El último trago en el bar de la esquina

El último trago en el bar de la esquina

@nocturna ·10 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (26) · 192 lecturas · 10 min de lectura

La lluvia golpeaba suave sobre el cristal del bar *La Esquina*, ese lugar de madera envejecida y luces tenues donde los amigos de siempre se encontraban a desahogarse con un par de cervezas y una buena charla. Era viernes, y el aire húmedo de Medellín se colaba por la puerta entreabierta, trayendo consigo el olor a tierra mojada y a flores de primavera. En la barra, al fondo, con las piernas cruzadas y el cabello recogido en un moño desordenado, estaba Lucía.

Lucía tenía treinta y siete años, una sonrisa que parecía guardada para momentos íntimos, y una mirada que decía más con un parpadeo que muchas palabras. Llevaba un vestido ajustado, color mostaza, que le marcaría la cintura y dejaba al descubierto los hombros, pálidos como la luna tras una nube. Tenía pechos pequeños, redondeados, y una cintura estrecha que contrastaba con las caderas anchas, cuya curva se notaba incluso sentada. Sus uñas estaban pintadas de rojo oscuro, y cada vez que movía el dedo índice para señalar algo —como ahora, mientras le hablaba al barman—, brillaban con un destello rápido.

Jorge estaba sentado a dos sillas de ella. Un amigo en común los había presentado hacía poco más de una semana, en una cena en casa de Raquel. Él era alto, de hombros anchos y muslos fuertes, aunque no exagerados: un cuerpo de hombre que había hecho senderismo desde joven, que subía y bajaba cerros con facilidad, que sabía agarrar bien una botella de aguardiente sin que le temblara la mano. Su piel era morena clara, con pecas en los brazos que se marcaban cuando se le ponían los pelos de punta. Tenía los ojos verdes, un poco hundidos, y una barba bien recortada que apenas cubría su mandíbula cuadrada.

—¿Otra cerveza, Lucía? —le preguntó el barman, un viejo conocido llamado Federico, que los miraba con una sonrisa cómplice.

—No, Federico, esta es la última. Si me bebo otra, no me voy a poder levantar mañana para el trabajo —dijo ella, con una risa leve, jugueteando con el borde del vaso.

—Claro, claro… pero si es que tú ya te levantaste hace rato, ¿no? —respondió Federico, guiñando un ojo.

Jorge, que había escuchado la broma, sonrió y levantó su propia cerveza en un brindis silencioso. Ella lo miró, y por un instante, sus ojos se mantuvieron cruzados. Fue un silencio cómodo, como si ya se conocieran desde hacía años, y no desde una cena donde hablaron de música, viajes, y de cómo el amor se esfuma sin darse cuenta.

—¿Viste la última de Buena Fe? —preguntó ella, rompiendo el encanto.

—Sí, pero no la vi en el cine. Me la pasaron por WhatsApp mi hermana y su cuñado, y la vimos juntos en casa, con un pollo asado y salchipapa. ¿Te pasa igual? —respondió él, encogiéndose de hombros—. Ahora hasta los conciertos los veo por Zoom.

—¡Ay, qué tristeza! Pero oye, si alguien me invita a un show en vivo, ya me avisa. Yo pago el aguacate.

—Promesa hecha, entonces. Te invito al próximo, si llega alguno por acá.

Se rieron, y la risa de ella fue larga, suave, como un murmullo de viento entre las hojas. Ella se inclinó un poco hacia adelante, y el escote del vestido se volvió más profundo. Jorge no lo notó de forma deliberada, pero su mirada se detuvo un instante más de lo necesario, y ella lo vio. No lo interpretó como una indiscreción, sino como una confirmación: *estás aquí, conmigo, y algo está empezando a moverse*.

El bar se vació poco a poco. Federico fue apagando luces, dejando solo las pequeñas lámparas de cristal sobre las mesas. El ambiente, antes bullicioso, se volvió íntimo, casi sagrado.

—¿Te parece si seguimos en mi casa? —preguntó Lucía, de repente, mirando su reloj—. Es temprano aún, y tengo un par de whiskies que no he tocado desde hace meses.

Jorge tardó menos de un segundo en asentir.

—Claro —dijo, poniéndose de pie—. ¿Cerca?

