El tiempo que sobra no es tiempo perdido

El tiempo que sobra no es tiempo perdido

@adriana_v ·6 de junio de 2026 · ★ 3.9 (36) · 203 lecturas · 9 min de lectura

Me llamé a mí misma una mentira. Cuando el门 se cerró tras él y sentí el eco de sus pasos en el pasillo, no me di cuenta de que ya no era una mentira: era una mujer que se había dejado ver, por primera vez en quince años, con la luz encendida. Él tenía veinticuatro años. Yo, cuarenta y nueve. Una diferencia de veinticinco años que, en el aire entre nosotros, no se sentía como una brecha, sino como un abismo lleno de humo y olor a sal.

Me llamaba Adriana, y esa noche no era Adriana la de siempre: la que se levanta a las 6:15, prepara café descafeinado, revisa los emails antes de que el sol toque el balcón, viste con blazers suaves y habla en tono profesional en las reuniones de Zoom. No. Esa versión de mí se quedó en el closet, colgada de una percha, con las arrugas de seda de los pliegues. Aquella noche, en el sofá de cuero negro, con las piernas cruzadas y los talones apoyados en el cojín, yo era otra. Una mujer que había despertado de un sueño largo, frío, y que, por primera vez desde que el cuerpo le dijo a la mente *basta*, se permitía sentir sin miedo a manchar la imagen.

—¿Estás cómoda? —preguntó él, sentado a mi derecha, espalda recta, manos sobre las rodillas como si temiera tocar algo que no debía. Pero sus ojos, oscuros y brillantes, ya habían leído todo.

—Mejor ahora que antes —respondí, y la voz me salió ronca, como si el simple hecho de haberla guardado tanto me hubiera desgastado las cuerdas.

Se llamaba Lucas. Estudiante de arte, de those que llevan mochilas desfondadas, tazas de plástico con té frío y una mirada que te mide antes de que termines de hablar. Habíamos coincidido en una feria de libros antiguos, en una mesa apartada, frente a un cuaderno de dibujo que había dejado olvidado. Él lo había recogido, sin pedir permiso, y me había mirado con una sonrisa que no era de burla ni de lujuria, sino de curiosidad, de reconocimiento. Como si me hubiera visto antes, en sueños que no recordaba.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo, y por primera vez me dio la sensación de que era él quien estaba desnudo, no yo.

—Si te lo mereces —contesté, y me di cuenta de que había sido una provocación innecesaria.

Se inclinó un poco, y la luz del velador iluminó su cuello: suave, con un velo de vello fino, la línea de la mandíbula firme, la pupila dilatada por algo más que el alcohol que habíamos compartido en dos copas de vino tinto en la cocina. No había nadie más en la casa. Mi hija estaba en la universidad, dos ciudades más al sur. Mi marido, muerto desde hacía seis años.

—¿Por qué me dejaste el cuaderno?

—Porque me gustó cómo dibujaste la curva de la mano de la modelo. No era una pose, era un adiós.

Se rió, bajo, con la garganta vibrando.

—¿Tú也曾 dibujado modelos?

—Una vez. Hace mucho. Me dijeron que tenía mano para el detalle.

—¿Y qué dibujaste?

—Nada que saliera bien —mentí—. Me salía todo rígido.

—¿Por qué?

—Porque no sabía aún cómo mirar sin vergüenza.

Y entonces, sin que nada lo hubiera preparado, me acerqué. No fue una decisión consciente. Fue una necesidad física, como el cuerpo que se estira después de una larga inmovilidad. Mis dedos rozaron la muñeca de Lucas, y él no se apartó. Al contrario: giró la mano, palma hacia arriba, como si me invitara a cargarla con algo. Y yo lo hice. Puse mi mano sobre la suya, y sentí el calor que emanaba de su piel, la textura áspera de sus nudillos, el latido en el tendón que se aceleró cuando mis pulgares se tocaron.

—¿Cuánto tiempo hace que no tocas a alguien? —preguntó, sin soltar mi mirada.

—Demasiado. —Me mordí el labio inferior—. Tres años. No por falta de ganas. Por miedo.

—¿A qué?

—A sentirme real. A sentirme… visible.

Lucas se puso de pie lentamente, sin romper el contacto. Me ofreció la mano, y yo la tomé. No fue un gesto de dominio, sino de reconocimiento. Como si dijera: *te veo, y me quedo*. Subimos las escaleras juntos, sin prisas, sin palabras. Yo llevaba una falda larga de lino, zapatos de tacón bajo, una blusa de botones grandes. Él, jeans desgastados y una camiseta negra que decía *No me llames, me escucha el tiempo*.

