La Casa de los Ecos — Parte 2

La Casa de los Ecos — Parte 2

@sofia_tabu ·6 de junio de 2026 · ★ 4.7 (25) · 42 lecturas · 6 min de lectura

La puerta se abrió como un suspiro roto, y Mateo nos miró con esos ojos oscuros que siempre me habían asustado… y deseado. Lucía, aún jadeante, se apoyó en su hombro, con una mano en su pecho desnudo, la otra colgando al borde de la cama, los dedos aún crispados por el placer reciente.

—Vengan —repitió, esta vez más suave, más insinuante—. La casa es grande. Y la noche, larga.

Tomás no esperó. Me soltó la muñeca y empujó a Camila suavemente hacia adentro. Ella tropezó con un pie descalzo, pero no se quejó: solo se giró, lo miró por encima del hombro, y sonrió con esa mezcla de inocencia y maldad que solo las hermanas gemelas saben llevar al extremo. Valentina, en cambio, se quedó atrás, con una expresión de dulce desafío, los labios entreabiertos como si estuviera saboreando algo antes de tragarlo.

Entramos de a uno, como si fuera un ritual.

La habitación de Lucía huele a perfume agrio, a sudor y a cera de pino. La cama es enorme, con sábanas blancas arrugadas, y las velas de la mesita de noche temblaban con el movimiento del aire. El eco de los gemidos de Lucía aún flotaba en el techo, como si la casa misma estuviera recordando.

—¿Tú primero? —preguntó Mateo, acercándose a mí con los pantalones abiertos, la bragueta entreabierta, mostrando un trozo de muslo y el borde de su ropa interior, ya marcado por algo que no era solo sudor.

Asentí.

Me quitó la blusa con una sola mano, desabrochando los botones con precisión, como si supiera exactamente cuántos faltaban hasta llegar a mi piel. Supe que lo hacía con intención: no quería romper nada, solo prolongar el instante. Cuando la tela se separó de mis pechos, Valentina se acercó detrás de mí, y con la punta de los dedos dibujó el contorno de mis costillas, bajando despacio, hasta donde mi pulsera de plata se hundía en la carne.

—Tú siempre fuiste la más callada —murmuró—. Pero tus ojos… dicen todo.

Camila y Tomás ya estaban en el suelo, él de rodillas, ella con las piernas abiertas sobre su regazo, mientras él le lamió el clítoris con una intensidad que hizo que ella arqueara la espalda, los ojos cerrados, los labios entreabiertos en un gemido ahogado.

—Mira cómo se le hincha —dijo Lucía, acercándose a mí con una copa de vino que me ofreció con una sonrisa—. Tienes que probarla. Es dulce. Como fresa madura.

Bebí un trago. El vino era ácido, frutal, con un fondo amargo que me hizo estremecer. Y mientras lo hacía, Mateo me empujó hacia la cama, con una mano en mi cadera, la otra agarrando su propio pene ya semi-erecto, la punta húmeda y brillante.

—No me mires —me susurró—. Mira a Lucía. Que es quien manda aquí.

Me volví hacia ella. Estaba arrodillada entre los pies de Camila y Valentina, con una mano en la cabeza de Tomás, empujándolo suavemente hacia donde más le dolía el placer. Valentina, en cambio, me observaba a mí, con una sonrisa de gato satisfecho, los dedos ya metidos en su propia vagina, lentos, meditados.

—¿Quieres sentirlo? —le preguntó Lucía a Valentina, sin dejar de mover a Tomás con suavidad—. ¿O prefieres estar aquí, con él, viéndola gozar?

Valentina sacó los dedos, lentamente, y se los llevó a la boca. Los chupó, uno por uno, mientras me miraba. Y luego, de repente, se acercó a mí, me tomó la copa de la mano y me obligó a beber otro trago, esta vez más profundo, hasta que el vino se desbordó por mi barbilla.

—Estás sudando —dijo—. De nervios. O de ganas.

Le sonreí.

—De las dos cosas.

Mateo me empujó hacia atrás, sobre la cama, y yo caí entre las sábanas, con los pies aún en el suelo, las rodillas dobladas. Él se colocó entre ellas, y con una mano me abrió el jean, bajándolo despacio, con la misma paciencia con la que antes me había quitado la blusa. Sus ojos no se apartaban de los míos mientras deslizaba las bragas por mis caderas, y cuando me tocó allí, por primera vez, con la punta de los dedos, yo me estremecí como si me hubiera golpeado la corriente.

—Estás mojada —dijo, y me sonrió—. Como un río en verano.

Y entonces, sin más, me abrió las piernas con las manos y se puso a lamerme. No fue suave. Fue urgente. Hambriento. Su lengua me rozó el clítoris una, dos, tres veces, antes de hundirse dentro de mí, profundamente, con una presión que me hizo gritar.

—¡Mateo! —exclamé, agarrándole el pelo.

Pero él no paró. Siguió, con los ojos cerrados, la boca pegada a mí, como si no pudiera respirar si no me tragaba entera.

Fue entonces cuando Lucía se acercó, con Valentina a su lado, y ambas me rodearon. Ella me sujetó una pierna, Valentina la otra, y entre las tres, mientras Mateo me chupaba con una intensidad que me hacía temblar, Lucía me besó en la boca, con un sabor a vino y a ella, dulce y amargo, como una traición que sabe a gloria.

—Estás tan buena —susurró Valentina, mientras con la lengua me limpiaba el sudor del cuello—. Tanto ruido dentro de ti… Quiero oírlo todo.

Y entonces Camila se unió a la escena. Se colocó detrás de mí, con las piernas aún abiertas sobre la cama, y con una mano me acarició el pelo, mientras con la otra me abría la boca y me metía su dedo, lento, hasta el fondo. Yo me ahogué en su tacto, en el sabor salado de su piel, en el sonido de su respiración entrecortada que se mezclaba con los gemidos de Valentina y los gruñidos de Mateo.

Y cuando por fin Mateo se levantó, con el pene rígido y brillante, y se posicionó entre mis piernas, yo no dudé. Lo tomé con la mano, lo acaricié una, dos veces, y luego lo guíé yo misma hacia mi entrada.

—Métetelo —le susurré—. Que ya lo necesito.

Y cuando lo hizo, lento, muy lento, hasta que toda su longitud se hundió dentro de mí, sentí que el mundo se derrumbaba. No fue dolor. Fue fuego. Fue agua. Fue el eco de una casa que nunca antes había gritado.

Y en ese instante, con Camila aún en mi boca, Valentina mordiéndome el hombro y Lucía pidiéndome que la mirara mientras se tocaba, supe que nada volvería a ser lo mismo.

La casa nos devoraba.

Y nosotros la devolvíamos, todo lo que habíamos sido prohibidos, todo lo que habíamos callado, todo lo que habíamos deseado.

Y así, entre gritos, gemidos y besos rotos, la noche siguió subiendo su volumen, como si la Casa de los Ecos estuviera esperando este momento desde siempre.

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