una mano invisible el pene de Mateo, y un flujo caliente y abundante salió de su vagina, mojándole la base. Ella gritó, alta y desesperada, y Mateo, sin poder contenerse más, empujó hasta el fondo y eyaculó, con fuerza, con ganas, con todo lo que llevaba guardado desde que la vio por primera vez. Sintió cómo su esperma salía en corrientes espesas, calientes, llenando su interior, marcándola como suya.

Se quedaron así, unidos, jadeando, con las frentes j

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