La primera vez con mi vecina india
6 minLa primera vez con mi vecina india
La vecina se llamaba Mariana. No la había notado mucho hasta que se mudó al departamento del fondo, ese que por años estuvo vacío y polvoriento. Era morena, con piel cobrizo brillante bajo el sol del mediodía, y ojos que parecían dos espejos de barro cocido: oscuros, profundos, que te devolvían la mirada sin pedir permiso. Se movía con una naturalidad que marcaba la diferencia: paso firme, caderas sueltas, y un pelo negro recogido en una coleta deshecha que se le soltaba cada vez que caminaba rápido, como si el viento le hubiera prometido algo.
Tobías la vio por primera vez cargando una caja de libros viejos al mismo tiempo que una botella de tequila artesanal. Tenía el sudor en el cuello, gotas pequeñas que resbalaban hasta desaparecer bajo el escote de su camiseta blanca. Él, sentado en el banquillo del jardín trasero, apagó la música que sonaba en su celular y la saludó con la mano. Ella le devolvió el gesto sin sonreír, pero con los ojos entreabiertos, como si ya hubiera calculado algo.
—¿Te quieres un chiquito? —le dijo él al día siguiente, cuando ella pasó de nuevo por el portón. Había dejado una copa sobre el borde de su balcón, con un dedo de tequila dorado y una rodaja de limón dentro.
Ella se detuvo, alzó la vista y por fin sonrió: una sonrisa lenta, con labios gruesos entreabiertos, y una comisura que le subía hasta la mejilla izquierda.
—¿En serio me lo ofreces o es solo para que te mire caminando?
—Los dos, hermosa —dijo él, poniéndose de pie, secándose las manos en los jeans.
Ella se acercó, tomó la copa sin tocarlo, pero con los dedos rozando su muñeca, y bebió hasta el fondo. Luego, con la lengua, limpió el borde de la copa antes de devolvérsela.
—¿Qué música le pones a un tequila así? —preguntó, devolviendo la copa vacía.
—El que tú quieras.
Mariana puso la mano sobre el pecho de Tobías, justo donde latía el corazón. No era una pregunta, era una apuesta. Él sintió el calor de su palma como una descarga eléctrica.
—Entonces pon lo que suene cuando la verga se te pone dura y la chica te mira como si ya te hubiera chupado tres veces antes de entrar.
Él se rió, pero no se río mucho, porque ya tenía el culo tieso y la boca seca.
—¿Y si te digo que no me has chupado ni una?
—Entonces te chingo antes de que termines la frase —dijo ella, y por primera vez, lo tomó del puño.
No hubo rodeos. Cuando bajó las escaleras, él ya la estaba esperando en la puerta del fondo, con el pulgar apretado contra el pestillo abierto. Ella entró sin mirar atrás, dejando caer su bolsa en el suelo, y se volteó contra la pared, con los brazos abiertos.
—Despacio, pero sin miedo —le dijo él.
—No me asustan los hombres, pero sí me dan ganas de que me los metan hasta el fondo.
Él le quitó la camiseta con un solo movimiento. Era más que evidente: tenía los pechos grandes, firmes, con pezones oscuros y hinchados, como si ya hubieran estado en una boca. Ella no se cubrió, solo se llevó una mano al estómago, presionando justo encima del ombligo.
—¿Ves esto? —dijo ella, bajando la voz—. Aquí siento cuando algo me va a hacer temblar.
Tobías se arrodilló. No por sumisión, sino por necesidad. Quería verla, olerla, saber si era tan real como parecía. Le separó las piernas con las manos, le subió la falda hasta la cintura y se inclinó. El olor le llegó primero: mezcla de sal, limón y algo dulce, como miel quemada. Luego, el tacto: la piel de sus muslos era suave, pero no frágil, con un vello fino que le rozó la nariz. Le separó los labios con el dedo índice y la vio: húmeda, oscura, brillante, con el clítoris ya endurecido y escondido tras su capucha.
—No me toques así si no vas a chuparme —dijo ella, pero no era una orden, era una invitación.
Él no se lo dijo dos veces. Metió la lengua dentro, lenta, buscando la parte más sensible, y ella gimió, un sonido bajo, gutural, que le tembló en la garganta como un rugido de gato. Le clavó los dedos en el pelo y lo obligó a profundizar. Él la chupó como si le debiera algo, como si cada succión fuera un pago por haberle abierto la puerta.
Mariana se separó de la pared y lo jaló por la camisa.
—Cógeme ahora —dijo—. Pero que me salgas hasta el fondo.
Tobías se quitó los jeans y la ropa interior en un solo movimiento. Su verga salió tiesa, gruesa, con la cabeza roja y brillante. Ella la tomó con ambas manos, la frotó contra su vientre, bajó hasta las nalgas, y luego la pasó entre los labios de su vagina, mojándola con su propia humedad.
—Mira cómo te espera —dijo ella, separando los labios con los dedos.
Él se subió sobre ella, posicionó la punta contra su entrada y empujó. No con fuerza, pero tampoco con tiento. Ella gritó, una vez, corto y agudo, como si le hubieran dado un nudo en el estómago. Él entró hasta la base, con un movimiento que hizo temblar el colchón. Ella lo apretó con las piernas y con las manos, y él comenzó a moverse, lento al principio, como si no quisiera perder ni un segundo de lo que sentía: la presión, el calor, el sonido de su respiración entrecortada.
—Sí, así… más fuerte… que me la metas como si no hubieras tenido una en meses —dijo ella, mientras él le agarraba las nalgas y le clavaba el cuerpo contra el colchón.
Él la cogió con una furia suave, como si estuviera pintando un cuadro con el cuerpo de ella. Cada embestida la hacía saltar, y ella le devolvía el favor con una mano en la nuca y la otra en su cadera, jalando, empujando, pidiendo más. Cuando se acercó al borde, ella le dijo:
—No te salgas. No quiero que te detengas ni un segundo.
Él la agarró por la cintura y la levantó un poco, para entrar más hondo. Ella se arqueó, con los pechos hacia adelante, los pezones duros, y la boca entreabierta. Él le mordió un pezón, suave, con los dientes apenas apretados, y ella gritó su nombre como si lo hubiera estado guardando toda la semana.
—Tobías… Tobías… —repitió, mientras él la cogía con la fuerza de quien ya no puede más.
Ella vino primero, con un grito que le tembló en la garganta y le subió por la espalda como una descarga. Él sintió cómo su vagina se cerraba alrededor de su verga, como un puño que no quería soltar. Él siguió un poco más, con embestidas cortas y rápidas, hasta que sintió el calor de su esperma subiéndole por la columna y saliéndole como un latigazo.
—¡Ahh! —gritó, mientras le salía encima, con fuerza, hasta el fondo.
Mariana lo dejó caer sobre ella, con el cuerpo pegado, sudado, con las piernas entrelazadas. Él le acarició el pelo, le besó la frente, y ella le sonrió, con los ojos cerrados.
—¿Ves? —dijo ella, con la voz ya más suave—. Ya sabía que te iba a gustar.
Él no respondió. Solo la apretó más contra su pecho, y dejó que el silencio de la habitación se llenara con el sonido de sus corazones latiendo juntos.
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.