El viaje de regreso en el tren de las once
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El tren que parte a las once de la noche de Córdoba hacia Buenos Aires llevaba poco más de media hora cuando él, Agustín —veinticuatro años, pellejo de estudiante de filosofía que aún no sabe si le gustan más las ideas o el cuerpo de quienes las piensan—, se sentó frente a ella. Ella era Valeria: cuarenta y nueve, viuda desde hacía dos años, escritora de novelas románticas que nadie lee pero que a ella le gustan, y con una mirada que había visto más de lo que sus párpados querían reconocer.
Agustín se sacó la mochila de los hombros con un suspiro, se desabrochó el buzo y se recostó contra el respaldo, cerrando los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, ella ya lo estaba mirando. No con curiosidad de extraña, sino con esa mirada lenta, sabrosa, que se demora en los detalles: los labios húmedos de él, la curva de su cuello, la mancha de sudor en la sien. Valeria tenía el pelo suelto, oscuro con hebras plateadas que brillaban bajo la luz tenue del vagón, y una blusa de seda negra que dejaba entrever el borde de una tanga que, por cómo se le marcaba en la entrepierna, era también negra. Él sintió un calorcito en el estómago y se preguntó si ella lo notó.
—¿Vas muy lejos? —preguntó ella, sin prisa, con una voz ronca que le gustaba a Agustín desde el primer segundo.
—Bueno… hastaOnce de Septiembre. A veces me bajo antes si me da la gana —mintió él, sonriendo—. Y vos?
—Hasta Retiro. Trabajo por la mañana. —Se ajustó una mecha detrás de la oreja, lenta, deliberada—. ¿Estás de vuelta de vacaciones?
—Sí. En Córdoba con amigos. Apenas si pude terminar la tesis. —Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en las rodillas—. ¿Y vos? ¿Escribiste algo en el verano?
Ella le dedicó una sonrisa que le hizo palpitaciones en la entrepierna. —Un capítulo. Pero no es lo que cuenta. Lo que cuenta es lo que pasa cuando uno está lejos de su escritorio… y de su cama.
Él tragó saliva. El tren sacudió suavemente y ella se le acercó medio palmo, sin tocarlo. Aún así, Agustín sintió su perfume: vainilla, tabaco frío y algo que no sabía nombrar, pero que le recordó a la sal de una playa en invierno.
—¿Viste alguna vez a una mujer madura, Agustín? —le preguntó, bajando la voz—. No como yo ahora, sino como las mujeres de verdad: con experiencia, con ganas, con tiempo para darse.
—No sé… No tuve muchas. —Él se puso un poco rojo—. Pero me gustaría.
—¿Te gusta que una mujer te tome la iniciativa?
—Sí. Pero… me gusta más que sea consensuado.
Ella se rió, suave, con la cabeza inclinada. —Claro que sí. Si no, no vale. Pero vos pareces el tipo que sabe escuchar. —Se levantó, como si de pronto se le hubiera ocurrido algo—. Vamos al vagón-restaurante. Tengo ganas de un café con alcohol, y vos parecés el tipo que también.
En el pasillo estrecho, ella caminaba con paso firme, con la cadera balanceándose ligeramente. Agustín la siguió, con las manos en los bolsillos, sintiendo el calor de su propia excitación. En el vagón, pidieron dos copas de vino tinto. Ella lo tomó de a sorbos lentos, mirándolo siempre.
—¿Querés que te muestre algo? —preguntó ella, al final, con una sonrisa que le puso los pelos de punta.
Él asintió. Ella lo tomó del brazo y lo condujo hasta un compartimiento vacío, al fondo. Cerró la puerta con llave y, sin perder el tiempo, se quitó la blusa. Quedó con un sostén de encaje negro, que dejaba al descubierto una buena parte de la concha de sus pechos, firmes, con pezones oscuros y hinchados. Él se acercó, tembloroso, y ella lo detuvo con una mano en el pecho.
—No tan rápido —dijo—. Quiero que me mires. Que veas lo que una mujer de cuarenta y nueve años puede hacer con lo que le dejó el tiempo.
Se quitó el sostén. Él le tocó uno de los pechos con la palma, y ella soltó un gemido bajo. Valeria le desabrochó el buzo, le sacó la remera, y cuando sus manos rozaron su pene ya hinchado a través del pantalón, Agustín se estremeció.
—¿Querés que te lo saque? —preguntó ella.
—Sí —respiró él—. Por favor.
Ella lo hizo con lentitud, desabrochando su cinturón, bajando la cremallera, y cuando su pene apareció, grande y tieso, le sonrió. —Bueno, sí tenés un pibe de buena suerte —murmuró—. Porque hoy te voy a garchar como no te acordás.
Se arrodilló sobre el asiento, lo tomó con ambas manos, y lo frotó con la lengua desde la punta hasta la base. Él gemía, con las manos en su pelo, mirando cómo su boca lo absorbía todo. Cuando lo tuvo duro como una piedra, Valeria se levantó, se deslizó el vestido por las caderas y se sentó sobre él, con la concha abierta, húmeda y lista.
—Acá, Agustín —le dijo, tomando su pene y guiándoselo—. Meté todo. Que te lo meto yo, porque vos ya no podés esperar.
Él la em
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