El Último Ajuste

El Último Ajuste

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (17) · 26 lecturas · 10 min de lectura

La casa de Pedro y Fernanda estaba envuelta en el silencio cálido de la siesta mexicana: el sol de junio pegaba fuerte contra las persianas medio cerradas, dejando pasar apenas una línea de luz que se arrastraba por el piso de loseta. En la cama, Fernanda dormía con la cara enterrada en la almohada, el camisón de algodón subido hasta la mitad de los muslos, las nalgas redondeadas y suaves bajo la tela. Pedro la miraba desde el borde de la colchoneta, apoyado en un codo, el pecho aún húmedo del baño que llevaba quince minutos postergando. Tenía ganas de no hacer nada. Pero también tenía ganas de *otra cosa* —una cosa que llevaba rondándole la cabeza desde que ella se sentó en el sofano ayer, con los jeans ajustados y el pelo recogido en un chongo deshecho, esa especie de chuleta que solo ella sabía hacer: un moño torcido, con un alfiler oxidado que brillaba como una estrella en la penumbra.

No era nuevo. Eso era lo importante. Fernanda no era una novata, y Pedro no era un principiante. Llevaban siete años juntos, dieciocho meses sin irse de vacaciones, dos gatos que peleaban por el balcón y una rutina que se había vuelto tan cómoda que a veces les costaba recordar qué olor tenía el deseo cuando no estaba envuelto en excusas o sueño. Pero también habían aprendido a escuchar. A escuchar no solo las palabras, sino los silencios, los suspiros que se quedaban a medio tragar, los roces que duraban un segundo más de lo necesario. Y esa tarde, mientras el calor se acumulaba en el cuarto como el vaho de un refresco olvidado sobre la mesa, Fernanda movió la pierna, se estiró como un gato desperezándose y murmuró algo entre sueños:

—Pedro… me duele el culo de tanto sentarme en el trabajo.

Él se acercó, la mano baja y firme sobre su muslo, rozando la costura del camisón.

—¿Así, nomás? ¿Te duele?

Ella abrió un ojo, medio dormida, medio burlona. Lo miró como si supiera lo que venía, como si también lo hubiera estado esperando.

—Oye, ¿te acuerdas de la última vez que… ya sabes… te metiste ahí?

Pedro se quedó callado un momento. No por vergüenza —nunca le había dado pena—, sino porque recordaba. Había sido una vez, hace casi un año. En la casa de verano de su mamá, en Morelos, cuando el aire estaba cargado de orégano y el río sonaba como un susurro lejano. Ella lo había dejado entrar, pero solo un poco. Un dedo. Luego otro. Y luego… se detuvo. Le dijo que no, que no le gustaba, que no le salía. Él no insistió. No era necesario. Lo importante era que ella había dejado que lo intentaran.

—Sí —dijo él, y la besó en la frente—. Me acuerdo.

—¿Y si lo volvemos a intentar?

—¿Ahora?

—Ahora. O después. Como tú quieras. Pero… hoy no quiero que sea por prisa. Hoy quiero que lo hagamos como cuando empezamos: con tiempo, con ojos abiertos, sin miedo a equivocarnos.

Pedro sonrió. No era un juego. Era una confesión. Ella quería recuperar algo que había quedado a medio caminar. Una puerta cerrada que, tal vez, no tenía por qué estarlo.

Fernanda se dio vuelta, se sentó en el borde de la cama y se estiró los hombros. Se puso de pie, se quitó el camisón con lentitud, sin prisa por mostrar nada pero sin ocultar nada tampoco. El sol le daba de lleno en la espalda, dibujando contornos suaves, el arco de sus riñones, la curva de la cintura que aún lo hacía sentirse afortunado cada día. Se acercó al armario, sacó un frasco de aceite de almendras —el que guardaban para masajearse los pies después de caminar mucho— y se lo echó en las manos, frotándolas lentamente.

—Ven —dijo, sin mirarlo—. Siéntate en el borde. Como cuando éramos novios y te gustaba sentarme ahí, en tus piernas, y me decías que me sentía como una niña.

