El Último Trago de Agua de Mar
7 minEl Último Trago de Agua de Mar
La luz del atardecer se deslizaba por las persianas de roble de la casa de Caicedo, en el cerro de La Popa, como un hilo dorado que rozaba la piel de los dos cuerpos que se entrelazaban en el sofá de cuero negro. Santiago, de hombros anchos y brazos marcados por años de entrenar boxeo, tenía la mirada fija en la nuca de Valeria, donde el cabello rubio oscuro, recogido en un moño deshecho, dejaba al descubierto la curva suave de su cuello, el latido acelerado bajo la piel translucente. Ella, con esa postura de gato que no necesita forzarse para ser dueña del espacio, había dejado caer el vaso de agua de mar que ambos habían tomado minutos antes: una tradición paisa de curiosidad y confianza, después de todo, ¿quién no se ha atrevido a probar lo salado con la intención de saborear lo peligroso?
—¿Te acuerdas cuando dijiste que el análisis del agua me iba a cambiar la vida? —murmuró Valeria, girando la cabeza apenas, con la boca cerca de su oreja.
—Me acordaba de ti —respondió Santiago, con esa voz ronca que siempre le había gustado, como arena mojada—. De cómo te veía desde el balcón, con esa blusa blanca y el sol pegándole a la espalda.
Valeria sonrió, y ese gesto le abrió la boca, dejando ver la lengua rosada, la dentadura perfecta. Se levantó con lentitud, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso, y se quitó la blusa sin prisa. Debajo, un sujetador de encaje negro no ocultaba nada: los pechos eran redondos, firmes, con pezones oscuros y hinchados, como si ya anticiparan lo que venía. Santiago no se movió. Solo la observó, con las manos apoyadas en las rodillas, los dedos ligeramente curvados, como si ya sintiera el peso de su cuerpo sobre los suyos.
—¿Tú me quieres, Santiago? —preguntó ella, sentándose a horcajadas sobre sus muslos, con las manos en sus hombros.
—Te quiero más que al café bien cargado —respondió él, y le acarició la cintura, bajando despacio, hasta rozar la curva de su trasero.
Ella no respondió con palabras. Se inclinó, besó su cuello, mordió su carrillo, y luego lo empujó suavemente hacia atrás, contra el sofá. Valeria tenía esa manera de dominar sin gritar: con la paciencia de quien sabe que el tiempo es su aliado, y que lo que se construye con calma dura más.
—Hoy no queremos el pito de entrada —dijo, mientras desabrochaba su pantalón y sacaba su pene, ya medio erguido, grueso, con el glande morado y brillante—. Hoy vamos a probar lo otro. Lo que duele… pero también sabe rico.
Santiago no titubeó. Le acarició el culo con ambas manos, apretándolo, separándolo, admirando la curva perfecta, la suavidad del vientre que bajaba hacia el centro, el inicio de la abertura que ya comenzaba a humedecerse sin ayuda externa. Valeria suspiró, cerró los ojos, y dejó que sus dedos exploraran su propio cuerpo mientras Santiago le masajeaba la zona baja, con aceite de coco que había traído en el bolsillo de la camisa: frío al principio, luego cálido, fundiéndose con el calor de su piel.
—Mira cómo te lo pone —dijo ella, tomando su mano y guiándola hacia su vagina—. Ya está mojada… pero eso no es suficiente. Quiero que me hagas sentir que soy tuya hasta en lo más profundo.
Él se humedeció los dedos con el aceite y bajó, lentamente, entre sus nalgas. Valeria jadeó, pero no se tensó. Sabía que Santiago no era de los que corren. Era de los que se quedan, que sienten, que miden. Primero rozó el ano con la punta de un dedo, presionando suavemente. Ella soltó un gemido bajo, profundo, como si él le hubiera tocado algo que no sabía que existía. Luego, con calma, introdujo el dedo.
—Está bien… no pare —murmuró ella, con los ojos cerrados, la frente pegada a su hombro.
