La mudanza de la vecina soltera

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Doña Lucha llevaba viviendo en el segundo piso del edificio de la calle Azucaña casi veinte años, desde que enviudó. Alta, de caderas anchas y senos que no se habían rendido del todo a la gravedad, todavía se ponía los vestidos ajustados que le quedaban como a una mujer de cuarenta, aunque ya pasaba los sesenta. Su pelo, teñido de un negro azabache con reflejos violáceos, lo llevaba recogido en un moño flojo que se le deshacía a cada rato, dejando escapar mechones que le acariciaban la nuca. Y sus ojos, grandes y cafés, brillaban con una chispa que a más de uno en el edificio ya le había hecho latir más fuerte.

Esa tarde, la vereda del edificio estaba llena de cajas, muebles cubiertos con sábanas y un camión de mudanzas estacionado de forma desordenada. Lucha se mudaba al departamento de abajo, el que había estado deshabitado desde que se fue don Paco, el viejo gruñón del cuarto izquierdo. El motivo oficial: quería bajarle a las escaleras. El motivo real, que nadie decía en voz alta pero todos sospechaban, era que desde que murió su marido, no había vuelto a tener a un hombre entre las sábanas, y el calor de abajo —literal y metafórico— le llamaba más de lo que quería admitir.

Entre los que ayudaban con las cajas estaba Memo, el hijo de la portera, un tipo de treinta y tantos, fornido, de brazos gruesos y pantalón de mezclilla que le ajustaba el culo como si lo hubieran cosido a su medida. Llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver sus antebrazos velludos y sudorosos, y cada vez que se agachaba a cargar algo, se le subía la playera, mostrando un pedazo de espalda ancha y bronceada.

—¡Ay, Memo, no cargues esa cómoda, que es de caoba y pesa un demonio! —gritó Lucha, agitando la mano como si fuera a espantar una mosca.

—No se preocupe, doña Lucha, yo la bajo. Usted cuídese el cuello, que con esos tacones se puede torcer —dijo él, sonriendo con una sonrisa torcida que le hacía un hoyuelo en la mejilla derecha.

Ella se rió, coqueta, sin querer admitir que los tacones los usaba precisamente para lucir más esbelta, más joven. Y que los había elegido ese día por Memo, no por la mudanza.

Ya entrada la tarde, con el sol cayendo en ángulo sobre los edificios, las nubes pintadas de naranja y el calor del día empezando a ceder, Memo subió por última vez al viejo departamento para asegurarse de que no quedaba nada. Lucha lo siguió, descalza, con los pies hinchados, pero aún con ganas de revisar el clóset del cuarto, por si se había olvidado algo.

—Ay, no, si hasta el clóset está vacío —dijo, agachándose para ver detrás de la puerta.

Memo la miró mientras ella se inclinaba, y no pudo evitar fijarse en cómo el vestido de algodón se le subía un poco, dejando ver la redondez de sus nalgas, firmes aún bajo la tela. No era una jovencita, pero tenía un culo que no se había rendido, y Memo, aunque no era hombre de andar pensando en esas cosas, sintió un tirón en la ingle.

—Ya todo listo, doña Lucha —dijo, carraspeando.

Ella se paró, se dio la vuelta y lo miró con una sonrisa que no era de agradecimiento, sino de complicidad.

—Memo… ¿te puedo pedir un favor más?

—Claro, ¿qué necesita?

—Es que… en el clóset nuevo, el de abajo, no pude colgar un par de vestidos. Y con estas rodillas… —hizo una mueca fingida de dolor—. ¿Me ayudas a colgarlos? Y de paso, si quieres, te ofrezco un vaso de agua fresca. O algo más fuerte, si te late.

Memo no se hizo rogar. Bajaron juntos al nuevo departamento, que olía a pintura reciente y a jazmín del patio. Lucha cerró la puerta con llave, despacio, como si no quisiera hacer ruido, aunque en el edificio nadie los veía.

En el clóset, mientras ella le pasaba los percheros con los vestidos —largos, de colores vivos, algunos con escotes que Memo no podía imaginar que aún usara alguien—, la tensión fue subiendo como el vapor en una olla. Hasta que, al colgar el último, Lucha se paró detrás de él, tan cerca que Memo sintió su aliento en la nuca.

