La Habitación de las Lluvias
La casa de campo quedaba a ochenta kilómetros de la ciudad, entre cerros pelados y campos de trigo que se doraban bajo el sol de mediados de junio. La lluvia había comenzado al atardecer, una tormenta lenta que se arrastraba sobre el valle como un suspiro húmedo. El cielo se había vuelto gris plomo, y el sonido de las gotas golpeando el techo de zinc resonaba como una canción vieja, constante, inevitable.
Lucía llegó poco después de las ocho. Llevaba un abrigo negro corto, pantalón ajustado y botas que le marcaban el talle. El cabello, oscuro y rizado, le caía en mechas sobre los hombros, empapado por el camino de tierra. En la mano izquierda, una bolsa de tela con ropa limpia; en la derecha, una botella de vino tinto, una botella de agua y un paquete de galletas saladas. No había llamado antes. Sabía que él estaría allí. Siempre estaba los viernes de tormenta.
—Tomas —dijo al abrir la puerta, sin esperar respuesta.
Él estaba sentado frente al fuego, en un sillón de cuero gastado, con una botella de aguardiente vacía sobre la mesa baja y un vaso medio lleno de agua. Su mirada la siguió mientras cruzaba la sala, sin moverse. Tenía el rostro moreno, marcado por el viento y el sol, y las manos grandes, nudosas, con las yemas chamuscadas por el fuego de la chimenea. Se levantó cuando ella se quitó el abrigo. No dijo nada. Solo la miró.
—Me mojé —dijo ella, ofreciéndole el abrigo mojado.
Él lo tomó, lo colgó en el perchero de madera, y se acercó. No la abrazó. No la besó. Simplemente se detuvo a un palmo de ella, respirando su olor: humedad, jabón de lavanda y el leve aroma ácido del pánico contenido. Lucía tragó saliva. Sus ojos bajaron un instante, hacia su entrepierna, donde ya se marcaba un bulto bajo el algodón de los pantalones. Él no se corrió de inmediato, pero su pene reaccionó: se erguyó, pesado, palpitante, como si hubiera estado agazapado esperando su señal.
—Ven —dijo, sin moverse.
Ella dio un paso. Otro. Hasta que sus pechos tocaron su pecho, y el calor de él se filtró a través de la frágil tela de su camiseta. Él le pasó las manos por la espalda, bajando hasta las nalgas, apretándolas con fuerza, jalándola hacia él. Ella gimió, bajo, como un lamento, y sus dedos se hundieron en sus hombros. Su pene estaba duro, cálido, contra su vientre. Sentía su peso, su latido.
—Quítate la camiseta —ordenó, la voz ronca, pastosa.
Ella lo hizo con lentitud. Se la sacó por la cabeza, dejando al descubierto el sujetador negro de encaje, con copas finas que apenas contenían sus pechos, redondos, firmes, con pezones pequeños y oscuros que ya se endurecían bajo la mirada de él. Él no se apresuró. Se inclinó, le lamió el cuello, subiendo hasta su oreja, donde la mordió con suavidad, sin romper la piel. Ella se estremeció.
—Tú primero —dijo ella, empujándolo suavemente hacia el sillón.
Él se sentó, cruzando las piernas con calma, como si no tuviera prisa. Ella se arrodilló frente a él, sin soltar su mirada. Le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de sus pantalones. El algodón de sus calzones se elevó con él, y su pene saltó al aire: grueso, de color oscuro, la cabeza hinchada, con una gota de presemen brillando en el orificio. Ella lo tomó con una mano, sintiendo su calor, su textura, su peso real. Lo acarició con lentitud, desde la base hasta la punta, rodeándolo con los dedos, apretando con suavidad, soltando, apretando de nuevo.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—Sí —dijo ella, sin soltarlo.
—Más fuerte.
