El último abordaje del capitán
7 minEl último abordaje del capitán
La brisa del Pacífico entraba por la ventana abierta del barco pesquero *El Albatroz*, trayendo consigo el olor a sal, a algas y a motor diesel humeante. Estaba a punto de mediodía, y el sol golpeaba con fuerza sobre las aguas verdes-esmeralda del golfo de Fonseca. A bordo, entre cajas de sardinas enlatadas y redes enrolladas, un hombre de veinticuatro años ajustaba el cinturón de su mochila de cuero gastado mientras miraba fijamente a la mujer que acababa de subir por la escala de cuerdas.
Ella bajaba con lentitud, con ese modo de moverse que solo tienen quienes han aprendido a no correr: cada paso calculado, cada apoyo seguro. Tenía cuarenta y nueve años, y a primera vista parecía una mujer de mundo, de vida vivida, de viajes largos y decisiones tomadas sin pedir permiso. Llevaba un blusón de lino color mostaza, desabrochado hasta la tercera botonadura, y debajo un sostén de encaje negro que dejaba entrever la curva alta de sus pechos, aún firmes, aún plenos. Su cabello, negro con hebras de plata, lo tenía recogido en un nudo bajo, suelto por los lados, como si el viento le hubiera robado la paciencia de atarlo bien. Se llamaba Lorena —así lo decía una pegatina desgastada en el portamapas que colgaba de su cuello— y era la dueña de ese barco, aunque no parecía haber nacido para el mar: su mirada tenía más de bibliotecaria que de capitana, pero sus manos —tostadas por el sol, con venas azules marcadas— demostraban lo contrario.
—¿Te quedaste sin bus? —le preguntó ella, secándose con un pañuelo el sudor de la frente, sin apartar los ojos del muchacho.
—Me bajé en San Lorenzo —respondió él, con voz un poco ronca, como si hubiera estado gritando mucho—. El camino está cortado por la piedrera. Y el celular no agarra.
Ella asintió, y soltó una risita baja, entre burlona y cómplice.
—Pues te has montado en el último barco que sale hoy. El *Albatroz* no es crucero, muchacho. No hay WiFi, no hay TV, y la cama de proa es más dura que el cemento.
Él sonrió. Se llamaba Diego, y era estudiante de biología marina en la UNAM. Había ido a documentar la recoveración de la tortuga laúd en la zona, pero ahora, sentado en el cofre de proa con las piernas estiradas, lo único que quería documentar era la forma en que Lorena se inclinaba para ajustar la vela mayor, cómo se le marcaban los músculos de la espalda bajo el lino, cómo su culo, bien prendido en los pantalones de algodón, se balanceaba con el vaivén del barco como una brasa dormida.
—¿Cuánto tiempo nos queda antes de que nos alejemos de la costa? —preguntó él, fingiendo interés en el mapa.
—Dos horas —dijo ella, sentándose a su lado sin mirarlo—. Y si te portas bien, te dejo ver el atardecer desde la popa.
—No soy muy buenos muchachos —murmuró él, mirándola de reojo.
Ella se giró entonces, lentamente, y lo miró de arriba abajo, sin prisa, con ese peso de la mirada que solo tienen quienes han aprendido a leer cuerpos. El sol le daba de lado, iluminando las vetas de plata en su cabello, los lunaritos en las sienes, la curva de sus labios —rosados por dentro, suaves por fuera—.
—¿Y qué te hace pensar que necesito a un buen muchacho? —preguntó, y su voz era una cuerda tensa, como el viento en el mástil.
Diego tragó saliva. No era tímido, pero sí sensible —y Lorena emitía una frecuencia que le hacía temblar los nudillos cada vez que ella se movía.
—Siento que… que me estás mirando como si ya supieras lo que voy a hacer.
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada. Solo… quedarme.
Ella soltó una risita, más breve esta vez, y se levantó. Caminó hasta la popa, donde había una silla plegable de madera, y se sentó con las piernas juntas, como si estuviera en una sala de espera. Pero no era así. Diego lo sabía. Lo sabía por la forma en que su pecho subía y bajaba, por la forma en que su mano izquierda se apoyaba con lentitud sobre el muslo, con los dedos abiertos, como si estuviera conteniéndose.
