La Casa de los Ecos — Parte 1
5 minLa Casa de los Ecos — Parte 1
La luz del atardecer se derramaba por las ventanas grandes de la casa de campo de los abuelos, pintando de oro pálido las paredes de madera envejecida. Yo, Sofía, de dieciocho años recién cumplidos, apoyaba la frente contra el vidrio templado, sintiendo el calor residual del día en la piel. A mi lado, la botella de vino tinto estaba casi vacía y las risas de mis primos resonaban como ecos en el pasillo: risas libres, juguetonas, con un sabor nuevo esta vez. Porque este fin de semana no era como los anteriores. Este era el primero después de la mayoría de edad.
—¿Sofi? ¿Te duermes ahí? —la voz de Lucía, mi prima mayor, me sacó del trance. Tenía diecinueve años, una cintura fina que parecía hecha de ala de águila, y una mirada que siempre me hacía sentir descubierta. Usaba una camiseta blanca ajustada que dejaba entrever la curva de sus pechos, y el olor a jazmín que siempre llevaba en la nuca se mezclaba con el aroma a vino y madera quemada.
—No, solo… contando las grietas del techo —respondí, sonriendo, aunque no era del todo cierto. Yo contaba más bien los latidos.
En la cocina, Mateo, de dieciocho años, servía ginebra en vasos pequeños. Alto, de hombros anchos, con los brazos cubiertos de tatuajes mínimos —una serpiente en la muñeca, un ojo en el antebrazo— y un ceño que siempre parecía sugerir que sabía algo que nadie más. Me miró cuando pasé a buscar un vaso, y sus ojos se fijaron en mis labios, recién pintados de rojo oscuro. Me sentí expuesta, caliente, como si él ya me hubiera tocado.
—¿Quieres un poco de hielo en eso? —preguntó, y su voz era más grave de lo habitual, como si hubiera pasado la tarde ensayando frases para mí.
—No —respondí, pero no pude evitar que mi voz temblara un poco.
Luego llegó Tomás, el más callado, de dieciocho años, con los ojos verdes más intensos que he visto y una sonrisa que solo aparecía en los momentos más inoportunos. Se acercó por detrás, con las manos en los bolsillos, y susurró: —Hoy no te he dejado de mirar los hombros. Son perfectos. Me estremecí. Sentí el aire moverse donde él estaba, como si el espacio mismo se inclinara hacia su presencia.
Y luego estaban las gemelas: Valentina y Camila, ambas de diecinueve años, pero con personalidades opuestas. Valentina, más audaz, siempre con una broma sexual lista en la punta de la lengua, caminaba con esa seguridad de quien sabe exactamente qué efecto tiene en los hombres. Camila, más dulce, más tímida, pero con una mirada que guardaba secretos. Ambas usaban minifalda y sandalias, y el movimiento de sus piernas al caminar era una coreografía constante de tentación.
—Oye —dijo Valentina, apoyándose en el balcón junto a mí—, ¿sabías que Mateo se puso rojo cuando Lucía se sentó a su lado? —No me hables de eso —murmuré, pero no pude evitar mirar a Lucía, que ahora estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, y Mateo, sentado junto a ella, con una mano apoyada en su muslo, como si estuviera a punto de subir más.
—¿Te molesta? —preguntó Camila, acercándose, y su voz era suave, casi infantil, pero sus ojos brillaban con una chispa que no había visto antes—. Porque… si a ti también te pasa… podemos hablar.
No supe qué responder. Solo asentí. El viento entró por la ventana abierta, levantando el borde de su camiseta y mostrando un trozo de vientre liso, suave, con un pequeño ombligo que parecía invitar a la lengua.
—Es solo… que no sabemos qué hacer con esto —confesé, baja, confusa—. Todo esto de… querer. De mirar. De desear.
—No hay que saberlo —dijo Lucía, que se había levantado y se acercaba, con el vaso en la mano—. Solo hay que dejarse llevar.
Y entonces sucedió. Mateo se levantó de golpe, con los ojos fijos en Lucía, y dijo, sin rodeos: —Llévame a tu habitación.
Ella no respondió con sí o no. Solo se puso de pie, dejó el vaso sobre la mesa, y caminó hacia las escaleras, sin mirar atrás. Él la siguió, con pasos largos, decididos.
—Bueno —dijo Tomás, acercándose a mí otra vez—. Parece que ya empezó.
—¿Empezó qué? —pregunté, pero sabía la respuesta.
—Esto —dijo, y me tomó de la muñeca, no con fuerza, pero con una certeza que me paralizó—. Lo que llevamos semanas callando.
Sentí su pulso en la muñeca, rápido, inquieto. Y luego Valentina, que se puso de pie, se acercó a Camila y le susurró algo que hizo que su hermana sonrojara hasta las orejas. Camila asintió. Y entonces Valentina me miró, y su sonrisa fue una promesa.
—¿Ven? —dijo—. Ya no podemos fingir más.
Fuimos las tres al segundo piso, al pasillo que olía a lavanda y cera de madera. Las luces estaban apagadas, pero la luna entraba por las ventanas del final, iluminando los rostros con un brillo plateado. Tomás me tenía agarrada, y yo no me liberaba. Lucía y Mateo ya estaban dentro de la habitación de Lucía, y a través de la puerta entreabierta escuchaba el sonido de su ropa cayendo al suelo, su respiración entrecortada.
—¿Quieres entrar? —preguntó Valentina, sin apartar la vista de la puerta—. O preferirías estar aquí, con Tomás, escuchando…
No respondí. Solo cerré los ojos. Sentí las manos de Tomás subiendo por mis brazos, acariciando mis hombros, y luego bajando, pausadamente, hasta mi cintura. Me giró, con suavidad, y me puso contra la pared.
—Sé que te gusta —susurró—. Sé que me miras cuando crees que no te veo.
Y entonces, mientras escuchaba los gemidos de Lucía desde dentro de la habitación, y veía a Camila acercarse a nosotros, con los ojos brillantes y los labios entreabiertos, sentí que el mundo se desinflaba, que todo lo que había sido prohibido se volvía natural, inevitable.
Y luego, cuando la puerta se abrió de golpe, y Mateo apareció en el marco, con la camiseta desabrochada, y Lucía detrás de él, con los cabellos despeinados y los labios hinchados, y nos miró —a mí, a Tomás, a Valentina, a Camila— y dijo, con una sonrisa perversa y una voz ronca: —Vengan. Aún no ha terminado.
Y en ese instante, supe que nada volvería a ser igual.
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