Él obedeció. Ella se puso frente a él, con las rodillas a cada lado de sus muslos, y se inclinó, apoyando las manos en sus hombros. El aceite brillaba en sus dedos, en sus nudillos, en las líneas de sus palmas.

—No necesitas hacer nada —dijo ella—. Solo… déjame sentirte. No es por el *culo*, no es por el *anal*. Es por sentirte *ahí*, por saber que me quieres así, tal cual soy, sin disimulos, sin vergüenza.

Pedro asintió. La besó en la boca, despacio. Ella se dejó besar, con los ojos cerrados, los labios tiernos, la lengua apenas rozando los suyos. Cuando se separaron, ella se dio vuelta, se arrodilló frente a él, y se quitó los shorts. Se volvió a sentar sobre sus piernas, con la espalda recta, las nalgas separadas un poco, como si estuviera montada en un caballo invisible. Pedro le pasó una mano por el costado, rozó la curva de su cadera, el hueso redondo de la cadera izquierda, y luego bajó, bajó más, hasta tocar la entrada suave de su cuerpo.

Ella exhaló. No era un quejido. Era un *ay*, como cuando te duele algo pero al mismo tiempo te relaja.

—Está bien —dijo ella—. Sigue.

Él se humedeció los dedos con más aceite y los puso en movimiento: círculos pequeños, lentos, alrededor del orificio. No presionó. Solo rozó. Sintió cómo la piel de Fernanda se ponía más sensible, cómo su cuerpo reaccionaba: una contracción leve, como un suspiro interno, como si su piel también estuviera aprendiendo.

—¿Te sientes bien? —preguntó.

—Sí. Sí me siento. Me siento… viva.

Él siguió. Dos dedos, ya con aceite suficiente, se metieron poco a poco, como quien se adentra en un río frío pero bienvenido. Fernanda se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en sus muslos, y cerró los ojos. Su respiración cambió. No era rápida. No era agitada. Era profunda. Como cuando te sumerges en una pileta y el agua te abraza sin sorprenderte.

—Está bien —repitió—. Sigue.

Pedro movió los dedos, con cuidado, con calma. No entró todo. Solo se dejó llevar. Ella lo ayudó con su cuerpo: movió las caderas, un poco, como si lo invitara a entrar más. Y entonces él lo hizo. Solo un poco más. El primer dedo entero. Ella se tensó un segundo. Respiró. Y luego se relajó.

—Otro —susurró.

Pedro agregó el segundo. Fernanda soltó un *ahh* largo, como si lo que estaba sintiendo no cupiera en una sola sílaba. Su cuerpo ya no estaba contraído. Ya no lo miraba con duda. Lo miraba con confianza. Con *ganas*. Él movió los dedos, con un leve giro, como si les diera un abrazo suave, como si les dijera: *aquí no hay presión, aquí solo estamos tú y yo*.

Fernanda se giró, lo miró a los ojos, y le tomó la mano.

—Ahora… la verga.

Él no se río. No se presionó. Solo se puso de pie, se quitó la camiseta, y se desabrochó el cinturón con calma. Se bajó los pantalones y los shorts, y se puso de rodillas frente a ella, como si fuera una ofrenda. Se tomó su verga, ya medio dura, y la frotó contra su cuerpo, contra sus nalgas, contra su trasero, contra su entrada ya húmeda y abierta.

—Está bien —dijo Fernanda—. Te espero.

Él se puso frente a ella, con la punta de su verga tocando su ano. No empujó. Solo se dejó llevar por su respiración. Ella inhaló. Exhaló. Y cuando volvió a inhalar, empujó.

No fue rápido. No fue brusco. Fue como cuando abres una puerta que no sabes si está cerrada o no, y cuando la empujas, se abre sola.

—Pedro… —dijo ella, y su voz temblaba, pero no de miedo—. Sí. Sí. Sí.