—Sí, a cinco minutos caminando. El cerro de la Peña, pero no te asustes: es una subida corta.

—¿Y si me caigo? —preguntó él, simulando preocupación.

—Entonces te ayudo a levantarte. O te dejo ahí, según cómo me trates al bajar.

—Esa es mi idea de citas perfecta.

Caminaron bajo la lluvia ligera, esa que no empapa, pero sí moja el cabello y pone la piel de gallina. Lucía llevaba su blazer plegado sobre el brazo, y Jorge le ofreció el suyo, pero ella lo rechazó con una sonrisa.

—No, así está bien. Me gusta sentir el aire.

Su casa era un apartamento pequeño, en el tercer piso de un edificio antiguo, con balcones de madera y cortinas de encaje. Al entrar, el olor a café recién hecho y vainilla se mezclaba con algo más sutil: su perfume, algo floral pero terroso, como una flor de montaña después de la tormenta.

—Siéntate donde quieras. Yo cambio esto —dijo ella, quitándose los zapatos y estirando los pies en el sofá—. ¿Whisky?

—Sí, si es doble, mejor.

Ella regresó con dos vasos y una botella de bourbon escocés, que dejó sobre la mesa baja. Se sentó frente a él, con las piernas extendidas, los pies descalzos apoyados en el cojín del sofá.

—¿Te parece bien si te quito los calcetines? —preguntó ella, tomándole los pies—. Están mojados.

Jorge no respondió con palabras. Solo asintió, y ella comenzó a deslizarle uno, luego el otro, con lentitud. Sus dedos rozaron el empeine, luego los tobillos, y por un instante, sus miradas se volvieron a encontrar. En esa pausa, el tiempo se detuvo.

—Estás sudando un poco —dijo ella—. ¿Es el whisky o soy yo?

—Quizás un poco de los dos.

Ella rio, y esta vez el sonido se escuchó como una canción que nunca había escuchado antes. Se inclinó hacia adelante, y sus labios rozaron el dorso de su mano. Fue un beso breve, casi inocente, pero que le subió la temperatura a Jorge de golpe.

—¿Te gusta esto? —preguntó ella, bajando la mano hasta su muslo, con la palma abierta, presionando suavemente.

—Mucho —respondió él, respirando profundo.

Lucía se levantó, y con un movimiento fluido, se quitó el vestido. Quedó con una camiseta de algodón blanca, ajustada, y una braguita de encaje negro. No se apresuró. Se movió como si el mundo fuera a acabarse en una hora, pero aún así, con calma.

—¿Te importa si enciendo la luz? —preguntó.

—No. Al contrario. Quiero verte bien.

Ella encendió la lámpara de pie, junto al sofá, y la luz cálida iluminó su cuerpo: las curvas de sus caderas, el leve rebote de sus pechos al respirar, la curvatura de su espalda. No era perfecta, y eso era lo que más la hacía hermosa.

—Ven —dijo ella, tendiendo la mano.

Jorge se puso de pie, y cuando sus dedos se tocaron, ella lo jaló suavemente hacia sí. Se besaron entonces, con lentitud, como si estuvieran leyendo un poema en voz alta. Su lengua exploró la boca de él con cuidado, sin precipitarse, y él le acarició la nuca, sintiendo el cabello suave, húmedo aún por la lluvia.

—Quiero tocarte —dijo ella, separándose un poco—. ¿Te importa?

—No. Estoy deseando que lo hagas.

Ella se arrodilló frente a él, sin soltarlo con la mirada. Con una sola mano, desabrochó su pantalón, bajó la cremallera con lentitud, y luego tiró suavemente de la tela. Él se quitó la camiseta, y ella lo miró con atención: los músculos de su pecho, el vello oscuro que bajaba desde el ombligo, el ombligo mismo, hundido, como un pequeño pozo.

—Qué rico pito tienes —dijo ella, y la palabra sonó natural, sin cohibición, como si lo hubiera dicho cien veces antes.

—Tú también me lo dices como si fuera poesía —respondió él, con la voz ronca.