—¿Por qué no vienes a sentarte aquí? —le dijo, sin girarse.
Diego se puso de pie. Caminó hasta ella, con pasos cortos, sin prisa, como quien se acerca a una hoguera en invierno. Se sentó a un costado, con las manos apoyadas en las rodillas, la espalda recta.
—¿Cuántos barcos has comandado? —preguntó él, queriendo saber más de ella.
—Doce. En veinticinco años. Pero este es el primero que me ha llevado tanto tiempo construir.
—¿Por qué?
—Porque no se trata de madera, muchacho. Se trata de saber cuándo soltar las cuerdas y cuándo tirar con fuerza.
Ella se inclinó hacia adelante, como si estuviera ajustando algo en el suelo. El blusón se abrió un poco más, y Diego vio el borde del encaje negro, la curva húmeda de su piel, el leve temblor de su pecho. No se movió. No respiró.
—¿Has estado en otros barcos? —preguntó Lorena, sin quitarle los ojos de encima.
—Sí. Pero nunca con una capitana como tú.
Ella se giró entonces, lentamente, y puso su mano derecha sobre la rodilla de él. Sus dedos eran cálidos, secos, con una dureza suave. Lo rozó apenas, como si estuviera midiendo una tensión invisible.
—¿Y qué te hace pensar que yo no he estado en otros barcos?
—No lo sé —dijo él, con la voz más baja, más grave—. Solo siento que… que ya sabes lo que va a pasar.
—Pues no —dijo ella, y soltó una risita, casi infantil—. A veces me equivoco. A veces me quedo quieto cuando debería soltar. A veces…
Y entonces, sin más preámbulo, ella bajó su mano hasta la muñeca de él, lo tomó suavemente, y lo tiró hacia adelante. Diego no opuso resistencia. Se inclinó, y sus labios se encontraron con los de ella.
No fue un beso de urgencia. Fue un beso de exploración. De curiosidad. De experiencia. Lorena lo hizo con calma, con ese arte de saborear lo que se sabe que va a desaparecer. Su lengua entró con suavidad, sin presión, como quien abre una puerta que ya sabe que está cerrada desde dentro. Diego respondió con la misma lentitud, con las manos colgando a los lados, como si no supiera dónde ponerlas —pero no por falta de ganas, sino por respeto—.
Cuando se separaron, ella tenía los labios entreabiertos, los ojos más oscuros, y un leve brillo en la frente.
—Tienes una boca fuerte —dijo, y lo dijo como si fuera una afirmación, no un cumplido.
—Tú tienes una boca que sabe a sal y a café —respondió él.
Ella soltó una risita, y esta vez no la ocultó. Se levantó, lo tomó de la mano, y lo llevó hacia la escotilla de la cabina.
—Vamos a ver si sabes navegar mejor de lo que crees.
La cabina era pequeña, íntima, con madera de cedro olorosa y una cama baja, estrecha, cubierta con una manta de lana gris. Lorena cerró la escotilla con un clic seco, y el sonido del mar se volvió lejano, como una canción que se escucha desde otra habitación.
—Dime una cosa —dijo ella, mientras se desabrochaba el blusón con una mano—. ¿Cuánto tiempo crees que aguanta un barco si el capitán decide no soltar las cuerdas?
—Depende —respondió él, ya sin temor—. Si el mar está tranquilo, podría aguantar horas. Si hay tormenta… solo hasta que se rompa algo.
Ella se quitó el blusón con lentitud, dejando al descubierto el encaje negro, sus pechos, firmes, redondos, con pezones oscuros, como bayas maduras. Se acercó a él, sin apuro, y puso sus manos sobre sus hombros.
—Pues hoy el mar está tranquilo —susurró—. Y yo no tengo prisa.
Diego la tomó de la cintura, sintiendo la dureza de su vientre, la calidez de su piel, la seguridad de su cuerpo. Lorena no temblaba. No sudaba. Solo lo miraba, con esa mirada que había visto antes —no en los libros, sino en la vida—: la mirada de quien ha perdido el miedo a querer.
—Entonces… ¿por qué no me muestras cómo se suelta una cuerda?
Ella sonrió, y esta vez fue una sonrisa de victoria. Lo tomó de la mano, lo llevó hasta la cama, y se sentó primero, con las piernas abiertas, como si estuv
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.