Él entró. Lento. Con cuidado. Con paciencia. Con respeto. Sintió el calor, el estrecho, la tensión inicial que cedía como una flor que se abre al sol. Fernanda se aferró a sus brazos, con las uñas clavadas pero no dolorosas, como si él fuera su ancla en una ola suave. Y entonces, cuando él estuvo completamente dentro, cuando su pelvis tocó la suya, cuando su verga se hundió en su cuerpo sin resistencia, ella soltó un *ayyyy* que era medio queja, medio placer, medio agradecimiento.

—Está bien —susurró—. Estoy bien. No te detengas.

Pedro empezó a moverse. No con fuerza, no con desesperación. Con ternura. Con lentitud. Como si cada empuje fuera un beso. Como si cada movimiento fuera una palabra. Como si su cuerpo estuviera escribiendo una carta que solo ella podría leer.

Fernanda cerró los ojos. Se dejó llevar. Su cuerpo ya no se resistía. Ya no se ponía tenso. Se dejaba llenar. Se dejaba *coger*. Se dejaba *chingar* con calma, con cuidado, con amor. Él la abrazaba por la cintura, la sujetaba suave, y cuando ella se movía con él, cuando ella empujaba las caderas hacia atrás, como pidiendo más, como pidiendo que *sí*, que *sí* quería, él aumentaba un poco el ritmo. No era rápido. Pero era más profundo.

—Pedro… —dijo ella, sin abrir los ojos—. Me gusta esto. Me gusta sentirte ahí. Me gusta que me tengas así. Que me tengas *enterita*.

Él la besó en el cuello, en la oreja, en la nuca. Le susurró algo en voz baja, algo que solo ella podría escuchar, algo que la hizo sonreír y apretar los muslos.

—¿Qué dijiste?

—Que eres la mujer más linda que he tenido. Que te quiero así, que te quiero *toda*.

Ella soltó una risita ahogada, entre jadeos. Y entonces, sin previo aviso, empujó su cuerpo hacia atrás, hacia su verga, como una oferta final.

—Dame todo —dijo—. Dámelo todo.

Él no se lo pensó dos veces. Empujó. Con fuerza. Con cariño. Con todo lo que tenía. Fernanda gritó. No era un grito de dolor. Era un grito de *sí*. De *sí* quería eso. De *sí* lo necesitaba. De *sí* lo había estado esperando.

Y entonces, cuando él sintió que su cuerpo se apretaba alrededor de la verga, cuando ella se tensó como un arco y luego se soltó como una cuerda rota, cuando ella se derritió sobre sus brazos, él la tomó con más fuerza, la levantó un poco, y se dejó llevar.

—Fernanda… —dijo él, con la voz rota.

Ella se giró, lo besó, y le dijo lo único que importaba:

—Sí. Sí. Sí.

Cuando todo terminó, cuando él se retiró suave, cuando ella se desplomó sobre el colchón, con la cara contraída en una sonrisa de cansancio y placer, Pedro se acostó a su lado, la abrazó por la espalda, y le acarició la barriga con la punta de los dedos.

—¿Te duele?

Ella se giró, lo miró, y le dio un puñetazo suave en el hombro.

—¡Qué va! —dijo—. Me duele *bien*.

Pedro rio, y la besó en la frente.

—¿Otra vez?

Ella se encogió de hombros, con una sonrisa pícara.

—Depende. ¿Tienes aceite?

Él rio más fuerte, y la abrazó con más fuerza.

—Sí. Tengo todo. Siempre tengo todo contigo.

Y en ese momento, con el sol ya bajando, con los gatos caminando por el balcón y el aire cargado de calor y de sal, Fernanda se quedó dormida en sus brazos, con el cuerpo lleno, con el alma en paz, y con la certeza de que, a veces, lo que parecía difícil solo necesitaba un poco de tiempo, un poco de aceite, y mucha confianza.

La vida, a veces, es como un *anal*: no es rápido, no es sencillo, pero cuando se hace con cuidado, con respeto y con amor, es una de las cosas más profundas que puedes compartir con alguien.

Y ella se durmió pensando eso, con la mano de Pedro sobre su estómago, y el rastro de su cuerpo aún presente, como una huella invisible, como una promesa hecha con piel y con tiempo.

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