La Lección de la Tía Rosa
7 minLa Lección de la Tía Rosa
Yo tenía veinticuatro años, con verga fresca, testículos tiesos de tanto andar con camiseta pegada y sudor en las axilas, y la mente llena de tetas pequeñas y rubias que parecían hechas a mano en una fábrica de juguetes. Pero esa noche, cuando subí las escaleras de la casa de la tía Rosa, con la respiración acelerada y las manos sudadas en los pantalones de mezclilla, no pensaba en tetas pequeñas. Pensaba en las suyas.
La tía Rosa tenía cuarentinueve años. Cuarenta y nueve, con mayúscula, como si fuera un título, una sentencia. Una vida entera escrita en sus caderas anchas, en su culo que rebotaba como gelatina de fruta cuando caminaba, en sus pechos que, aunque ya no estaban tan firme como en los veintes, tenían peso, carnes y una caída que decía *sé lo que hago y lo hago bien*. Llevaba el pelo recogido en un moño deshecho, con algunas hebras sueltas pegadas a la frente por el calor de la cocina. Esa noche, en su casa de Coyoacán, olía a vainilla, a café recién hecho y a algo más antiguo, más dulce: sudor femenino, pero no de miedo, sino de expectativa.
—¿Te sirvo algo, cariño? —me preguntó, inclinándose para tomar la botella de mezcal del mostrador. El escote de su blusa abierta al menos dos botones mostró la curva de su seno izquierdo, redondo, con una areola oscura, como una moneda vieja pulida por los dedos del tiempo.
—Sí, tía Rosa. —Yo tragué saliva, sentí la verga apretarse contra el algodón de mi calzoncillo, como si me hubiera reconocido.
Ella sonrió, esa sonrisa que no le llegaba hasta los ojos, pero que sí le temblaba en los labios, como si supiera exactamente qué me estaba haciendo con solo mirarme. Me senté en el sofá, ella en el borde del respaldo, las piernas separadas apenas, lo suficiente para que yo viera la marca oscura del brillo en sus muslos, donde el pantalón ceñido se ajustaba alrededor de sus nalgas.
—¿Cuánto tiempo llevas sin chingar? —me preguntó, sin rodeos, como si leyera en mis ojos.
—No lo sé… tal vez un mes. —La verdad era que hacía dos semanas que no me jodía con nadie, y cada día sentía más la verga dura por dentro, como una serpiente que se retorcía por querer salir.
—Pues hoy vas a comértela entera —dijo, y se puso de pie. Se desabrochó la blusa con calma, con esa lentitud que es peor que una apuesta. La sacó por los hombros y la dejó caer al suelo, sin mirar atrás. Quedó en sujetador de encaje negro, con los pechos llenos, colgando un poco, pero firmes, con pezones erectos como clavos de hierro.
Me quedé callado. Con la boca seca. Con la mano derecha ya metida en el bolsillo trasero, apretando mi verga a través del pantalón, como si la estuviera acariciando por adelantado.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó, acercándose. Se sentó en el sofá, ahora frente a mí, con las piernas cruzadas. Me tendió la botella de mezcal.—Tomá. Para calentar el vientre.
Yo tomé un trago largo, el líquido me quemó la garganta y bajó hasta el estómago, donde se convirtió en fuego y luego en calor que corrió hacia abajo, hacia la verga, que se puso tiesa como un palo de telescopio.
—Tía Rosa… yo no sé si…
—No tienes que saber nada, cariño —me cortó, poniendo su mano derecha sobre mi muslo. La piel de su palma era blanda, pero firme, con venas delicadas como hilos de seda. Me apretó, una vez, lento. —Solo tienes que sentir.
Y entonces me volvió la cara, me puso la mano izquierda en la nuca y me besó.
No fue un beso de tía. Fue un beso de mujer que sabe lo que quiere, que ya no tiene miedo de tomarlo, que ha aprendido que el placer no se discute con la edad. Su lengua entró en mi boca con seguridad, con una fuerza que no esperaba de alguien que, en teoría, era mi “tía”. Me lamía el paladar, me chupaba la lengua, y mientras, su mano derecha se deslizó por mi muslo, subió por el interior del pantalón, buscando mi verga.