—Gracias, Memo —susurró—. Eres un cielo.

Y sin más, le puso una mano en la cadera.

Él se quedó helado, pero no se movió. Sentía el calor de su mano a través de la tela del pantalón. Y entonces, con una lentitud que lo volvió loco, ella deslizó los dedos por su cintura, subió por su espalda, y luego bajó, más abajo, hasta apretarle una nalgada con suavidad, pero con intención.

—No te asustes, chiquito —dijo—. No voy a comerte… aunque a lo mejor sí.

Memo tragó saliva. No sabía qué hacer. Pero su cuerpo ya decidía por él. Sentía la verga endureciéndose bajo el pantalón, como si le creciera de golpe.

Lucha no esperó. Se dio media vuelta, se quitó los zapatos y se sentó en la cama, que aún no tenía sábanas. Las piernas separadas, los dedos acariciándose el tobillo.

—Ven —dijo—. Siéntate. O mejor… arrodíllate.

Memo, con el corazón en la garganta, se acercó. Y sin pensarlo más, se arrodilló frente a ella. Lucha le tomó la cabeza, le pasó los dedos por el pelo, y luego le desabrochó el pantalón con una sola mano.

—Hace mucho que no tengo a un hombre así —susurró—. Pero no se me ha olvidado cómo se chinga.

Y con eso, sacó su verga dura, gruesa, palpitante. Se la miró un segundo, como si evaluara un pedazo de carne que le gustaba, y luego sonrió.

—Ay, bendito… esto sí que no se ve todos los días.

Sin más, se la metió a la boca. Lenta, profundo, con una habilidad que solo da la experiencia. Memo echó la cabeza atrás, gimiendo bajito, mientras sentía la lengua de Lucha lamiéndole el glande, subiendo y bajando, suave y luego fuerte, como si lo conociera de toda la vida.

—No te vengas rápido —dijo ella, soltándolo—. Que esto apenas empieza.

Se paró, se quitó el vestido con un movimiento rápido, quedándose en brasier negro y tanga del mismo color. Sus senos, aunque caídos, eran grandes, con pezones oscuros que se endurecieron al aire. Memo no podía creer lo que veía. Se paró, le tomó las nalgas con ambas manos y la atrajo hacia sí.

—Doña Lucha… —susurró—. Usted sí que sabe cómo encender a un hombre.

—Llámame Lucha —dijo ella, besándolo en la boca—. Y deja de hablar tanto.

Lo empujó a la cama, se subió encima, le abrió las piernas y, con una sonrisa pícara, se sentó sobre su verga de un solo movimiento.

Ambos gritaron. Ella por el placer, él por la sorpresa. Pero empezó a moverse, lento al principio, luego más fuerte, con las caderas que aún tenían ritmo, que aún sabían cómo hacer bailar a un hombre.

—¡Ay, sí, Memo! ¡Así! —gemía—. ¡Clávamela bien!

Y él, sin poder contenerse, le agarró las nalgas, las apretó, y empezó a embestir desde abajo, ayudándola a subir y bajar, mientras el sonido de sus cuerpos chocando llenaba el cuarto.

Fue intenso. Fue largo. Fue como si los veinte años de soledad se hubieran comprimido en ese instante. Hasta que Memo, sintiendo que no aguantaba más, dijo:

—Doña Lucha… me voy a venir.

—¡Pues vénete adentro, cabrón! —gritó ella—. ¡Que ya no tengo qué perder!

Y con eso, Memo explotó, llenándola por dentro, mientras ella se estremecía con un orgasmo que hacía vibrar todo su cuerpo.

Se quedaron abrazados, sudorosos, respirando con dificultad. Lucha le acarició el pecho, sonriendo.

—Ay, Memo… —dijo—. Si todas las mudanzas fueran así, me mudaría todos los meses.

Él se rió, besándole el hombro.

—Si necesita ayuda con otra mudanza… ya sabe dónde estoy.

Y en el silencio del departamento nuevo, con el sol ya oculto y las primeras estrellas asomando, se quedaron dormidos, uno en brazos del otro, como si el tiempo no hubiera pasado, como si el deseo no conociera edad.

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