La mudanza de la vecina del 403
El departamento del 403 llevaba semanas en silencio, con las cortinas cerradas y un cartel de "Se Renta" amarillo colgado torcido en el balcón. Doña Leticia, de cincuenta y ocho años recién cumplidos, había dejado de regar sus geranios del pasillo, y nadie sabía si se había ido o si solo estaba enferma. Hasta que, un viernes por la mañana, llegó el camión de mudanzas con tres hombres sudorosos, cajas de cartón y un piano de cola que tuvieron que subir entre gritos y malas palabras.
Y entonces apareció ella.
Doña Leticia no, sino la nueva inquilina: una mujer alta, de caderas anchas y pelo negro recogido en un moño despeinado que dejaba escapar mechones rebeldes. Llevaba un vestido playero de flores desteñidas, sandalias viejas y calcetines cortos que asomaban bajo la falda. Nadie en el edificio la conocía, pero todos, sin excepción, se detuvieron un segundo a mirarla cuando cargaba una caja de libros con las piernas tensas y el culo marcado en la tela.
Se llamaba Miriam. Cuarenta y siete años, viuda desde hacía cinco, sin hijos. Hablaba bajito, con una voz que parecía salir de una vieja radio encendida en la penumbra. Sonreía poco, pero cuando lo hacía, dejaba ver un hoyuelo en la mejilla izquierda que hacía que el aire en el pasillo se volviera más espeso.
Carlos, el portero, la ayudó a subir las últimas cajas. Era un hombre de cuarenta y tres, moreno, con el pelo canoso en las sienes y una panza que se le notaba bajo el uniforme. No era guapo, pero tenía algo: una quietud en los ojos, una forma de mirar que no juzgaba, que solo observaba.
—Gracias, Carlos —dijo Miriam, pasándole un vaso de agua de limón que había preparado en su nueva cocina—. Sin ti, esto hubiera sido un desastre.
Él tomó el vaso con ambas manos, los dedos rozando los de ella un segundo más de lo necesario.
—No es nada. Para eso estoy.
Ella lo miró fijo.
—No. No es así. Tú haces más que tu trabajo.
Carlos bajó la vista, incómodo, pero también halagado. No estaba acostumbrado a que las mujeres como ella —elegantes, seguras, con ese aire de haber vivido demasiado como para fingir— le hablaran así.
Pasaron dos semanas. El edificio volvió a su ritmo: el llanto del bebé del 302, el perro ladrando en el 501, el ascensor quejándose al subir. Pero entre Carlos y Miriam, algo había cambiado. Un saludo más largo, una sonrisa en el pasillo, un “¿cómo amaneciste?” que sonaba más íntimo de lo normal.
Un jueves de lluvia, el ascensor se descompuso. Carlos subió al cuarto piso por las escaleras, con una linterna y una caja de herramientas. Ella abrió la puerta con una bata de seda azul, descalza, el pelo húmedo por la ducha.
—Creí que no vendrías.
—Nunca dejo a una vecina en apuros.
Ella se hizo a un lado.
—Pasa. No quiero que te mojes.
Carlos entró. El departamento olía a jazmín y a madera vieja. La luz del pasillo se mezclaba con la de una lámpara de salón, tibia, que daba al ambiente un aire de confesión.
—Está en el cuarto —dijo ella—. El interruptor del ascensor.
Él asintió, pero no se movió.
—¿Puedo ofrecerte algo? —preguntó ella—. Un café, un trago…
—Un trago suena bien —dijo él, sin dejar de mirarla.
Ella fue a la cocina. Carlos la siguió con los ojos. La bata se le abría un poco al caminar, dejando ver la línea de sus nalgas, el inicio de un muslo blanco y firme. No dijo nada. Solo tragó saliva.
Regresó con dos copas de vino tinto. Se sentaron en el sillón. Hablaron de cosas simples: del clima, de la ciudad, de cómo el tiempo pasa sin que uno se dé cuenta. Pero entre cada frase, un silencio espeso, como si las palabras fueran solo excusas para mirarse.
—¿Sabes? —dijo ella—, a veces siento que llevo años sin que nadie me toque.
Carlos no respondió. Solo alzó su copa.
—A veces, el cuerpo pide más de lo que la cabeza permite.
Ella sonrió.
—Tú sí que entiendes.
El vino se acabó. La lluvia seguía. El ascensor podía esperar.
Ella se levantó. Se quitó la bata con lentitud, sin teatralidad, como si fuera lo más natural del mundo. Quedó en ropa interior: un brasier negro, bragas del mismo color, simples, sin encajes excesivos. Su cuerpo no era el de una veinteañera, pero era bello: senos que habían amamantado, caderas que habían parido, piel que había sido besada y olvidada.
Carlos se puso de pie. No dijo nada. Solo se acercó.
Ella cerró los ojos cuando él puso las manos en su cintura. Sus dedos, gruesos, acostumbrados al trabajo, se deslizaron por su espalda, bajaron hasta el borde de las bragas.
—¿Estás segura? —preguntó él.
Ella abrió los ojos.
—Hace mucho que no estoy tan segura de algo.
Entonces lo besó.
Fue un beso lento, húmedo, con sabor a vino y a recuerdo. No hubo prisa. Él la acarició como si tuviera todo el tiempo del mundo: las nalgas, los muslos, el cuello. Ella gemía bajito, con la boca pegada a su oreja, diciendo cosas que no eran palabras, solo suspiros con forma.
Cuando él se quitó la camisa, ella pasó las manos por su pecho, por el vello canoso, por la panza que no era perfecta pero que era real.
—Me gusta cómo eres —dijo.
Él sonrió.
—Nadie me lo había dicho así.
La tomó en brazos, como si fuera ligera, y la llevó al cuarto. La cama estaba deshecha, con sábanas de algodón blanco. La acostó con cuidado, como si temiera romperla.
Ella se dejó hacer.
Él le bajó las bragas con los dientes. Ella se mordió el labio.
Cuando por fin entró en ella, fue con calma, con ritmo de mar. No era prisa, era necesidad. Ella se aferró a su espalda, clavándole las uñas, diciéndole al oído: “no pares, no pares, no pares”.
Y él no paró.
Cogiéndola despacio, como si estuvieran escribiendo una carta que nadie leería, como si el mundo fuera solo ese cuarto, esa cama, ese sudor. Ella gritó al final, un grito contenido, de mujer que no quiere que la oigan, pero que no puede callar.
Después, se quedaron abrazados. Ella con la cabeza en su pecho, él acariciándole el pelo.
—Mañana seguirá lloviendo —dijo ella.
—Sí —dijo él—. Pero el ascensor ya funciona.
Ella rió.
—No me refería al ascensor.
Él la miró.
—Yo tampoco.
Y sin decir más, volvieron a besarse, mientras la lluvia golpeaba las ventanas como si quisiera entrar, como si también tuviera ganas de coger.
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