La primera vez con la vecina de al lado
7 minLa primera vez con la vecina de al lado
La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento del quinto piso mientras Mateo, de 24 años, bajaba el volumen del podcast que escuchaba. Había hecho ese trato consigo mismo desde que se mudó: no mirar, no escuchar, no pensar en la vecina de al lado. Aunque era imposible no notarla. Ella vivía allí desde hacía quince años, y él, apenas desde tres meses atrás. Su nombre era Lucía, tenía 49, y con esa edad no solo había acumulado experiencia, sino una presencia que no necesitaba gritar para ser escuchada.
Ese día, sin embargo, el universo decidió romper su regla. El sistema de ventilación del edificio falló, y la humedad empezó a acumularse. Mientras intentaba secar el colchón mojado con una toalla, escuchó un golpe suave en su puerta. Abrió, aún con el pelo húmedo y la camiseta despeinada, y allí estaba ella: en camisón de seda negra, los cabellos recogidos en un moño suelto, los pies descalzos y los ojos con esa mezcla de cansancio y curiosidad que solo da haber vivido mucho.
—Disculpa —dijo Lucía, con voz grave y cálida—, se cayó una luz en mi apartamento. ¿Tendrás un linterna?
Mateo se sorprendió de que no la conociera por su nombre, pero no dijo nada. Asintió, fue a buscarla, y al volver, ella ya había dejado caer el moño. El cabello le cayó en ondas suaves hasta los hombros, y él notó por primera vez el olor: vainilla, tabaco frío y algo más… algo que no sabía nombrar, pero que lo hizo sentirse como un adolescente frente a una maestra.
—Gracias —dijo ella, tomándole la mano con naturalidad—. ¿Quieres pasar? Tengo café.
No era una invitación. Era una invitación.
Mateo entró. El departamento era cálido, lleno de libros, plantas y luz cálida. Ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas con lentitud deliberada y le ofreció la taza. Él la tomó con ambas manos, tratando de no mirar sus pechos, que se alzaban suaves bajo la seda. No eran jóvenes, pero tampoco flácidos: habían amamantado, se habían movido, habían sido amados. Y eso se notaba. Había historia en cada curva.
—¿Y tú, cómo te fue hoy? —preguntó Lucía, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos, pero sí a su voz.
—Bien. Terminé un proyecto. Estoy intentando escribir algo… pero no me sale.
Ella asintió, bebió un sorbo, y luego lo miró fijamente. Él sintió una corriente que empezó en la nuca y bajó directo al vientre.
—A veces —dijo lentamente—, lo que falta no es inspiración, sino alguien con quien compartirla. O con quien dejar que la inspiración nos encuentre.
Mateo tragó saliva. No era tímido, pero con ella sentía que cada gesto tenía un peso distinto. Que no solo estaba viendo a una mujer madura, sino a una mujer que había aprendido a usar su cuerpo como un lenguaje.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué estás escribiendo?
Ella rió, baja y suave, como un susurro.
—Nada que funcione. Solo notas. Diarios. Cosas que no sé si alguna vez las compartiré.
Se levantó, caminó hasta la ventana, y se detuvo ahí, con la espalda recta y los hombros descansando bajo la seda. Él la miró sin disimulo. Su cintura estaba marcada, pero con gracia. Las caderas, anchas y firmes. Y las piernas… largas, con muslos que habían soportado años de caminar, correr, amar.
—¿Puedo…? —empezó Mateo.
—Sí —dijo ella, sin volverse—. Puedes.
Él se acercó. Se detuvo a un metro. Ella giró lentamente, como si el mundo girara con ella. La luz de la calle iluminaba su rostro: líneas de expresión, mejillas ligeramente hundidas, labios más gruesos de lo que imaginaba. Una boca que había besado, hablado, callado. Una boca que ahora se abrió ligeramente, como si respirara su presencia.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? —preguntó.
—Dos años. Pero apenas te dije hola hasta ayer.
—Te miraba, sí —admitió él—. Pero no quería ser grosero.
—No lo es mirar —dijo ella—. Lo es no hacerlo cuando se quiere.
