La mudanza de la viuda de al lado
La casa de al lado había estado vacía casi dos años. Desde que murió el marido de Graciela, nadie entró ni salió. Las persianas cerradas, el jardín creciendo salvaje, las macetas agrietadas por el sol. Hasta ese sábado de noviembre, cuando llegó la camioneta de mudanzas con el toldo verde y dos tipos fornidos que no paraban de fumar entre caja y caja.
Graciela tenía cincuenta y ocho, pero los años le habían sentado como a esas mujeres que el tiempo no las borra, sino que las define. Cuerpo ancho de caderas, espalda recta, senos grandes que no se habían rendido del todo, piel morena por el sol de la siesta en el balcón. Usaba remeras anchas, polleras largas de algodón, y andaba descalza en su casa, con los pies marcados por el uso, uñas pintadas de rojo oscuro. Tenía el pelo negro, con algunas canas que ya no se teñía, y lo llevaba suelto hasta los hombros. Cuando reía, se le cerraban los ojos y le temblaba un poco el mentón.
Esa tarde, mientras los mudadores subían el sillón tres cuerpos por las escaleras del frente, ella se quedó parada en el patio, abanicándose con una revista. El sol caía fuerte, y el aire era espeso, como si la ciudad entera estuviera conteniendo el aliento. Desde su ventana, Roberto la vio. No la conocía de nada, solo de saludos de pasillo, de un “buen día” seco cuando coincidían en el portero eléctrico. Pero ahora, con la casa abierta, con las ventanas desbloqueadas, con ella descalza y el escote sudado, todo cambió.
Roberto tenía cuarenta y cinco, soltero, discreto. Trabajaba en diseño gráfico desde casa, y pasaba los días en pantalón corto, desayunando tarde. No era un hombre que buscara problemas, pero tampoco uno que se hiciera el distraído cuando la vida le ponía algo delante.
A las siete, cuando el último mudador se fue y el camión desapareció en la esquina, Graciela todavía estaba en el patio, rodeada de cajas. Encendió un cigarrillo y se sentó en una silla plegable, con una lata de cerveza entre las piernas. El cielo se tiñó de anaranjado. Roberto, sin pensarlo mucho, salió con una botella de vino blanco y dos copas.
—Te vi ahí sola… y pensé que un trago no te vendría mal —dijo, parado en el borde del jardín.
Ella levantó la vista, sorprendida. Luego sonrió.
—Ay, che, gracias. Vení, sentate. Estoy agotada.
Roberto se sentó en otra silla plegable, más cerca de lo que había planeado. Le sirvió el vino. Brindaron sin motivo. El primer trago fue largo, silencioso. El segundo, más lento.
—Dos años sin venir nadie —dijo Graciela, mirando el cielo—. Dos años sin hablar con nadie más que con el albañil y el gasista.
—Yo tampoco soy muy social —respondió él—. Pero con vos, no sé, me dio la gana de salir.
Ella lo miró de reojo, con una sonrisa que no llegó a ser completa. Hablaron de la mudanza, de los vecinos, de la ciudad. De a poco, el vino hizo lo suyo. La voz de ella se fue haciendo más baja, más cálida. Se sacó la remera y se quedó con un corpiño negro, ancho, de tela gruesa. Sus brazos tenían pecas, y el sudor le brillaba entre los senos.
—Hace calor… —dijo, como disculpándose.
—Sí —respondió Roberto—. Demasiado.
Pasó una hora. La botella se vació. Graciela se levantó para ir al baño, y Roberto notó cómo se le marcaba el culo bajo la pollera. No era un culo joven, pero era firme, ancho, con una forma que invitaba a agarrarlo. Volvió con una bandeja de quesos y aceitunas.
—¿Tenés hambre? —preguntó.
—Sí —dijo él—. Pero no de eso.
Ella lo miró. No dijo nada. Solo se sentó, pero esta vez más cerca. A una respiración de distancia. El aire entre ellos ya no era de verano, era de algo más espeso, más íntimo.
