El Viento en la Escalera
7 minEl Viento en la Escalera
Te vi subir las escaleras esa tarde, y me quedé quieto, con el vaso de fernet medio vacío en la mano, como si el tiempo se me hubiera petrificado en el umbral del ascensor. No era la primera vez que te veía —vos vivís en el tercer piso, yo en el segundo, y a veces coincidimos en la puerta del edificio cuando el sol se pone tarde en verano—, pero esa vez no tenías esa mirada de prisa, de traje apretado y maletín cansino. Esa vez venías con una blusa blanca, abierta dos botones de más, y el pelo suelto, como si lo hubieras desatado con las uñas después de un largo día.
Te escuché llegar: los tacones contra el piso de baldosas, ese sonido que se mete en los oídos como una promesa lenta. Y luego, cuando pasaste frente a mi puerta, sin mirar, sin dudar, sin detenerte… me di cuenta de que no era casualidad. Porque vos sabés que yo estoy en casa a esta hora. Sabés que trabajo desde casa. Y sabés que cada vez que me cruzo con vos en el pasillo, me demoro un segundo de más en ajustarme la camiseta, como si necesitara que vos me vieras.
—¿Viste que llovío hoy? —dije, cuando vos ya estabas en tu umbral, la llave en la mano.
Te detuviste. Me miraste por primera vez de frente, con esos ojos claros que parecen mirar más allá de lo que vos decís. Y vos sonreíste —esa sonrisa que solo tenés cuando estás cómoda, cuando sabés que algo está funcionando y no hace falta forzarlo—.
—Sí, pero ahora está seco —respondiste, y vos metiste la llave, pero no giraste.
Yo me acerqué. No rápido, no agresivo. Solo un paso, luego otro, como si el pasillo se estrechara con cada metro que avanzaba. El viento entraba por la reja del balcón y movía la punta de tu pelo, ese hilo suelto que se me metía en la imaginación antes de que siquiera lo notaras.
—Y si se vuelve a mojar —dije, mientras vos lo notabas, y vos no te movías—. No me refiero al pavimento. Me refiero a otra cosa.
Vos bajaste la vista un segundo, como para confirmar que entendías. Como para saber si yo también lo hacía. Y vos volviste a sonreír, más lento, más hondo, como si hubieras estado esperando que yo dijera eso desde hace rato.
—¿Y qué otra cosa se puede mojar en esta ciudad, si no con lluvia o con sudor? —preguntaste, y vos apoyaste la espalda contra el marco de la puerta, como si ya supieras que no tenés ganas de entrar.
—Con lo que se moja cuando alguien te toca la nuca —respondí, y vos estiré la mano, pero no te toqué todavía. Solo dejé que el aire entre los dos dedos se sintiera, como una advertencia suave—. O con lo que se moja cuando alguien te susurra algo que vos ya sabés que va a pasar.
Vos no dijiste nada. Solo cerraste los ojos un segundo, como para escuchar algo que no estaba en el aire, sino adentro de vos. Cuando los abriste, vos me miraste de nuevo, y vos extendiste la mano, no hacia mí, sino hacia atrás, hacia tu puerta, como si me invitases a entrar… pero sin decir la palabra.
—Vení —dijiste, y vos no era una orden. Era una confesión.
Yo entré.
Y vos no cerraste la puerta.
El living estaba limpio, con luz natural que se colaba por las persianas medio bajadas. Una manta sobre el sofá, una taza con el fondo oscuro de café viejo sobre la mesa baja, y vos, parada frente a mí, ya sin la blusa. Sólo la camiseta fina, blanca también, pero esta vez transparente, y el sostén de encaje negro que no alcanzaba a esconder nada. Lo que querés que se vea, pensé.
—Me gustó que me hayas seguido hasta acá —dijiste, y vos te acercaste hasta que sentí tu aliento en la oreja—. Pero no me gustó que lo hayas hecho con miedo.
—¿Miedo? —pregunté, y vos apoyé las manos sobre tus caderas, como para sostenerme.
—Miedo a que yo no te quiera. O a que vos no me quieras de verdad —vos me volviste la cara, y vos me miraste a los ojos, con una intensidad que me hizo sentir que me habías leído la vida entera—. Pero vos no estás acá por miedo. Estás acá porque querés. Y eso… eso es lo único que me interesa.
