La hora del café en El Paraíso
En Medellín, cuando el sol se traga las montañas y el aire se espesa con el aroma de aguacate maduro y humo de chimenea, en el barrio de El Poblado, no el nuevo con torres de vidrio y gringos ricos, sino el viejo, el que sabe a guayaba desgranada y a calles empedradas por donde el tiempo se arrastra, hay un café que no figura en ninguna guía. Se llama *El Paraíso*, y abre a las nueve, pero solo para ciertos ojos. A esa hora, las luces son bajas, el café es fuerte y el aire huele a cuero viejo, tabaco rubio y algo más… algo que no se nombra, pero que se siente en la entrepierna como un cosquilleo lento.
Doña Clemencia llegaba siempre a las nueve y cinco. No por puntualidad, sino por costumbre. Ella usaba vestidos de seda color vino, con escote profundo, no para provocar, sino porque le gustaba cómo el aire le rozaba el pecho, como si el mundo aún tuviera derecho a mirarla. Tenía sesenta y dos, pero el cuerpo, firme de nalgas altas y cintura que el tiempo respetó, decía otra cosa. Sus tacones marcaban el suelo con precisión, como si cada paso fuera un acuerdo tácito con el destino. Y el destino, esa noche, se sentaba en la mesa del fondo, con un traje negro que parecía pintado sobre el cuerpo.
Él no tenía nombre, o al menos no uno que se dijera. Solo "El Joven", aunque no era tan joven. Treinta y tantos, tal vez. Pero a ella le gustaba decirle así, porque le daba el poder de la ironía. Él, por su parte, la llamaba "Doña", con un respeto que sonaba a burla dulce, como si ambos supieran que el respeto era solo una máscara para lo que venía.
—¿Otra vez solo, *joven*? —preguntó ella, dejando el bolso sobre la mesa y acomodándose en la silla frente a él, sin pedir permiso.
—No estoy solo desde que usted llegó, doña Clemencia —respondió él, sin sonreír, con esos ojos oscuros que parecían tragarse la luz del salón.
Ella encendió un cigarro con parsimonia, el humo dibujando círculos sobre su boca pintada de rojo oscuro. El silencio entre ellos no era incómodo. Al contrario, era denso, como el aire antes de la tormenta. Él no movió ni un músculo, solo la miró, desde los pies hasta la nuca, como si estuviera desnudándola con la mirada, despacio, con método.
—Hoy traigo ganas de hablar —dijo ella, exhalando—. De contarle a alguien… cosas que ya no digo.
—Yo no hablo mucho —dijo él—. Pero escucho como nadie.
—Claro —sonrió ella—. Por eso te elegí. Porque no necesitas palabras para saber lo que quiero.
Hubo una pausa. El jazz del fondo, un saxofón lento, llenó el hueco. Ella cruzó las piernas con lentitud, la falda subiendo apenas lo suficiente para que él viera el encaje negro del muslo. No fue casual. Nada era casual allí.
—¿Sabe usted, joven, qué es lo más rico de una mujer como yo? —preguntó, bajando la voz.
—No soy quién para adivinar —respondió él, aunque ya sabía.
—No es el culo, aunque está bien firme —dijo ella, con una risa baja—. Ni los senos, que aún se mantienen. Es el silencio. El saber callar. El tener la boca cerrada cuando debe, y abierta… cuando debe.
Él asintió, apenas un movimiento de cejas. Ella se inclinó hacia adelante, el escote abriéndose como una flor nocturna.
—Tú tienes un pito que no se queda quieto, ¿verdad? Lo vi la otra noche, cuando pasé por aquí y te vi en la barra. Lo tenías duro como piedra, aunque fingías leer el periódico.
—Doña, uno no finge con usted —dijo él, sin inmutarse—. Uno se contiene.
—Y tú te contienes muy bien —dijo ella, acercando la mano, rozando apenas la suya—. Pero hoy no quiero que te contengas.
