El Vicio de la Mano Izquierda
6 minEl Vicio de la Mano Izquierda
La primera vez que vi a Jesús, estaba sentado en el bar de la esquina, tomando un tequila doble como si le doliera el estómago, pero sus ojos no estaban en el vaso. Estaban en mí. Yo llevaba una blusa de seda negra abierta hasta el ombligo, pantalón de pierna ancha y tacones de 10 centímetros que me hacían arquear la espalda como una gata en celo. Él, veinticuatro años, pelo corto, mandíbula dura, manos grandes, camiseta blanca pegada al pecho por el calor del verano de la CDMX. Yo, cuarenta y nueve, divorciada desde hace siete, con dos hijos que ya no duermen en mi casa, y una vida que se había vuelto tan plana como el café sin azúcar que bebo por las mañanas.
—¿Puedo sentarme? —me preguntó, y su voz sonó como un trueno lejano, fuerte pero sin apuro.
—Siéntate si quieres —le dije, sin mirarlo, fingiendo interesarme en el partido que pasaba en la tele del bar—. Pero avisame si te cae mal el alcohol, que aquí no hay ambulance hasta la esquina de la Fila.
Se rió, bajo, con una risa que me subió la temperatura corporal dos grados. Se llamaba Jesús. Un nombre que a mí me daba risa, pero en su boca sonaba serio, casi sagrado. Pero no lo era. Nada de lo que pasó después lo era.
—¿Cuánto tiempo llevas viendo cómo me tomo mis bebidas? —le pregunté cuando volvió a traer otro tequila, esta vez para los dos.
—Tres minutos —respondió, como si contara los latidos—. Pero en tres minutos he pensado mil formas de llevarte a casa.
Me dio el vaso. Mis dedos rozaron los suyos. Una descarga eléctrica. Me miró los labios, luego los ojos, y finalmente bajó la mirada a mi cuello, donde tenía una marca antigua de mordida, casi invisible, pero que aún me hacía estremecer cuando alguien la notaba.
—¿Tienes miedo? —le pregunté.
—No —dijo—. Tengo curiosidad. De las buenas.
—¿Y si te digo que soy de las que no se arrepienten? —le susurré, acercando mi silla hasta la suya, lo suficiente para que sintiera el calor de mi muslo.
—Entonces yo también voy a ser de los que no se arrepienten.
Jesús no era guapo por casualidad. Tenía ese algo que solo los hombres jóvenes tienen: seguridad sin haberla perdido aún, sin haberla roto. Pero también tenía ojos de alguien que aún no había aprendido a mentir. Me lo llevé a mi casa, a la colonia Roma, al tercer piso, al apartamento que huele a caoba, café recién hecho y perfume caro que no uso desde hace años.
—¿Tienes miedo de que te arrepientas? —le pregunté cuando cerramos la puerta.
—Yo no arrepiento nada —dijo, pero su voz tembló un poco—. Solo quiero saber si tú sí.
Le quité la camiseta con lentitud. No con urgencia. Con intención. Sus pechos eran planos, casi infantiles, pero el vello oscuro en el pecho, la textura de su piel, el olor a sudor y tabaco barato me hicieron querer morderlo. Me arrodillé frente a él sin pedir permiso. Él respiró hondo, como si estuviera a punto de saltar al vacío.
—Tú no eres como las demás —dije, mientras desabotonaba su pantalón—. Las otras me preguntan si soy de la época. Tú solo preguntas si me duele.
Le saqué la verga. Estaba tiesa, negra en la punta, húmeda, con venas que palpitaban como si tuvieran vida propia. No era grande, pero era perfecta: ancha en la base, estrecha en la punta, con una cabeza redonda y tersa. Me la llevé a la boca sin mirarlo. El sabor fue salado, fresco, de hombre joven que no se excusa por existir.
—Jesús —le dije, mientras le chupaba el prepucio—, si me dices que te detengas ahora, me detengo. Pero si sigues, no vuelvo a parar hasta que me pida perdón por haber nacido tan tardía.
—No te disculpes por nada —dijo, sujetándome el cabello con suavidad—. Tú eres la primera vez que me siento tan… seguro.
Le metí la verga en la boca. Profundo. Hasta que tosió, hasta que sus ojos se cerraron, hasta que su respiración se volvió entrecortada. Lo solté lentamente, con una sonrisa.
—Ahora tú —le dije.
Me senté en el borde de la cama, con las piernas abiertas. Me quitó los tacones, despacio, como si cada talón fuera un recuerdo. Me desabrochó la blusa, dejó ver mi sujetador de encaje negro, con los pechos redondos, caídos un poco por los años, pero firmes, con los pezones duros y oscuros, como cerezas maduras.
—Tus pechos me gustan —dijo, con la voz ronca—. Como si hubieran amamantado algo importante.
—Amamanté a mis hijos, pero también amamanté mi soledad —le respondí, mientras le tomaba la verga y la apretaba contra mi culo—. Y ahora, si no te detienes, van a creer que también amamanté a un dios.
Me quitó el sujetador. Me besó el cuello, luego la oreja, y finalmente mordió uno de mis pezones con fuerza. Yo grité. No por dolor. Por sorpresa. Porque nadie me había mordido así desde que mi exmarido me dejó. Y ahora, aquí, con un hombre que podría ser hijo mío, sentí que volvía a existir.
—Tú no eres mi hijo —me dijo, como si leyera mi mente—. Tú eres una mujer que me hace sentir vivo.
Me dio la vuelta. Me puso de pie, con las manos sobre la cama. Me separó las nalgas. Me lamió el culo como si fuera lo único sagrado en su vida. Me metió la lengua entre las nalgas, hasta el ano, y yo me agarré de las sábanas. Me subió la falda, me apartó la braga. Me lamió la vulva con una ferocidad que me hizo temblar.
—Eres húmeda —dijo, sin levantar la cabeza—. Como si hubieras estado esperando esto desde hace veinte años.
—Sí —le dije, con la cabeza apoyada en las manos—. He estado esperando que alguien me cogiera como si no importara quién soy, solo que soy tuya.
Me volvió a dar la vuelta. Me puso las piernas en los hombros. Se colocó entre ellas. Me miró a los ojos mientras se metía en mí.
—Dime qué sientes —me pidió.
—Siento que soy joven —le dije, con la voz rota—. Siento que no he vivido nada aún.
La verga entró lenta. Llena. Caliente. Real. Me abrió como un libro nuevo. Me estiró como una cuerda. Me hizo sentir cada centímetro, cada pulso, cada latido. Y cuando empezó a moverse, lo hizo con una lentitud que dolía, con una fuerza que me hacía pensar que me iba a partir en dos.
—Jesús —le supliqué—. Más fuerte.
—Dime tu nombre de puta —dijo, con la boca pegada a mi oreja.
—Natalia —le dije.
—Dime que eres mía.
—Soy tuya —le susurré—. Te pertenezco desde que entraste por la puerta.
Se corrió dentro de mí. Caliente. Cargado. Me sostuvo fuerte, como si temiera que desapareciera. Y yo lo apreté contra mí, con las uñas clavadas en su espalda, con los dientes en su hombro, con todo lo que me quedaba.
—¿Cuánto vas a tardar en volver? —le pregunté, cuando aún estábamos sudados, juntos, sin soltarnos.
—Mañana —dijo—. Y todos los días después, hasta que me canse de ti.
—No te canses —le pedí—. Que yo ya me cansé de ser madura. Hoy, solo quiero ser tuya.
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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.