La curva de la luna en su cuello

La curva de la luna en su cuello

@tomas_leon ·16 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (9) · 19 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que la vi, estaba lloviendo a cántaros en la terraza del bar El Mirador, en el último piso del edificio que daba al río. Yo me había quedado hasta tarde retrasando el final de un turno que ya no soportaba. Ella apareció con el pelo negro como tinta mojado por la lluvia, pegado a las mejillas, los hombros y el cuello. Un vestido ajustado, de seda oscura, le marcaba la cintura y la curva de las caderas. Piel morena profunda, casi dorada bajo la luz tenue del bar, pero con ese brillo cálido que solo tienen las pieles que han nacido bajo un sol diferente. Me llamó la atención por algo que no esperaba: no por la belleza, sino por la forma en que caminaba, firme, sin apuro, como si supiera exactamente adónde iba y no le importara si tardaba. Se sentó sola, en la esquina más oscura, ordenando un cóctel que se llamaba *Luna Negra*. Cuando el camarero le preguntó si quería hielo, asintió con una sonrisa leve, sin prisa, sin coquetería. Sólo con una seguridad que me hizo tragar seco.

Me levanté. No pensé. Me levanté y caminé hasta su mesa. Me presenté: *Tomas*. Ella me miró, me devolvió la sonrisa y dijo: *Leyla*. Su voz era grave, ronca, con un acento que no pude ubicar al instante —no era de aquí, pero tampoco extranjero, sino algo intermedio, como si hubiera nacido en dos lados a la vez. Le pregunté si le importaba que me sentara. Me dijo que no, que la lluvia era un buen pretexto para hablar.

Hablamos dos horas. No de nada importante: del clima, del ruido del tráfico, del sabor del cóctel, de cómo el viento entraba por las ventanas como un ladrón silencioso. Pero cada frase la decía con intención. Cada gesto, cada movimiento de sus dedos sobre el vaso, cada vez que cruzaba las piernas, era un latido más cerca de mí. Yo sentía cómo me cambió la respiración. No era solo atracción física —era algo más antiguo, más visceral, como si mi cuerpo ya la conociera desde antes de verla.

Me miró con los ojos semicerrados, como si me leyera los pensamientos. —¿Quieres ver algo que no debes? —me preguntó, y me dio su celular. En la pantalla, una foto: ella, desnuda, sentada sobre una cama roja, la piel brillante, los pechos altos, firmes, las乳头 oscuros y hinchados, las piernas ligeramente abiertas, una mano entre ellas, la otra sosteniendo un anillo de plata que brillaba. —Es mi último selfie. —Me devolvió el celular, pero no apartó la mirada—. ¿Te gusta lo que ves?

—Me gusta lo que *imagino* —dije, y me acerqué más. Tanto que sentí su aliento en la mejilla.

—Entonces ven —susurró—. A ver si tu imaginación acierta.

No hubo más palabras. Salimos del bar bajo la lluvia que ya se había vuelto suave, una brisa cálida que olía a tierra mojada. Subimos al auto en silencio, ella sentada a mi lado, las piernas juntas, las manos sobre el muslo, la espalda derecha, la cabeza inclinada un poco hacia mí. Cuando llegué a su casa, una casa pequeña con paredes blancas y un jardín de limoneros, me dijo: *Pasa. Quiero que veas todo. Sin prisa, sin miedo*.

La seguí.

Dentro, el aire era diferente: más denso, más cálido, con olor a jazmín y a sudor. Ella se quitó el vestido sin prisa, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro que apenas contenía sus pechos, redondos, firmes, con pezones grandes y oscuros que se erizaron al verme mirar. Me desabrochó la camisa con los dedos lentos, me deslicé los pantalones y los boxers juntos, bajándolos hasta las rodillas. Me miró el pene, ya tieso, ya sudoroso de anticipación, y soltó una risa baja, satisfecha.

—Bello —dijo, y me tomó con ambas manos, lo apretó suavemente, lo movió de arriba abajo, como quien prueba la madurez de una fruta—. Grande. Caliente. Mío.

Me senté en el sofá, y ella se sentó a horcajadas sobre mí, con las manos apoyadas en mis hombros. Me miró a los ojos mientras se desabrochaba el sujetador. Los pechos le salieron libres, pesados, perfectos, con pezones que se pusieron aún más duros al sentir el aire. Me los llevó a la boca, y yo los tomé con mis manos, los masajeé, los apreté, los hice vibrar con el pulgar. Ella gimió, una nota aguda, corta, que me hizo estremecer.

—Ahora —dijo, y se inclinó hacia atrás, abrió las piernas, y me mostró su vagina. Pelada, perfecta: labios grandes, oscuros, húmedos, ya brillantes de deseo, un pequeño montículo de vello negro al centro. Me miró—. Quiero que me lo metas. Ahora. Que lo sientas todo.

Me levanté. La tomé de la cintura y la llevé a la cama. Ella se tumbó, las piernas abiertas, los pechos subiendo y bajando con la respiración acelerada. Me coloqué entre ellos, el pene ya húmedo de preseminal, la punta rozando sus labios. Ella me guió con una mano, me empujó contra su entrada, y yo empecé a entrar, lento, lento, sintiendo cómo se abría, cómo se estiraba, cómo me tragaba con fuerza, con calor, con urgencia.

—Sí… sí… —murmuraba—. Más adentro. Todo. Quiero sentirte hasta en la garganta.

La embestí. Una, dos, tres. Cada embestida la hacía saltar, sus pechos rebotando, su cabeza cayendo hacia atrás, el cuello arqueado, mostrando esa curva que me había llamado la atención desde el primer momento. Sus manos se clavaban en mis muslos, sus uñas dejando media luna roja en mi piel. Yo la miraba, la observaba como si fuera un mapa que nunca había leído: la contracción de sus músculos internos alrededor de mi pene, el sudor en su frente, el temblor de sus piernas, la forma en que sus ojos se ponían vidriosos, como si no viera nada más que el placer que le daba.

—Tomas… —dijo, y su voz se rompió—. Más fuerte. No pares. Quiero que me rompas.

Yo la tomé por las caderas, la levanté un poco, y la bajé sobre mí con fuerza. Ella gritó, un grito agudo, entrecortado, y me agarró del cuello, con las uñas clavadas. Yo le mordí el hombro, suavemente, para no dejar marca, pero lo suficiente como para hacerla temblar. Entré y salí, más rápido, más fuerte, con el pene ya hinchado, ya palpitando, ya listo para estallar. Ella gemía sin parar, sin control, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con la lengua asomando un poco.

—Voy… —dijo, y su cuerpo se arqueó como un arco—. ¡Voy!

Y en ese instante, su vagina se contrajo, se apretó, me atrapó, me sacudió como una tormenta. Yo sentí cómo mi pene palpitaba, cómo el seminario subía, cómo el cuerpo me decía *ahora*, y yo la embestí una última vez, profundamente, hasta el fondo, y solté todo dentro de ella, con fuerza, con ganas, con un gemido gutural que salió de lo más profundo.

Ella se derritió sobre mí, sudada, temblando, con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios. Yo la abracé, la sentí contra mi pecho, su corazón latiendo contra el mío, su aliento caliente en mi cuello.

—¿Y ahora qué? —me preguntó, sin abrir los ojos.

—Ahora —dije, besándole la frente—… ahora vuelvo a entrar. Porque aún no has sentido nada.

Y la tomé otra vez, porque el deseo no muere con el orgasmo. Sólo se transforma.

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@tomas_leon

Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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