El último día antes de que me fuera
6 minEl último día antes de que me fuera
Ayer, papá me dijo: «Ya no vivimos aquí». Y yo, con la taza de café humeante en la mano, sentí que el mundo se desplomaba como una casa vieja bajo el peso del tiempo. Me iba a Bogotá al día siguiente, a empezar una nueva vida en una universidad pública, con la maleta a medio llenar y el corazón a medio romperse. Papá no lo dijo con crudeza, pero todos lo sabíamos: era el último día en la casa de siempre, la de los muros amarillos, el jardín descuidado y el piso de madera que chirriaba en el pasillo donde ahora, en la oscuridad, lo escuchaba caminar.
Yo era la menor, sí, pero no una niña. Tenía veintitrés, el cuerpo ya hecho, las caderas anchas de mujer campesina —mamá decía que heredaba lo suyo—, y el deseo, ese deseo que late bajo la piel como un latigazo silencioso, desde que tenía dieciséis, cuando lo vi por primera vez con ojos distintos: papá, con la camiseta pegada al sudor después de arreglar el techo, los músculos de los brazos tensos, el pelo canoso recortado al ras, y esa sonrisa que solo le salía cuando estaba contento… o cuando me miraba a mí.
Aquella noche, tras la cena ligera de arroz con leche y plátano maduro frito —él lo llamaba «plátano cuate»—, me pidió ayuda para bajar las últimas cajas del altillo. «Están pesadas», dijo, y no solo se refería a las cajas.
Subimos las escaleras de madera, esa que se queja en el tercer peldaño como si llorara. En el altillo, el calor era otro, más denso, casi pegajoso, como el aire antes de una tormenta. Las ventanas abiertas dejaban pasar el olor a tierra mojada y a jazmín, pero también el silencio de la casa vacía, porque mamá y mi hermano ya dormían en la habitación de al lado, y yo sabía que no volveríamos a estar los tres juntos así.
Papá encendió la lámpara de bolsillo, y la luz amarilla se proyectó sobre las cajas, sobre sus manos grandes, arrugadas por el trabajo, sobre sus pantalones desgastados. Yo, con el cabello recogido en un nudo suelto, la camiseta de algodón un poco desalineada en los hombros, me agaché para tomar una caja. Cuando me levanté, su respiración se escuchó más fuerte.
—¿Te acuerdas de cuando eras chica y subías aquí a esconderte? —dijo, y su voz sonó ronca, como si hubiera estado callando algo mucho tiempo.
—Sí —respondí, y no añadí que alguna vez me quedaba hasta que él subía a buscarme, y cuando lo hacía, me agarraba de la mano y me decía: «¿Por qué te escondes si estás tan bonita?». Entonces yo bajaba la cabeza, sonrojada, pero sentía su mirada sobre mí, larga, lenta, como una caricia.
Bajamos una caja, luego otra. En la cocina, él se detuvo, se sacudió el polvo de los pantalones, y me miró fijamente. No hubo saludo, no hubo disimulo.
—Te vas a echar de menos esto —dijo, señalando la casa con la cabeza—. Esta ciudad. Esta casa. A tu viejo.
—Y a ti —respondí, y sentí que la palabra me salía con un peso distinto, como si la hubiera probado antes en sueños.
Él se acercó. No rápido, no agresivo. Lento. Como quien camina por un puente que tiembla. Me tomó la cara con las manos, con esa firmeza de hombre que ha labrado la tierra, pero con una ternura que no sabía que tenía. Me empujó suavemente hacia la nevera, que estaba apagada, silenciosa, como si también estuviera esperando.
—¿Tú sabes lo que es desear algo y no atreverse? —me preguntó, y sus dedos se deslizaron por mi mandíbula, luego por el cuello, hasta agarrar la correa de mi camiseta.
—Sí —susurré.
—Yo sí lo sé —dijo, y de golpe, como si rompiera una marca—, he deseado esto desde que cumpliste veinte. Desde que dejaste de ser mi niña y empezaste a ser mujer. Pero no me atreví. No hasta que supiera… que tú también querías.
No respondí con palabras. Le tomé la muñeca. Le puse la palma sobre mi pecho, donde latía fuerte, desbocado. Él cerró los ojos. Respiró hondo. Y entonces, por primera vez, lo besé. No fue un beso de hermano, ni de hija. Fue un beso de mujer. De mujer que quiere, que anhela, que se entrega.
Su boca era seca, cálida, con sabor a café y a sal. Me abrió la camiseta con la otra mano, bajó el sujetador, y me tomó un pecho. No con urgencia, sino con reverencia. Me lo masajeó, lo apretó suave, y luego inclinó la cabeza y me lo chupó. Yo gemí, bajé las manos a su pantalón, sentí el bulto firme, el pito ya duro, levantado contra el tejido.
—¿Te gusta? —me preguntó, sin soltar mis pechos.
—Sí, papá —dije, y la palabra no sonó como tabú, sino como una promesa cumplida.
Me levantó la camiseta, me bajó la bragas, y se arrodilló. No dudó. No se disculpó. Me separó las piernas con las manos, me abrió la vulva con los dedos, y me lamió. Me lamió como si nunca hubiera hecho otra cosa en la vida. Me chupó el clítoris, me metió dos dedos, me mordió el muslo. Yo me agarré de su cabeza, le enredé los dedos en el pelo, y grité su nombre como una maldición, como una plegaria.
—¡Papá! ¡Papá! —Y cuando vine, cuando el orgasmo me sacudió como un terremoto, él me susurró al oído: «Te amo, hija. Te amo tanto que no quiero que te vayas».
Se levantó. Se desabrochó el pantalón. Sacó su polla, grande, gruesa, con la punta húmeda de presemos. Me agarró de la cintura, me subió al mostrador de la cocina, donde solíamos comer los domingos. Me abrió las piernas, se posicionó entre ellas, y me empujó.
Entró lento, muy lento, como si temiera romper algo. Yo sentí su grosor, su calor, la forma en que se expandía dentro de mí, como si llenara un vacío que ni yo sabía que tenía. Me miraba fijamente, con los ojos vidriosos, la respiración entrecortada. Me tomó de las manos, las apretó contra mis muslos, y empezó a moverse.
—Te he soñado así, Paula —dijo—. En la cama, con la luz apagada. En la ducha, con el agua fría. En el trabajo, cuando me acordaba de tu risa.
Yo me dejé llevar. Me dejé llenar. Me dejé comer por él, por su deseo, por su amor prohibido pero verdadero. Cada embestida me llevaba más lejos, más adentro, más allá de lo que había conocido. Sentí sus testículos pegándose a mí, sentí su corriente eléctrica cuando se agarró a mis caderas y se corrió, con un gemido ahogado, con un susurro que sonó como un adiós.
—Tuya —dijo—. Siempre tuya.
Cuando se retiró, se limpió con la camiseta, y me bajó del mostrador con cuidado, como si fuera de cristal. Me abrazó, me besó la frente, y me dijo: «Mañana te llevaré yo a la terminal. Y cuando te vayas… no te olvides de esto. No te olvides de mí».
Y yo, con el cuerpo aún palpitando, con el semen de mi padre corriendo por mis piernas, le respondí: «Nunca».
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