La encontró. Y me la agarró, con un puño cerrado, como si la estuviera encerrando entre sus dedos. Me estremecí. Me puse rojo. Me dolió un poco, pero un dolor bueno, un dolor que decía: *esto es lo que te pasa cuando te crees listo para todo y aún te falta aprender*.
—¿Te gusta? —me preguntó, sin soltar la verga, sin separar los labios de los míos.
—Sí, tía… sí, me gusta —jadeé, con la voz rota.
Ella soltó el beso, me miró a los ojos, y sonrió, esa sonrisa de mujer que ya no tiene que demostrar nada, pero que lo va a hacer igual, porque leplace.
—Entonces agáchate —me ordenó.
Me arrodillé frente a ella, sin dudar, sin pensarlo. Me desabroché los pantalones, bajé la cremallera, y la verga salió, dura, tiesa, con la punta húmeda de pre-cum. Ella se inclinó, tomó mi pene con ambas manos, lo frotó contra su vagina, que ya estaba húmeda, que ya olía a mujer madura, a tierra mojada, a algo antiguo y sagrado. Me rozó el glande contra su entrepierna, y yo sentí el calor, el roce, el placer que me subía por la espina dorsal.
—¿Lo sientes? —me preguntó.
—Sí, tía… sí, lo siento —respondí, con los ojos cerrados.
Ella se levantó, se quitó el sujetador con un movimiento rápido, y se puso frente a mí, con las piernas abiertas. Me puso una mano en la nuca, me empujó su vagina contra la cara. Sentí su olor, su humedad, su calor. Su clítoris, pequeño pero duro, como una nuez, me rozó la nariz. Me metí la lengua entre sus labios, buscando su entrada, y la encontré. Me metí dos dedos, y ella gimió, un gemido bajo, gutural, como el ronroneo de un gato que ya sabe que va a ganar la pelea.
—Más fuerte —me pidió.
Y yo lo hice. Le lamí el clítoris, le metí los dedos, la hice mover las caderas, la hice sudar. Ella me agarró del pelo, me jaló, me puso de pie, me empujó contra la pared, me bajó los pantalones hasta las rodillas y se puso frente a mí, con su vagina abierta, húmeda, lista.
—Vamos a chingar —me dijo, y me puso la verga en su entrada.
La empujé. Un poco. Lento. Sentí sus labios estirarse, su vagina apretarse alrededor de mi pene, como un puño que se cierra, como una boca que muerde, como una casa que te acoge y te pide que no te vayas.
—Sí… sí, así —me susurró, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta.
Y yo comencé a embestir. Con fuerza. Con ganas. Con vergüenza, con miedo, con deseo. Ella me tomó de los hombros, se inclinó hacia adelante, y me puso la boca en el pecho. Me chupó un pezón, y luego el otro, mientras yo la cogía con fuerza, con la verga que se hundía en su cuerpo, mientras su culo rebotaba contra mis testículos, mientras su gemido se volvía más agudo, más salvaje.
—Ya casi… ya casi… —me dijo, con la voz rota.
Y entonces se puso rígida. Se encogió. Se apretó. Y gritó. Un grito largo, profundo, como si estuviera llamando a algo antiguo, a algo que había estado esperando por mucho tiempo.
Yo la seguí cogiendo, la cogí hasta que sentí que la verga me temblaba, que los testículos se me subían al cuerpo, y entonces me dejé llevar. Me corrió el pene dentro de su vagina, con fuerza, con ganas, con todo lo que me había guardado por miedo, por vergüenza, por no saber que había mujeres como ella, que saben lo que quieren y lo toman.
Cuando terminamos, estaba agotado. Sentado en el sofá. Ella, sentada a mi lado, con el pelo despeinado, la cara sudada, los labios hinchados.
—¿Te gustó? —me preguntó.
—Sí, tía Rosa. —Le tomé la mano. La apreté.
—Bueno —dijo, y me besó la frente—. Mañana volvemos a repetir. Porque tú aún no sabes nada.
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