El viernes que mi esposa me pidió que la cogiera como en los primeros meses

El viernes que mi esposa me pidió que la cogiera como en los primeros meses

@lucia_noche ·28 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (31) · 11 lecturas · 5 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento, ese sonido tan mexicano de junio: aguacero intenso pero breve, con truenos lejanos que retumbaban como si el cielo estuviera peleando con la tierra. Yo estaba sentado en el sofá, con los ojos pegados a la pantalla de la tablet, cuando escuché el crujido de sus pantuflas sobre el piso de madera. No me giré de inmediato —ya conocía ese ritmo, esa pausa entre cada paso—, pero sí sentí su sombra caer sobre mis hombros, y luego el olor: su colonia, esa mezcla de vainilla y tabaco negro que siempre usaba cuando quería impresionar.

—¿Ves eso todo el día? —dijo, con esa voz que aún me ponía los pelos de punta después de seis años juntos.

Le dije que sí con la cabeza, pero ya no estaba viendo nada. Me moría por sentirla cerca, por sentir su aliento en el cuello, por sentir sus manos —esas manos que me conocen hasta en la oscuridad—. Me giré lentamente, y ahí estaba ella: con un vestido viejo de algodón que le quedaba corto en las caderas, sin sujetador, y los pechos moviéndose ligeramente con cada respiración. Su pelo, ese rizo que tanto me encanta, lo tenía suelto, un poco despeinado, como si acabara de salir de la ducha. Pero no olía a jabón: olía a sexo.

—¿Quieres cenar? —pregunté, intentando sonar tranquilo, pero la voz me salió ronca.

Ella se acercó más, se sentó a mi lado, y con la punta de los dedos me rozó la mandíbula. Me fijé en sus uñas: pintadas de rojo oscuro, ese color que dice “no mames, aquí no mides”, y que me hacía recordar la primera vez que la vi en el bar de la esquina, con ese mismo tono en las uñas, bailando sola al ritmo de un cumbión viejo.

—No tengo hambre —susurró, y me tomó la mano, me llevó la palma hasta su muslo, apretado, suave, tibio—. Tengo ganas de que me cogas.

Me heló la sangre. No por la palabra —ya había oído “coger” mil veces entre nosotros—, sino por la manera en que lo dijo: sin vergüenza, sin pedir permiso, como si supiera que yo también lo quería, como si hubiera estado planeándolo todo el día.

—¿Ahora? —pregunté, aunque ya me estaba levantando, tirando la tablet al suelo sin miramientos.

Ella se levantó conmigo, me tomó del cuello de la camisa, y me acercó hasta que sentí su pecho contra el mío.

—Sí, ahora —dijo, y me besó. No un beso cualquiera: un beso de los que te sacan el aire, de los que te hacen olvidar dónde estás, quién eres, qué día es. Su lengua entró con decisión, pero sin prisa, como si ya hubiera decidido que iba a ganar esa batalla.

La tomé de las nalgas y la levanté como si no pesara nada. Ella soltó una risita entre dientes, me envolvió las piernas alrededor de la cintura, y le dije:

—¿Tú mandas hoy, mi vida?

—No —respondió, mordiéndome el labio—. Tú coges. Yo dejo.

Me llevó a la habitación, pero no directo a la cama. Me detuvo frente al espejo del vestidor, me dio la espalda, y lentamente se bajó la tirita del vestido. Me hizo girar la cabeza, obligándome a verla: su espalda, esa curva que se arqueaba cuando se estiraba después de dormir, sus omóplatos que se movían como alas de mariposa cuando respiraba, y luego, cuando el vestido resbaló por sus caderas, su culo: redondo, firme, con esa imperfección que tanto me encanta, un lunar pequeño a la izquierda del hueso de la cadera.

—Mírame —susurró—. Mientras la chingas.

Me desabroché los pantalones sin quitar la vista de ella. Me miré en el espejo: mi verga ya dura, pulsando, con la punta húmeda, como si supiera que iba a entrar en su cuerpo en menos de un minuto.

Me acerqué, la tomé de las caderas, le separé los labios con los dedos, y vi su humedad: brillante, pegajosa, esperándome. Me posicioné, la punta de mi verga rozando su clítoris —ya hinchado, como una nuez pequeña y tersa—, y la empujé dentro con un solo movimiento.

Gritó. No un grito fuerte, sino un quejido ahogado, como si le hubieran quitado el aire y ahora tuviera que recoger los pedazos.

—Sí… sí… así —dijo, y se agarró de la barra del espejo, la cabeza inclinada hacia atrás, el cuello estirado, mostrándome esa zona tan vulnerable.

Empecé a moverme lento, con calma, para que se acostumbrara, para que sintiera cada centímetro. Pero ella me detuvo, me agarro del brazo, y me dijo:

—Más rápido. Quiero sentirte hasta en la garganta.

Y entonces sí: le di todo. La cogí como en los primeros meses, cuando no teníamos nada que perder, cuando el tiempo no existía. La tomé con fuerza, le apreté las nalgas hasta hacerle marcas, le mordí el hombro para no gritar, y sentí cómo su cuerpo se iba relajando, cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo sus uñas se clavaban en el espejo, dejando rastros blancos en el vidrio.

—Lucía… —susurré, con la voz rota.

—Cógeme… cógeme… —repetía, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos.

Y cuando sentí que su vagina se contraía, cuando escuché ese gemido que solo sale cuando ya no puedes controlarte, cuando su cuerpo se estremeció como si la tierra la hubiera tragado y luego la hubiera escupido… entonces yo también me dejé llevar.

Me salió todo dentro de ella, como siempre me salía desde que nos conocimos. Se me llenaban las manos, los brazos, la boca, de su sabor, de su calor.

Se desplomó sobre mí, sudorosa, temblando, y yo la sostuve con fuerza, como si no quisiera soltarla nunca.

—¿Otra vez? —le pregunté, rozándole el cuello con los dientes.

Me respondió con una risita, un suspiro, y un “maldito” que sonaba más como un “gracias”.

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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.

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