Se acercó hasta él. Tocó su pecho con una mano, sin presión, solo con la palma abierta. Mateo sintió el calor de su piel a través de la camiseta. Ella se inclinó, y sus labios rozaron su cuello. No un beso, solo la promesa de uno.
—¿Tienes miedo? —susurró.
—No —mintió.
Ella rió de nuevo, esta vez con los ojos cerrados.
—Yo también. Pero el miedo no es lo que me detiene.
Su mano subió por su cuello, encontró su barbilla y lo miró fijamente.
—¿Quieres esto? —preguntó.
—Sí —dijo él, con voz más segura de lo que se sentía.
Lucía tomó su rostro entre ambas manos, lo besó. No con urgencia, sino con intención. Con saborear. Mateo sintió que sus piernas cedían, que su cuerpo recordaba lo que su mente aún no entendía. Su lengua entró con lentitud, como quien abre una puerta que ya sabe que está cerrada desde hace años.
Se separaron, apenas un centímetro.
—Tu pene está rígido —dijo ella, sin rubor, con una sonrisa cómplice—. Es lindo.
Él se sonrojó. Pero no se disculpó.
—¿Quieres que te lo saque?
—Sí —dijo Mateo.
Ella lo tomó de la mano y lo llevó a su habitación. Era un cuarto simple: cama ancha, cortinas de gasa, una lámpara con luz tenue. Se sentaron en el borde, y Mateo, con manos temblorosas, desabotonó su camiseta. Ella no lo ayudó. Lo dejó hacer. Le quitó la ropa con calma, como si cada prenda fuera un capítulo que debía cerrarse antes de empezar el siguiente.
Cuando quedó en ropa interior, ella se puso de pie. Se deshizo del camisón, dejándolo caer al suelo como una capa antigua. Mateo la miró sin vergüenza, sin miedo. Sus pechos eran pesados, pero firmes, con areolas más oscuras, más grandes, con vetas de venas que habían llevado leche y amor. Sus muslos estaban suaves, pero con tensión. Y entre ellos, un vello castaño recortado con cuidado, como si el cuerpo también escribiera su historia.
—Vete la ropa —dijo Lucía.
Él lo hizo. Se deshizo de los pantalones, los calcetines, y se sentó en la cama, con la entrepierna hinchada y visible. Ella se acercó, se sentó a su lado, y con una mano le acarició la base del pene. Él soltó un suspiro.
—Tan joven —dijo—. Tan sensible.
Pasó la palma desde el escroto hasta la punta, lentamente, presionando con suavidad. Mateo cerró los ojos. Sintió su lengua, luego, rozándole el glande, como para humedecerlo, para saborearlo.
—¿Te gusta? —preguntó ella.
—Sí —murmuró—. Demasiado.
Lucía se inclinó y lo tomó en la boca. No con fuerza, sino con curiosidad, con respeto. Lo succionó con delicadeza, moviendo la cabeza con pausa, como si cada movimiento fuera una nota musical. Mateo sintió que su mente se disolvía, que el tiempo se detenía, que solo existía su pene en su boca, y su olor, y su calor.
Se separó. Se levantó. Se sentó sobre él, con las rodillas a los lados de su cadera. Se inclinó, tomó su pene con ambas manos y lo guió entre sus muslos. Él sintió su humedad, ya, antes siquiera de tocarla. La presión, el calor.
—¿Estás listo? —preguntó él.
—Sí —dijo ella—. Pero no tengas prisa.
Él la empujó hacia atrás. Ella se dejó caer suavemente sobre la cama, y cuando él entró, lo hizo con una lentitud que era un acto de amor. Su vagina lo envolvió, cálida, húmeda, con una tensión que hablaba de años de experiencia. Mateo cerró los ojos y se permitió fluir. Se dejó llevar por el ritmo que ella le imponía con las caderas, con los gemidos, con el movimiento de sus pies en su espalda.
Ella gimió, bajo, profundo. Él se inclinó y besó sus pechos, lamiendo los pezones endurecidos por el deseo. Ella lo atrajo hacia sí, y lo miró a los ojos mientras venía. Su cuerpo se arqueó, sus manos apretaron sus hombros, y su voz salió rota, como si el placer la hubiera deshecho.
—Sí… sí… —rep
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