La línea del horizonte
El sol se deshacía en el Pacífico como si se derritiera a propósito, pintando el cielo de un naranja espeso, casi licuado. En la terraza de madera podrida por la sal, Alma se recargó en la baranda, los pies descalzos sobre el listón caliente aún del día. El bikini negro, pequeño pero decente, apenas contenía lo que no debía salirse: tetas prietas, morenas, de esas que no necesitan sostén, y un culo que al caminar parecía hablar un idioma propio, lento y contoneado. Tenía treinta y dos, mexicana de nacimiento, oaxaqueña de sangre y costumbres, y los ojos negros como pozos de agua fría.
A sus espaldas, el sonido del agua al romper contra las rocas. Y más cerca, el crujido de la silla de mimbre cuando él se movió. Eric. Norteamericano, alto como poste de luz, piel clara que ya traía un leve tono cobrizo por el sol de tres días. Afrodescendiente, de cabello rizado y apretado, barba corta y cuidada, y una sonrisa que parecía costarle trabajo mantener, como si le diera miedo mostrar demasiado.
—¿Te late el mar, o te late el calor? —preguntó ella sin voltear, la voz baja, ronca de cigarro y siesta.
—Las dos —dijo él en un español con acento de California, lento pero preciso—. Pero más tú.
Ella sonrió. No se dio vuelta. Sabía que él la miraba. Lo sentía en la nuca, en el vello de los brazos. Como si el aire entre ellos se hubiera espesado desde la mañana, cuando se cruzaron en el sendero de tierra que bajaba a la playa. Él cargaba una cámara; ella, un libro de Octavio Paz. Se rieron por eso. “¿En serio?”, dijo él. “¿Paz?”. “¿En serio?”, respondió ella. “¿Fotografía? ¿No es obvio que todo aquí ya es bonito?”. Él no supo qué contestar. Solo le ofreció un trago de su botella. Agua tibia. Ella aceptó. Desde entonces, el aire cambió.
Ahora, en la terraza, con el sol cayendo y la brisa levantándole el pelo, Alma se dio vuelta. Lo miró de frente. Él estaba sentado, las piernas abiertas, los dedos sobre los muslos, los ojos fijos en ella. No se escondió. No bajó la mirada.
—¿Y si te digo que no quiero agua? —dijo ella.
—¿Y si te digo que yo tampoco?
Se acercó. Despacio. Cada paso sobre la madera crujía como si la casa respirara. Se detuvo frente a él. Levantó una pierna, la apoyó en el brazo de la silla. Él la miró subir el bikini, el borde del traje marcando el pliegue húmedo de su ingle. No dijo nada. Solo levantó una mano, temblorosa, y tocó la rodilla. La piel morena, caliente. Subió un dedo, por la parte de adentro del muslo, donde la piel es más suave, más sensible.
—¿Aquí? —preguntó.
—No —dijo ella—. Un poco más arriba.
Él sonrió. La miró a los ojos. Subió. El dedo índice, largo y oscuro, trazó la línea del bikini. Ella cerró los ojos. Un jadeo leve, casi silencioso. Él se levantó. Alto. Ella tuvo que alzar un poco la barbilla para seguirle la mirada.
—¿Puedo?
—¿Qué?
—Tocharte. De verdad.
—¿Y si digo que ya lo estás haciendo?
Él rio. Una risa grave, profunda. La tomó de la cintura. Con cuidado. Como si temiera romperla. Pero con fuerza. Sus manos eran grandes, anchas, las uñas cortas. Le dio vuelta. La pegó contra su pecho. Ella sintió la tela del traje, el calor de su piel, el bulto duro en el short de baño.
—¿Te late? —preguntó ella.
—Como si se me fuera la vida —dijo él.
Ella se quitó el bikini de arriba. Lento. Sin apuro. Dejó los senos al aire, pesados, con los pezones oscuros y parados. Él los miró. Luego los tocó. Primero uno, luego el otro. Con los pulgares, los rozó. Ella gimió. Un sonido bajo, gutural.
—Chíngame —dijo ella—. Pero despacio.
Él la tomó de las caderas, la giró. La puso de espaldas a él. Le bajó el bikini de abajo. Ella se quedó desnuda. La brisa le acarició el culo, las nalgas redondas, prietas. Él se quitó el short. Su verga, gruesa, larga, negra como el carbón, se alzó tiesa, con una gota de líquido en la punta.
—¿Te da miedo? —preguntó él.
—No —dijo ella—. Me da hambre.
Se agachó. Lo tomó en la boca. Con la lengua, lamió la punta, el frenillo, el tronco. Él gruñó. Le puso las manos en la cabeza. Ella no se detuvo. Subía y bajaba, lento, con la boca húmeda, los labios apretados. Hasta que él dijo: “No, para, que quiero coger”.
La levantó. La sentó en la baranda. Ella abrió las piernas. Él se acercó. La tocó con la punta, buscando. Ella se movió un poco, guió. Y entró. Despacio. Como si no quisiera lastimarla. Pero ella dijo: “Más, hasta el fondo”.
Y él empujó.
Un grito. No de dolor. De placer. Ella se aferró a sus hombros. Él comenzó a moverse. Adentro, afuera. Lento al principio, luego más fuerte. El sonido de los cuerpos chocando, la madera crujiendo, el jadeo de ella, el gruñido de él. El cielo se oscureció. Las estrellas aparecieron. El mar seguía allí, rompiendo, pero ya no importaba.
—¿Te late? —preguntó ella otra vez, entre jadeos.
—Hasta que me duele —dijo él.
Ella se corrió primero. Con un gemido largo, profundo, como si se le saliera el alma por la boca. Él siguió. Un par de embestidas más, y llegó. Dentro de ella. Ella lo sintió llenarla, caliente, espeso.
Se quedaron así. Ella sentada en la baranda, él de pie, aún dentro. El sudor les corría por la espalda. El aire fresco de la noche les acariciaba la piel.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—Ahora —dijo ella— nos quedamos aquí. Hasta que el sol vuelva a salir.
Y sin decir más, se besaron. Con lengua, con hambre, como si el mundo se fuera a acabar. Como si nada más existiera. Solo ellos. El mar. Y la línea del horizonte, que nunca se alcanza, pero que siempre llama.
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