El aire cambió. El jazz pareció bajar de volumen. El mesero, viejo cómplice del lugar, pasó sin mirarlos, como si no existieran. El tiempo se detuvo, no por magia, sino por acuerdo.
—¿Qué quiere que haga, doña? —preguntó él, bajando la voz, casi un susurro.
—Quiero que me lleves a un cuarto —dijo ella—. No cualquier cuarto. El del fondo. El que huele a sándalo y a sudor de hombre limpio. Quiero que me bajes el vestido, no con prisa, sino como si estuvieras deshojando una guayaba madura. Quiero que me lames el cuello, luego el hombro, luego el pecho… pero sin tocar los pezones. Aún no.
Él no se movió, pero su respiración se hizo más pesada.
—Quiero que me digas que estoy más rica que una muchacha —continuó—. Que mi culo, aunque ha parido, sigue siendo un manjar. Que mis piernas, aunque no son de veinte, te hacen babear. Y quiero que, cuando me pongas de cuatro, no me azotes, pero tampoco me mimes. Quiero que me cojas como si fuera una perra que sabe su lugar, pero con clase, joven, con clase.
—¿Y si no quiero hablar? —preguntó él.
—Entonces no hables —dijo ella—. Solo hazlo. Pero despacio. Que dure. Que el orgasmo no sea un estallido, sino un viaje.
Él se levantó. No dijo nada. Solo le extendió la mano. Ella la tomó, despacio, como si estuviera firmando un contrato con el diablo. Juntos caminaron hacia el fondo, donde una puerta baja de madera oscura los esperaba. El mesero no los miró. Nadie los miró. En *El Paraíso*, algunas cosas no se ven, pero todos saben que pasan.
Dentro, la habitación era pequeña, con una cama grande, sábanas de seda negra y una botella de aguardiente sobre una mesita. Él cerró la puerta con llave. No hubo palabras. Solo el crujido de la madera bajo los tacones.
Él se acercó por detrás. Le bajó el cierre del vestido con dos dedos, como si desarmara una bomba. La tela cayó al suelo, y ella quedó en ropa interior negra, encaje fino, liguero, medias de seda. Se dio vuelta despacio, mirándolo a los ojos.
—¿Vas a quedarte con el traje? —preguntó.
—No por mucho —respondió.
Ella se sentó en la cama, separó las piernas apenas, sin exagerar. Él se arrodilló. No habló. Solo acercó la nariz al encaje, aspiró. Luego, con la lengua, rozó el borde de la tela, justo donde el muslo se une con el calor.
—Ay, Dios… —susurró ella, echando la cabeza atrás—. Eso… eso es chimba.
Él siguió, lento, como si tuviera toda la noche. Y la tenía. Porque en *El Paraíso*, el tiempo no corre. Se estira. Se espesa. Se come con cuchara.
Cuando por fin le bajó la tanga y le metió la lengua, ella no gritó. Solo gemía bajo, como un animal viejo que sabe guardar sus placeres. Él no se apresuró. Le chupó el clítoris como si fuera un caramelo, con dedos dentro, con la otra mano sosteniéndole la cadera.
—Voy a venirme… —dijo ella, entre dientes—. Pero no pares. Ni un segundo.
Y cuando llegó, fue con los ojos abiertos, mirándolo a él, como si quisiera recordar para siempre ese instante.
Después, él se desvistió. El pito, largo y grueso, saltó libre del pantalón. Ella lo tomó con una mano, lo acarició despacio.
—Ahora —dijo—. Ahora me coges. Y no me hables. Solo mírame.
Y él la miró, mientras entraba, mientras la llenaba, mientras el jadeo de ella se mezclaba con el crujido de la cama. Y en ese momento, en esa habitación oscura de un café olvidado, no hubo edad, ni moral, ni tiempo. Solo dos cuerpos que se reconocieron, y se devoraron, sin prisa, con hambre de viejos que saben que el placer, cuando es lento, duele más. Y rinde más.
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