Ella aumentó el ritmo. Lo envolvió con la mano, lo jaló hacia abajo, lo soltó, lo volvió a agarrar, con el pulgar pasando por encima de la cabeza, rozando el glande. Él cerró los ojos. Inhalaron hondo al unísono. Él levantó una mano, le acarició el cabello, bajando hasta la nuca, presionando suavemente.
—Abre la boca.
Ella lo hizo. La lengua fuera, los labios entreabiertos. Él se inclinó, llevó la punta de su pene a sus labios, rozándolos, mojándolos con su saliva. Luego, lentamente, la empujó hacia adentro. Ella tragó, pero no se ahogó. Lo tomó todo, hasta la base, hasta sentir su vello púbico contra su barbilla. Él jadeó, una exhale ronca, desbocada. Sus dedos se tensaron en su nuca.
—Más —dijo.
Ella lo tomó con ambas manos ahora, la derecha en la base, la izquierda acariciando el pene, y bajó la cabeza, subió, bajó, subió, con un ritmo que no era de ella, sino de algo que los dominaba a ambos. Él respiraba con dificultad, su espalda se arqueó, sus nalgas se apretaron contra el cuero del sillón. Ella lo sentía latir, palpitando en su garganta, en su lengua, en su estómago.
—Lucía —murmuró, con voz quebrada—. Voy a... no puedo... no quiero que se salga...
Ella no respondió. Sólo lo tomó más fuerte, más hondo, hasta que sintió sus testículos contra su mentón, pesados, calientes. Él se corrió con un gruñido ahogado, los músculos del vientre contraídos, la espalda arqueada, los ojos cerrados. Ella tragó todo, una y otra vez, hasta sentir el último chorro, caliente, espeso, amargo. Él se relajó, soltando el aire que había contenido. Le acarició el pelo.
—Levántate.
Ella se puso de pie. Él la tomó de la mano, la tiró hacia atrás sobre sus piernas, haciendo que se sentara a horcajadas sobre él, con la entrepierna de él pegada a su vientre, bajo la tela de sus pantalones y su propia ropa interior. Ella se inclinó, le desabrochó los pantalones, bajó la ropa interior, sacó su pene, que ya estaba medio duro de nuevo, húmedo de su saliva.
—¿Quieres esto adentro? —preguntó él.
—Sí —dijo ella, sin dudar.
Él se inclinó, tomó su cintura con ambas manos, la levantó, la colocó sobre él, con la punta de su pene rozando su clítoris, ya hinchado y brillante por el deseo. Ella se bajó, con lentitud, dejándose invadir, sintiendo su grosor, su calor, la textura de sus venas, la dureza de su cuerpo que la llenaba por completo. Gimió. Un grito largo, gutural, que no contenía vergüenza, sino puro, simple, deseo. Él la sujetó por las caderas, la empujó hacia abajo, hasta el fondo, hasta sentir sus nalgas contra su pubis.
—Estás tan apretada —murmuró él.
—Sí —respiró ella.
Él la levantó un poco, la bajó, la levantó, con movimientos cortos, rápidos, hasta que ella empezó a subir y bajar sola, con más fuerza, con más ritmo. Sus pechos rebotaban, sus pezones rozaban contra su pecho, sudorosos. Ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en sus hombros, y siguió moviéndose, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, jadeando.
—Tú —dijo él—. Tú lo haces.
Ella asintió. Se movió más rápido. Sus nalgas se golpeaban contra él, con un sonido seco, obsceno. Él le tomó un pecho, lo apretó, con el pulgar rozando su pezón, y la otra mano bajó entre sus cuerpos, buscando su clítoris, que ya estaba hinchado, brillante, sensible. Lo frotó con su pulgar, en círculos rápidos, presionando fuerte. Ella gritó, una vez, dos veces, y su cuerpo se tensó, sus músculos internos se contrajeron, apretando su pene como un puño. Él la sintió, la sintió todo, su calor, su olor, su humedad, su piel sudada.
—Estás saliendo —dijo él.
—Sí —gimió ella—. Sí, sí.