Roberto le puso una mano en la rodilla. Ella no se movió. Él subió un poco, hasta sentir la piel caliente, el vello suave. Entonces, ella puso su mano encima de la de él, y la empujó más arriba.
—No soy una nena —dijo—. Pero tampoco soy de piedra.
Roberto le subió la pollera. La ropa interior era negra, simple, de algodón. Pero cuando le separó las piernas, vio que la concha se le marcaba húmeda, oscura. No dijo nada. Se arrodilló frente a ella, entre sus piernas abiertas, y le besó el muslo, luego el interior, luego el elástico de la bombacha. Ella se estremeció.
—Che… —dijo, con la voz quebrada—. Tenés cuidado…
Él le bajó la bombacha con los dientes. Ella se rió, nerviosa, y se agarró de los bordes de la silla.
—Mirá cómo estás… —dijo él, mirando su concha abierta, hinchada, brillante—. Todo mojado.
—Hace mucho… —respondió ella—. Demasiado.
Roberto le metió la lengua. Lento al principio, probando. Ella jadeó, bajo, como si no quisiera que la escucharan. Pero no había nadie. Solo el calor, el silencio de la noche, el perro ladrando a la distancia.
Empezó a moverse, a abrirse más, a pedir más con las manos en su cabeza. Él le chupó el clítoris con fuerza, le metió dos dedos, luego tres. Ella gritó, pero se mordió el labio. Venía, fuerte, temblando, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás.
—Pará… pará… —dijo, sin querer que parara.
Cuando abrió los ojos, él ya se estaba desabrochando el pantalón. La pija le salió dura, gruesa, con una gota en la punta. Graciela la miró como si no pudiera creerlo.
—Dios… —dijo—. Vos sí que no sos de piedra.
Él se acercó, y ella se paró. Le puso las manos en el pecho, lo empujó suavemente contra la pared del patio. Se arrodilló. Le tomó la pija con la mano, la miró, y se la metió en la boca. Lento. Con ganas. Chupando la punta, lamiendo el tronco, con una mano en las bolas.
Roberto gemía, con las manos en su pelo. Ella se movía con ritmo, con experiencia. No era una jovencita, pero sabía cómo hacerlo. Sabía cómo tragar sin ahogarse, cómo marcar el ritmo, cómo mirarlo con los ojos llenos de deseo.
—Che… —dijo él—. Si seguís así, me corro.
Ella se detuvo. Se paró. Se sacó la pollera y la bombacha del todo. Quedó desnuda desde la cintura para abajo. Se sentó en la silla otra vez, abrió las piernas.
—Entonces cogé —dijo—. No me hagas esperar más.
Roberto se puso un preservativo y se acercó. La pija entró de una, entera, sin resistencia. Ella gritó, bajo, largo. Tenía la concha caliente, apretada, húmeda. Él empezó a moverse, lento, mirándola a los ojos.
—Mirá cómo me tenés… —dijo ella—. Como si tuvieras derecho.
Él no respondió. Solo cogió más fuerte, más rápido. Ella se agarró de sus hombros, le clavó las uñas. El culo se le movía en la silla, el sudor le bajaba por la espalda.
—Dale… dale… —decía—. Así, así… no pares.
Venía otra vez. Venía fuerte, con los dientes apretados, con el cuerpo tenso. Cuando llegó, se quejó como un animal pequeño, y lo agarró más fuerte.
Roberto no aguantó. Se corrió adentro del preservativo, con un gemido largo, los ojos cerrados, el cuerpo temblando.
Quedaron así un rato, pegados, sudados, sin hablar. Luego, él se separó. Ella se puso la ropa en silencio.
—Mañana tengo que ir a comprar todo —dijo—. ¿Volvés a venir?
Roberto sonrió.
—Claro —dijo—. Pero sin excusas. Yo no necesito vino para entrar.
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