El Último Atravesar
4 minEl Último Atravesar
La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del departamento, un ritmo lento que hacía el tiempo más denso. Lo miré desde la cocina mientras se secaba los cabellos con una toalla húmeda, los hombros anchos tensos bajo la luz amarilla de la lámpara de pie. No decíamos mucho últimamente: las palabras se habían vuelto pesadas, como si cada una llevara consigo un recuerdo que ya no sabíamos cómo sostener. Pero esa noche, algo había cambiado. Algo más sutil que una confesión, más íntimo que un gesto. Algo que se deslizaba entre los espacios que dejábamos en silencio.
—¿Te acuerdas del último verano en la casa del lago? —preguntó, sin mirarme todavía.
Asentí. Recordaba la humedad en la piel, el olor a pinos quemados, el modo en que sus dedos rozaban mi cintura cuando caminábamos descalzos por la orilla. Pero también recordaba lo que no dijimos entonces. Lo que dejamos para después.
Se acercó lentamente, sin prisa, y se detuvo frente a mí. Tomó una silla, la giró y se sentó a horcajadas, los codos apoyados sobre el respaldo, la barbilla sobre las manos. Sus ojos, oscuros como el café sin azúcar, no se despegaban de los míos.
—Hoy no quiero besarte la boca —dijo, y su voz se deshizo en un susurro que no era un susurro, sino una confesión.
Sentí cómo mi piel reaccionaba antes de que mi mente pudiera etiquetar la emoción: una punzada suave en el estómago, el calor que subía por el cuello, los pechos más sensibles bajo la camiseta de algodón.
—Entonces —susurré—, ¿qué sí quieres?
No respondió de inmediato. Se levantó, se acercó hasta mi lado, y con una mano suave me señaló el antebrazo, luego la muñeca, la sien. Como si me estuviera leyendo. Finalmente, con la palma abierta, me guió hasta su cintura. Sentí la textura de su piel, cálida, ligeramente húmeda por la lluvia exterior. Bajó la mano hasta su muslo, y allí, con una lentitud que dolía, deslizó los dedos por la costura de sus pantalones hasta encontrar lo que estaba allí: duro, esperando.
—Quiero sentirte entrar —dijo, sin soltar mi mano—. No como antes. No con prisa. No con miedo. Hoy, quiero saber cómo te sientes cuando me atraviesas.
No era la primera vez. Habíamos probado antes, con cautela, con risas nerviosas, con pausas que se volvían eternas. Pero esta vez no había sonrisa forzada, ni excusas por el dolor. Solo una voluntad desnuda, expuesta como el cuello de un gato al amanecer.
Le quité la camiseta con cuidado, y vi su pecho, los pezones oscuros, el vello suave que subía desde el ombligo hasta el vello púbico, ya aclarado por el sol del verano. Me arrodillé frente a él sin romper el contacto visual, y con los dedos separé sus nalgas con una ternura que me sorprendió. No era un acto de dominio, sino de curiosidad, de reverencia.
Lo tocé con la punta de la lengua, apenas un roce, un cálculo de temperatura y textura. Él exhaló, una exhalación larga, como si soltara algo que no sabía que cargaba. Me levanté, desabroché su pantalón, lo bajé despacio, y allí lo vi: firme, perfecto, con la punta húmeda de la anticipación.
—Tú me enseñaste a amar con la boca —dije, mientras lo rodeaba con la mano—. Hoy me permitirás aprender a entrar con el alma.
No hubo más palabras. Solo el sonido de las gotas en el cristal, su respiración entrecortada, y el calor que se extendió entre nosotros como una manta invisible. Usé el aceite de almendras, lo derramé en mis dedos, lo froté contra su piel, y luego lo introduje, un dedo, luego dos, con una paciencia que parecía eterna. Lo sentí relajarse, los músculos ceder, el cuerpo entero abandonarse.
Cuando finalmente me positions, cuando lo sentí en la entrada, no empujé. Esperé. Esperé que él me mirara a los ojos, que asintiera con una sonrisa apenas perceptible, que me dijera: *ahora*.
Y entonces, con un movimiento lento, constante, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso, comencé a entrar. Sentí su cuerpo abrirse, ceder, acoger. No fue un triunfo. Fue un regreso. Como si cada centímetro que ganaba fuera una página que volvíamos a leer, un verso que por fin entendíamos.
Cuando estuvimos completamente unidos, sin espacio ni aire entre nosotros, cerró los ojos. Yo apoyé la frente en su hombro, y escuché su corazón latir, no rápido, sino profundo, como un tambor antiguo que llamara a algo olvidado.
—Gracias —dijo.
No supe qué responder. No era necesario.
La lluvia seguía cayendo. Y en ese silencio, entre suspiros y latidos, comprendí que no se trataba de entrar, ni de ser introducido. Se trataba de atravesar. De cruzar la línea invisible que separa lo físico de lo sagrado, y descubrir que hay cuerpos que, en la oscuridad, se convierten en puente.
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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.