Ella sonrió, y bajó sus manos hasta sus muslos, presionando con las uñas apenas. Luego, con una mano, tomó su pene, aún flácido, y lo acarició con movimientos suaves, ascendentes. Jorge cerró los ojos. No era la primera vez que lo hacían así, pero nunca le había gustado tanto sentir el contacto sin presión, sin urgencia.

—Tienes la piel sensible aquí —dijo ella, pasando el pulgar por la cabeza, rozando el prepucio—. ¿Es así?

—Sí… pero no te detengas.

Ella sonrió, y se inclinó hacia adelante, besando el glande, luego el resto del pene, como si lo estuviera saboreando. Lo tomó entre sus labios, suavemente, sin forzar, y lo metió poco a poco, dejando que su garganta se relajara. Jorge apretó los puños, sintiendo la punta de los dedos cosquilleando. No quería acabarse así, no ahora.

—Espera —dijo, sujetándole suavemente la cabeza—. Quiero estar dentro de ti.

Ella asintió, se puso de pie, y se quitó la camiseta. Quedó desnuda, frente a él, con las manos apoyadas en el sofá.

—Tienes un culo hermoso —dijo él, acercándose—. Grande, redondo… como dos puños de pan recién horneado.

Ella rio, y se inclinó más, abriendo las piernas.

—Toma tu tiempo.

Jorge fue despacio. Con una mano, le separó los labios del culo, y con la otra, frotó su pene en la entrada, mojado con su propia humedad y un poco de saliva. No presionó. Solo rozó, observando cómo la piel reaccionaba: se erizaba, se relajaba, se abría apenas.

—¿Te sientes bien? —preguntó.

—Sí —respondió ella, respirando profundo—. Siente cómo me estás haciendo sentir.

Él se puso un condón, y cuando lo sintió entrar, Lucía soltó un gemido suave, como si hubiera estado esperando eso todo el día. No era dolor, no era incomodidad: era plenitud. Él se mantuvo quieto, con la frente apoyada en su espalda, sintiendo el calor de su cuerpo, el ritmo de su respiración.

—Mueve un poco la cadera —susurró ella—. Solo un poco.

Jorge obedeció. La primera entrada fue profunda, pero no brusca. Ella suspiró, y luego lo hizo otra vez, y otra. Cada movimiento era una promesa: *estoy aquí, confío en ti, eres lo que quiero*.

Ella comenzó a moverse al ritmo de él, empujando hacia atrás con suavidad, pidiendo más, sin pedir permiso. Jorge le agarró las caderas, sintiendo los músculos de sus glúteos tensarse, relajarse, contraerse.

—Tú eres muy rico, Lucía —dijo él, entre dientes—. Muy rico para mí.

—Entonces no me devuelvas.

Él aceleró. Ella gimió, alta, larga, y luego se mordió el puño para no hacer ruido. Pero Jorge no le importaba eso. Le gustaba oírla. Le gustaba sentir cómo su cuerpo se rendía, cómo sus piernas temblaban, cómo su cabeza se inclinaba hacia adelante, como pidiéndole que la llevara más lejos.

—¿Quieres que te toque ahí? —preguntó él, moviendo una mano hacia su clítoris.

—Sí… sí, por favor.

Él rozó el botón, con un dedo, con dos, con presión suave. Ella se estremeció, y entonces gritó:

—¡Jorge!

Fue como una explosión. Él sintió cómo su cuerpo se encogía, cómo las paredes internas de su ano se contrajeron alrededor de su pene, apretando, pidiendo más. Él se dejó llevar. Se corrió dentro de ella, sintiendo el calor, el apretón, la satisfacción más profunda que había sentido en mucho tiempo.

Se quedaron así un rato, él aún dentro de ella, ella apoyada sobre el sofá, con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.

—¿Te parece si nos vamos a la cama? —preguntó ella, por fin.

—Sí. Pero avísame cuando te levantes. Si no, me quedo aquí todo el día.

Ella rio, se giró, y lo besó de pie, con la lengua y todo.

—Mañana te digo si me quedo o no.

—¿Eso es una promesa?

—No. Es una advertencia.

Se fueron a la cama, y esa noche, mientras la lluvia seguía cayendo sobre Medellín, se durmieron abrazados, con las piernas entrelazadas, y la promesa silenciosa de que, al menos por un tiempo, no estarían solos.

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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.

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