Santiago siguió. El segundo dedo entró con más facilidad, y luego el tercero, moviéndose con un ritmo que parecía sacado de una partitura olfativa: una curva hacia arriba, un giro sutil, una presión que hacía que Valeria se estremeciera como si fuera un clavo en una tabla de madera vieja.
—Ahora el pito —dijo ella, y se incorporó, tomando su miembro en la mano, lubrificándolo con el aceite que aún quedaba en sus dedos.
Se posicionó con cuidado, apoyando las manos en su pecho, los codos flexionados, y bajó lentamente, hasta que el glande rozó el ano. Valeria cerró los ojos, tragó saliva, y se hundió un poco más. El ano se abrió como una flor en primavera: lento, tenso, pero sin resistencia. Santiago sintió el calor, la tensión, la succión suave de su cuerpo. Valeria se detuvo por un momento, con el pene dentro de ella, y bajó la cabeza para besarlo en los labios.
—Tú eres el único que me ha hecho esto con calma —susurró—. Los otros solo querían entrar. Tú me quieres completa.
Y volvió a bajar.
Con cada centímetro, Valeria sentía cómo su cuerpo se abría, cómo el dolor se transformaba en plenitud, cómo el pene de Santiago, grueso y firme, le rozaba algo que le hacía temblar las piernas: no el punto G, sino algo más hondo, más antiguo, como si su cuerpo recordara algo que nunca había olvidado.
Santiago la sujetó por las caderas, no para forzarla, sino para guiarla, para mantener el ritmo, para que ella sintiera que podía controlar el descenso. Ella subió, lentamente, dejando que el pene se deslizara, y luego volvió a bajar, esta vez con más fuerza, con más confianza. Sus pechos se rozaban contra su pecho, sudorosos, brillantes, y sus gemidos ya no eran susurros, sino que se deshacían en sonidos guturales, profundos, como si su garganta estuviera escribiendo una canción que solo ella entendía.
—Sí… sí… así —decía ella—. Mámame el culo, Santiago. Mámame hasta que me olvide de respirar.
Él no necesitaba más invitación. Sostuvo sus caderas con más fuerza y empezó a embestir, no con brusquedad, sino con una intensidad que hacía temblar el sofá, que hacía que Valeria soltara un grito que se perdió en el cielo raso de madera, en la sombra que ya cubría el sol.
Ella se dejó llevar, con las uñas clavadas en sus hombros, con el cuerpo arqueado, con el culo empujando hacia atrás para sentirlo más adentro. Santiago la giró con suavidad y la puso boca abajo, sin romper el contacto, y entonces la penetró desde atrás, con una profundidad que le hizo soltar una risa nerviosa, una risa de puro goce.
—Estás rico… estás tan rico —dijo Valeria, con la frente apoyada en el cojín, las piernas ligeramente separadas, el culo en alto, como unaofrenda.
Él la agarró por las caderas, más fuerte, y la embistió con un ritmo que era un latido, un latido que no se detenía. Valeria se tocó el clítoris con la mano, con movimientos rápidos, y se vino con un grito que parecía un lamento, con el cuerpo que se estremecía como una hoja en el viento, con el culo que se cerraba como un puño alrededor de su pene, apretando, apretando, hasta que Santiago sintió que se derramaba en ella, como una marea alta que no se retira.
Se quedaron así un buen rato, abrazados, con Valeria boca abajo, el pene aún dentro de ella, y Santiago con la frente en su espalda, sudoroso, cansado, pero pleno.
—¿Todavía te acuerdas del agua de mar? —preguntó él, acariciándole el brazo.
—Sí —dijo ella, sonriendo—. Pero hoy me bebí el mar entero. Y me gustó.
Y en la casa del cerro, con el viento entrando por la ventana y el sol ya desaparecido, los dos se quedaron callados, contentos, sabiendo que lo que habían hecho no era solo sexo: era un pacto, silencioso, entre dos cuerpos que se habían dado sin reservas, pero con elegancia, con control, con amor.
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