Esa vez en el apartamento de la carrera 13
El aire de Bogotá caía frío y espeso sobre el edificio de ladrillo visto, allá por la carrera 13 con quinta. Dentro del apartamento 402, la luz amarilla de la lámpara del comedor apenas alcanzaba a dibujar las siluetas de dos cuerpos que se rozaban sin prisa, como si el tiempo se hubiera acostado con ellos en la cama deshecha.
Mateo, de camisa abierta y ojos oscuros que no se sabía si eran tristes o profundos, le acariciaba la espalda a Camila con dedos lentos, desde los hombros hasta el borde del pantalón ajustado que ella aún llevaba puesto. Ella, sentada sobre sus piernas, movía las caderas en círculos suaves, sintiendo el bulto duro bajo el jeans de él. No dijeron nada. No hacía falta. Desde que se vieron en la fiesta del piso de arriba, con copa en mano y miradas que se clavaron como puñales, ambos sabían que esto pasaría.
—¿Y si nos vamos a tu cuarto? —dijo ella, con voz baja, casi un susurro que se perdió en el silencio del edificio.
—Aquí estamos bien —respondió él, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Aquí nadie nos ve.
Camila se levantó despacio, se quitó el pantalón con un solo movimiento, dejando al descubierto unas bragas negras de encaje que él no pudo evitar mirar con hambre. Se acostó boca abajo, estiró los brazos sobre la almohada y dejó que el silencio hablara por ella. Mateo no tardó. Se desabrochó el cinturón con calma, se bajó el pantalón y el calzoncillo de un solo jalón, liberando un pito grueso, semiendurecido, que ya pedía más.
—Déjame verte el culo —pidió, sin aspereza, con voz de quien sabe que no necesita pedir permiso.
Ella separó las nalgas con las manos, despacio, ofreciéndose. Él se acercó, pasó la punta de los dedos por el surco, sintiendo el calor que despedía. Luego, con la lengua, empezó a recorrer desde la base del ombligo hasta el hoyo apretado, húmedo ya de anticipación.
—Ay, chimba… —murmuró ella, temblando.
Mateo no se apuró. Saboreó cada centímetro, lamió con paciencia, metió la punta de la lengua apenas, una y otra vez, hasta que Camila empezó a gemir bajito, moviendo las caderas como si buscara más. Entonces, se levantó, se acercó al buró, sacó un condón y un frasco de lubricante que había comprado esa misma tarde, con la esperanza de que esto pasara.
—¿Estás lista? —preguntó, poniéndose el preservativo con cuidado.
—Sí… pero despacito —pidió ella, sin voltear.
Él untó el lube en su pito y luego en la entrada de ella, con dos dedos primero, moviéndolos despacio, abriendo el camino. Camila respiró hondo, se relajó, y cuando sintió que ya no dolía, asintió con la cabeza.
Mateo se acercó, colocó la punta en la entrada y empujó suave, muy suave. Un gemido largo salió de ella cuando entró del todo, lento como un amanecer. Él se quedó quieto, dentro, dejándola acostumbrarse.
—¿Bien? —preguntó, con voz ronca.
—Rico… —respondió ella, con los ojos cerrados—. Sigue.
Entonces empezó a moverse. Poco a poco, con vaivenes largos y profundos, sintiendo cómo el culo de Camila se ajustaba a él, cálido, apretado, como si lo abrazara. Ella gemía en voz baja, a veces decía “más”, a veces “así”, y una vez, entre jadeos, murmuró “qué rico te siento, papi”.
Él aceleró, sujetándole las caderas, mirando cómo sus nalgas se tensaban con cada embestida. El sonido de los cuerpos al chocar, el jadeo contenido, el olor a sudor y deseo… todo se mezclaba en el aire frío de la habitación.
Cuando ella llegó, lo hizo en silencio, con un espasmo que recorrió todo su cuerpo y un gemido que se ahogó en la almohada. Mateo siguió un rato más, hasta que el calor en su vientre no aguantó más, y se corrió adentro del condón, con un gruñido que sonó como un secreto.
Se quedaron así un rato, quietos, sudorosos, sin hablar. Luego, él se salió despacio, se quitó el condón y lo amarró. Camila se dio vuelta, lo miró con una sonrisa pícara y le dijo:
—¿Y si repetimos mañana?
Él solo sonrió, la atrajo hacia sí y le besó la frente.
—La chimba no se comparte —dijo—. Así que cuenta.
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