Él la tomó por la cintura, la subió, la bajó, una, dos, tres veces, con fuerza, con desesperación, y se corrió otra vez, profundo, llenándola, su semen caliente, espeso, golpeando su útero. Ella se desplomó sobre él, con el cuerpo tembloroso, la respiración rota, los ojos cerrados, las manos colgando a los lados.
Él la sostuvo, la acunó, le lamió el cuello, la oreja, la frente. Ella no se movió. Solo respiró. Y respiró. Y respiró.
—¿Te duele? —preguntó él, con voz suave.
—No —dijo ella—. Me gusta.
Él sonrió, una sonrisa pequeña, casi invisible. La levantó, la puso de pie, la tomó de la mano, la llevó hacia la habitación de atrás, la única habitación con cama. Era una habitación sencilla: paredes blancas, una cama de madera con colchón grueso, una ventana con cortinas gruesas, y una lámpara de pie que proyectaba sombras largas sobre el suelo.
Ella se sentó en la cama. Él se quitó la ropa lentamente. Se quedó desnudo frente a ella, y ella lo miró: su pene, que ya estaba medio duro de nuevo, sus musculosos muslos, su vientre plano, sus brazos tatuados con símbolos antiguos. Él se sentó a su lado, la tomó por la cintura, la acostó sobre la cama, y se colocó entre sus piernas. Le separó los muslos con las rodillas, se inclinó, y le lamió el clítoris. Ella gimió, arqueó la espalda. Él la lamió con lentitud, con suavidad, rozando con la lengua el capuchón, pasando por el surco, hasta su entrada, donde probó un dedo, luego dos, con movimientos suaves, húmedos.
—Quiero verte entrar —dijo ella.
Él se puso de pie, tomó una botella de aceite de oliva que tenía sobre la mesita de noche, la vertió en su mano, y se lubrificó el pene. Luego, se colocó entre sus piernas, la empujó con suavidad, hasta que la punta de su pene rozó su entrada. Ella tensó los músculos, lo sintió, lo esperó. Él se inclinó, le besó los labios, la lengua, y se empujó hacia adentro, con un movimiento lento, constante, hasta el fondo.
—Estás tan húmeda —dijo él.
—Sí —gimió ella.
Él se movió. Subía, bajaba, con ritmo, con fuerza, con deseo. Ella lo sentía todo: su peso, su calor, su pene que la golpeaba desde dentro, sus nalgas que se golpeaban contra las suyas, sus pechos que rebotaban, sus pezones que rozaban contra el pecho de él. Él la tomó de las caderas, la subió, la puso de rodillas, con las manos sobre la cama, y la tomó por detrás. Ella se apoyó en los codos, la cabeza baja, el cabello colgando, y él la tomó fuerte, la empujó con fuerza, con lentitud, con desesperación. Ella gimió, una, dos, tres veces, sin detenerse. Él se corrió, con un grito, con un gruñido, con todo, con su alma, con su cuerpo. Ella lo sintió, lo sintió todo, su semen golpeando su útero, su pene palpitando dentro de ella, su cuerpo temblando, su respiración rota.
Él se retiró, se acostó a su lado, la tomó entre sus brazos, la abrazó, la besó en la frente. Ella no dijo nada. Solo se quedó allí, con su piel contra la suya, con su olor, con su calor.
—¿Te vas mañana? —preguntó él.
—Mañana —dijo ella.
—Ven el próximo viernes —dijo él.
—Sí —dijo ella.
—Cuando llueva. Siempre cuando llueva.
Ella asintió. Cerró los ojos. Escuchó el sonido de la lluvia en el techo. El fuego crepitaba en la chimenea. Él la abrazó más fuerte.
Era una promesa, no escrita, pero real. Una promesa hecha de piel, de calor, de deseo. No de amor. No de culpa. De deseo puro, crudo, sin name, sin etiquetas, sin miedo. Solo ellos. Solo el cuerpo. Solo el fuego.
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