La Cena del Viernes
4 minLa Cena del Viernes
El sol ya se había hundido detrás de los edificios de Palermo Hollywood, dejando una luz anaranjada que se colaba por las persianas entrecerradas de la cocina de Ana. Ella tenía cuarenta y siete años, piel morena ligeramente arrugada en los párpados, pero ese cuerpo que aún mantenía tersura y curvas definidas tras dos partos y una vida de correr tras dos adolescentes. Se había vestido con una camisa blanca holgada, sin sostén, y una falda negra que le subía hasta la mitad de los muslos cuando se inclinaba a revolver lo que tenía en la sartén. El olor a ajo, vino tinto y carne asada llenaba el aire.
—¡Llegás tarde, gorda! —le dijo Marta desde el sofá, sin apartar los ojos del celular.
—Andá a cagar, que ya me conocés —respondió Ana, sonriendo con esa sonrisa que le hacía temblar los labios—. Y no soy gorda, sos celosa porque ayer te subiste a la báscula y te llevaste un susto de muerte.
Marta se levantó, se acercó con paso lento, y le acarició la cintura con una mano húmeda de vino. Tenía cincuenta y dos, pero se movía como si tuviera treinta, con esa seguridad que solo dan los años y las ganas de usarlas. Se puso detrás de Ana, le rozó la nuca con los labios, y respiró profundo.
—Huele a sexo ya, ¿sabés? —susurró, con voz ronca.
Ana giró sobre sus talones y la miró fijo, los ojos oscuros, las pupilas dilatadas por el vino y la anticipation. Sin decir nada, le quitó la camisa de un tirón. Los pechos le colgaban un poco, pero eran firmes, redondos, con pezones hinchados y oscuros por la luz tenue. Marta le metió la mano dentro del sujetador —porque sí lo llevaba, aunque Ana lo había desabrochado— y le apretó un pezón entre el pulgar y el índice. Ana soltó un gemido corto, fuerte, como un bufido.
—Vení —dijo Ana, agarrándola de la muñeca.
La llevó al dormitorio, la cama deshecha, las sábanas de algodón blanco ya arrugadas por el calor. Marta se sentó en el borde, se descalzó despacio, y se quitó la falda. Debajo, un slips de encaje negro, mojado ya por el deseo. Ana se arrodilló frente a ella, le separó las piernas con las manos, y se metió la lengua adentro de la concha en un movimiento rápido, húmedo, hambriento. Marta se arqueó, soltó un grito ahogado, le clavó las uñas en los muslos.
—Mierda, Ana… —musitó—. Me la vas a sacar con la boca, joda.
Ana no respondió. Lamió el clítoris, lo chupó suave, lo rozó con los dientes, lo apretó con la lengua. Marta se movía al compás, sus caderas buscaban más presión, más calor, más mierda. Ana le metió dos dedos en la vulva, los curvó hacia adentro, y comenzó a moverlos con ritmo, lento, calculado, hasta que Marta gritó:
—¡Ahora, carajo! ¡Quiero tu verga!
Ana se levantó, se quitó la falda y el slips, se desabrochó el pantalón. No tenía verga, pero Marta lo sabía. Ana tenía un falo de silicona, negro, realista, con venas dibujadas, que guardaba en el cajón de la cómoda desde hacía meses, por las noches en que el silencio del departamento le dolía más que el deseo. Se lubrificó con la saliva de su boca y el jugo de Marta, se lo puso con cuidado, apretó el botón y lo activó. Vibraba, latía, palpitaba como una cosa viva.
—Dame tu culo —dijo Ana.
Marta se volteó, se apoyó en las manos, levantó la cadera. Ana le separó las nalgas, le metió un dedo en el ano, lo movió, lo ensanchó, lo relajó hasta que le entró el segundo. Luego, con un movimiento lento, hundió el falo hasta la raíz. Marta soltó un grito agudo, sus manos temblaban, su respiración se cortó. Ana la agarró de las caderas, le clavó los dedos, y comenzó a sacudirla: adentro, afuera, con fuerza, con ganas, con el cuerpo de una mujer que no había dejado de desear desde que tenía veinte años.
—Sí, jodé —gruñó Ana, sudorosa, con la voz rota—. Sí, garchá, que te la voy a llenar de mierda.
Marta se corrió con un chillido desgarrado, el cuerpo entero estremecido, la cara contra la almohada. Ana la siguió segundos después, gritando su nombre como una plegaria, como un pecado, como un acto de vida. Se derramó dentro, vibrando, temblando, con los ojos cerrados y la boca abierta.
Después, se lavaron con agua tibia, se sentaron en la cocina, con dos vasos de vino y el plato de asado que ya estaba frío.
—¿Volvemos a hacerlo mañana viernes? —preguntó Marta, con una sonrisa perezosa.
—Siempre, pija —respondió Ana, y le rozó la rodilla con la suya—. Semanal. Es ley.
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