Yo no te respondí con palabras. Te tomé la muñeca derecha, la izquierda la dejé libre, y vos la llevé a tu cintura, donde sentí tu corazón latir más rápido, como un tambor que no sabía si tocaría el ritmo de la fuga o de la victoria. Y vos me acercaste más, hasta que sentí tu pecho contra mi camiseta, y vos me besaste.
No fue un beso suave. Fue un beso que decía: ya no aguanto más. Fue un beso que sabía a fernet, a humedad, a verano que se acaba y a promesas que no necesitan firmarse. Y vos me soltaste la muñeca, vos te pasaste la mano por el cuello, vos me quitaste la camiseta, y vos apoyaste las uñas —cortas, pero firmes— sobre mi pecho, como para asegurarte de que yo también estaba ahí.
—Decime qué querés —dijiste, y vos me empujaste suavemente hacia el sofá—. Porque no lo voy a hacer sin que vos me lo digas.
Yo me senté, y vos te subiste encima, con una rodilla a cada lado de mis caderas, y vos me miraste mientras vos te desabrochabas la camiseta, paso a paso, como si cada botón fuera una decisión que ya habíamos tomado juntos. Cuando vos te la sacaste, vos la dejaste caer al suelo, como si fuera un envoltorio vacío, y vos me mostraste los pechos, redondos, firmes, con los pezones duros y oscuros, como dos semillas listas para brotar.
—Quiero que me toques —dije, y vos me sonreíste, como si me hubieras escuchado desde siempre—. Quiero que me toques como si supieras exactamente dónde me duele y dónde me curás.
Vos no me respondiste con palabras. Me tocaste.
Primero con la yema de los dedos, recorriendo mi pecho, mi vientre, la línea baja de mis cinturas. Luego con la palma, más firme, más húmeda, como si ya supieras cuánto tardaba en ponerme duro. Y vos te inclinaste, vos me chupaste un pezón, y vos me mordiste suavemente, y vos me dijiste:
—Sí… sí, vos me lo decís con el cuerpo, pero yo te lo escucho con las manos.
Yo no aguanté más. Te tomé las caderas, vos te inclinaste, y vos te sentaste sobre mí, con la entrepierna encajada entre mis muslos. Y vos no necesitaste lubrificante. Vos estabas mojada, vos estabas lista, vos estabas mía.
—Dime si es demasiado rápido —dijiste, y vos me miraste, con los ojos cerrados esta vez, como si ya estuvieras dentro de algo que no querías perder.
—No —dije, y vos te moviste, lento, hasta que vos te sentí dentro, completo, húmedo, real—. Decime si vos estás bien.
—Estoy más que bien —susurraste, y vos empezaste a subir y bajar, con una cadencia que no era tuya, ni mía, sino nuestra. Como si el cuerpo nos hubiera enseñado una danza que ya habíamos olvidado, pero nunca dejado de aprender.
Y vos te inclinaste, vos me besaste otra vez, y vos me dijiste, con la voz rota:
—Quiero que me garchés como si esta noche no tuviera mañana.
Y vos me lo dijiste con los ojos abiertos, con la mirada clavada en la mía, como si estuvieras pidiéndome permiso… pero ya no era permiso. Era confianza. Era entrega. Era vuestro cuerpo y el mío, sin máscaras, sin miedos, sin excusas.
Y vos te moviste más fuerte, y vos te agarraste a mis hombros, y vos te inclinaste hacia adelante, y vos me dijiste:
—Más… más fuerte, Tomas… más fuerte.
Y vos me sentí entrar dentro de vos, no con el cuerpo, sino con la palabra, con la mirada, con el silencio que nos quedaba después del último suspiro. Y vos te llegaste al borde del clímax, vos te agarraste más fuerte, vos te mordiste el labio, y vos me dijiste:
—Ahora… ahora mismo.
Y vos me sentí estallar dentro de vos, como una marea que no podía más, como un río que por fin encontraba el mar. Y vos te viniste conmigo, vos te aferraste a mí, vos te mordiste el hombro para no gritar, y vos te quedaste quieta, con la frente apoyada en mi pecho, respirando como si el mundo se hubiera detenido.
No dijimos nada. Solo te quedaste ahí, sobre mí, con el corazón latiendo contra el m
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