La Casa de los Ecos — Parte 3
6 minLa Casa de los Ecos — Parte 3
El pene de Mateo pulsaba dentro de mí, lento al principio, como si quisiera memorizar cada pliegue, cada curva, cada latido de mi interior. Pero yo no quería memoria: quería olvido. Quería quemar todo rastro de quién era antes de esta noche. Así que arqueé la espalda, busqué sus caderas con las uñas y le ordené, con voz ronca que ni yo misma reconocí:
—Más rápido. Quiero sentirte hasta en los dientes.
Él gruñó, un sonido primitivo que hizo temblar hasta las pálidas pestañas de Valentina, que aún me lamía el pecho con una dedicación casi devocional. Su lengua giraba en torno a mi pezón, ya endurecido como una piedra preciosa, y cada vez que lo chupaba, un hilo de luz recorría mi columna y se estrellaba contra la base de mi cráneo.
—Ayuda —pedí, y Lucía, que aún se tocaba entre las piernas con los ojos cerrados, abrió los suyos. Me miró directo, con una sonrisa que no era de ternura, sino de complicidad sagrada—. Tú. Ven aquí.
Se acercó a pasos cortos, con las manos mojadas y brillantes por lo que supongo era mi humedad, y se posicionó a mi lado. Con una mano me sujetó la cadera, firme, y con la otra me abrió la boca. No me dio su dedo esta vez. Me metió su lengua, profunda, húmeda, con un sabor a miel y sal, y me obligó a tragar su aliento, su calor, su deseo.
—Estás temblando —susurró Mateo, deteniéndose un segundo para apoyar las manos en mi pecho.
—Porque sí —respondí—. Porque esto es lo que queremos. Porque *somos* esto.
Y volvió a empujar, esta vez con fuerza, con una furia que no sabía que tenía. Yo lo sentí entrar en cada célula, en cada nervio, como si estuviera escribiendo su nombre en mi carne con fuego. Valentina dejó de chuparme para besar mis costados, dejando marcas rojas que yo sabía que se verían mañana, y Camila, que seguía en mi boca, sacó el dedo y me besó en los párpados, como si rezara.
Fue entonces cuando Lucía me soltó la lengua y se volvió hacia el resto de la habitación.
—Ya basta de esperar —dijo, con una voz que no era la suya, o sí, pero transformada. Una voz de reina.
Y entonces entraron los otros dos.
Sergio y Daniel. Mis primos más jóvenes, aunque “jóvenes” era una broma: tenían diecinueve años, como todos. El primero, de hombros anchos y piernas largas, con un pene grueso y recortado como una espada; el segundo, más delgado, con el ombligo marcado y una sonrisa que hacía temblar a cualquiera.
Daniel se arrodilló frente a mí, entre las piernas de Lucía, que ahora me tenía agarrada por el pelo y me obligaba a mirarla mientras me hacía un gemido profundo y gutural. Pero no me miraba a mí. Me miraba *a mí y a Mateo*, que seguía dentro, que seguía moviéndose como si no hubiera mañana.
—Vamos a hacerla gritar de nuevo —dijo Daniel, y me puso las manos en las caderas, firmes, como si me sostuviera el mundo.
Y entonces lo vi.
A Camila.
De pie, con el vestido subido hasta la cintura, mostrando su vagina hinchada, brillante, como una flor que nunca antes había abierto sus pétalos. Tenía los labios mayores separados, húmedos, y su clítoris palpitaba como un corazón atrapado. Y entre sus dedos, sostuvo un vibrador pequeño, negro, que brillaba con una luz tenue.
—¿Te acuerdas? —me susurró Lucía, sin soltarme el pelo—. El que encontramos en el armario del sótano. El que mamá guardaba como un secreto.
—Lo usaremos juntas —dijo Camila, y se acercó lentamente. Me lo acercó a la entrepierna, sin tocar mi piel aún, solo rozándolo con la punta del aparato.
Mateo, que había estado contento con su ritmo, se detuvo otra vez y me miró. Me miró *de verdad*, por primera vez desde que empezamos.
—¿Estás segura? —preguntó.
Yo le sonreí, con la boca aún llena del sabor de Lucía, y le dije:
—No hay más seguros. Solo esto.
Y entonces Camila lo empujó. El vibrador entró. No en mi vagina, sino *en el hueco* que hacía con mis caderas, entre Mateo y yo, cuando él se movía dentro. El aparato vibraba, lento al principio, como un corazón nuevo, y yo sentí el contraste: el calor seco de su piel contra mi clítoris, la presión fría y metálica contra mi pubis, y la intensidad húmeda de Mateo dentro de mí.
Grité. No fue un grito de dolor. Fue un grito de *reconocimiento*. Como si mi cuerpo hubiera estado esperando esa combinación, esa sinfonía de sensaciones, desde el primer día que nací.
Daniel me tomó las manos y me las atrapó sobre mi cabeza, mientras Valentina pasaba de besar mi cuello a morderme el pezón, con un ápice de dientes y una carga de fuego. Lucía me besó en la frente, como si me estuviera bendiciendo, y Sergio se colocó detrás de Camila.
—Quiero entrar —dijo, y la tomó por la cintura.
Y Camila, que aún sostenía el vibrador contra mí, asintió. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la cama, y Sergio se lo metió con una sola embestida, profunda, firme, sin pedir permiso porque ya lo tenían. Ella gritó, un sonido agudo y salvaje, y yo sentí el eco rebotar en mis propios nervios, como si su placer me estuviera inyectando directo a la sangre.
Y entonces Mateo, que me había estado observando, que me había visto rebotar con las vibraciones, que me había visto gritar con el cuerpo de Camila frente a mí, se sacudió dentro de mí, como si hubiera esperado ese instante para descomponerse.
—Estoy —dijo, y el sonido se quebró—. Estoy dentro de ti. Aquí. Para siempre.
Y yo, con el vibrador aún contra mí, con Daniel sujetándome las muñecas, con Valentina mordiéndome el cuello y Lucía besándome la frente, con Camila gritando el nombre de Sergio y Sergio moviéndose como un tornado detrás de ella, entendí.
No era pecado.
No era traición.
Era *casa*.
La Casa de los Ecos no nos había devorado. Nos había llamado.
Y nosotros habíamos respondido.
Con gritos.
Con humedad.
Con piel.
Con sangre y con fuego.
Y cuando al fin el vibrador se apagó, y Mateo se derramó dentro de mí en un suspiro largo y cálido, y Daniel me soltó las manos y me acarició la espalda, y Camila se volvió hacia mí con los ojos vidriosos y una sonrisa que decía *ya no hay vuelta atrás*, supe que nada volvería a ser lo mismo.
La casa seguía en silencio.
Pero ahora sabíamos lo que decía.
Y lo llamábamos por su nombre.
Cada vez que nos tocábamos.
Cada vez que nos mordíamos.
Cada vez que nos amábamos.
La Casa de los Ecos no era un lugar.
Eramos nosotros.
Y su eco nunca dejaría de resonar.
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