En la habitación, no hubo demora. No hubo rodeos. Me senté en la cama, y él se puso de rodillas frente a mí, como si fuera un acto de reverencia, no de deseo. Pero no era reverencia. Era curiosidad. Él quería saber cómo funcionaba una mujer que había aprendido a callar sus propios gritos.

—¿Quieres que te desvista? —pregunté.

—Quiero que me digas qué hacer —respondió, y su voz era tan honesta que me hizo abrir los ojos más de lo previsto.

Le quité la camiseta con lentitud, deslizando mis dedos por sus costillas, sintiendo cómo se contraía su abdomen, cómo su respiración se volvía más profunda. Su pene, en reposo, era pequeño, redondeado, pero cuando lo toqué con la yema de los dedos, se estiró como si despertara de un sueño largo. Lo sostuve con suavidad, sintiendo su peso, su calidez, la textura suave de su piel. Él cerró los ojos, suspiró, y por primera vez en mucho tiempo, yo no me preocupé por cómo se veía mi cuerpo. Me preocupé por cómo se sentía el suyo contra el mío.

—¿Cuánto tiempo quieres quedarte? —le pregunté, mientras desabotonaba su jeans y lo bajaba con cuidado.

—Lo que tú me dejes.

—Entonces no te vayas hasta que yo diga.

Se acercó, se sentó a mi lado, y me quitó la blusa. Mis pechos, ya flácidos por la maternidad y el tiempo, no escondieron su forma: caídos pero sensibles, los pezones oscuros y endurecidos por el frío del aire y la excitación. Lucas los miró sin rubor, sin asco, como si fueran algo natural. Y lo eran.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Me gusta que los uses. Me gusta que los tengas. Me gusta que se muevan cuando respiras.

No era elogio. Era constatación. Y eso me hizo sentir más desnuda que si me hubiera quitado todo.

Me tumbé, y él se colocó entre mis piernas. Me deslicé la falda hasta las caderas, y me quedé con las bragas de algodón, sencillas, grises. Él las apartó con los dedos, sin deshacer el elástico, y me miró: la vulva, ya húmeda, los labios hinchados, el clítoris erguido como un botón de flor. No dijo nada. Solo puso una mano sobre mi vientre, y la otra sobre mi muslo, y bajó la cabeza.

Su lengua fue un rayo. Primero tocó mi clítoris con una ligera presión, como si lo estuviera probando. Luego lo rozó con la punta, en círculos lentos, y yo arqueé la espalda, soltando un gemido que no pude contener. Me apartó las bragas del camino y se metió dentro de mí con dos dedos, con una precisión que no podía aprenderse en un libro. Sentí cómo se estiraban mis paredes internas, cómo se contraían los músculos del suelo pélvico, cómo mi cuerpo se abría como una flor que ha estado cerrada demasiado tiempo.

—Mierda —dije, con los dientes apretados—. Mierda, Lucas…

Él no se apresuró. No me pidió que me relajara. Simplemente me tomó por dentro, con su mano y su lengua, con su respiración caliente y su cuerpo que me sostuvo sin presión. Sentí su pene contra mi muslo, ya duro, ya listo. Y cuando me volví hacia él, lo tomé en la mano, lo guié hacia mi entrada, y lo empujé dentro con una sola estocada.

Se metió hasta la raíz. Me sentí llena hasta el alma. Su pene era estrecho, pero firme, y se hundió en mí con una facilidad que nos hizo temblar a ambos. Yo apoyé las manos en sus hombros, lo sentí jadeando contra mi cuello, y comencé a moverme, a subir y bajar sobre él, con lentitud, con intención. Mis pechos se balanceaban, suaves, y él los tocó con las palmas, masajeándolos, tirando de los pezones, y yo gemía, sin vergüenza, sin disimulo, como si por fin hubiera recuperado el lenguaje que me habían arrebatado.

—Dime qué sientes —susurró.

—Siento que no soy tu madre. No soy tu maestra. No soy nadie que te deba explicaciones. Solo soy una mujer que te deja entrar.

Me giró, me puso de cuclillas, y él se colocó detrás, agarrándome de las caderas. Entró de nuevo, más hondo, más rápido, y yo me dejé caer sobre sus manos, sintiendo su pecho contra mi espalda, su aliento en el cuello, sus dientes rozando mi oreja.

—Tú me hiciste venir —dije, entre jadeos—. Tú me miraste, y yo me dejé mirar. Tú me tocaste, y yo te dejé tocar. No hay poder aquí, Lucas. Solo cuerpo. Solo deseo.

—Sí —respondió, y me empujó con fuerza, haciendo que mi frente tocara la almohada—. Solo eso. Solo esto.

Me corrió dentro con un gemido gutural, corto, roto, como si hubiera estado esperando esa descarga desde que nació. Lo sentí temblar, sentir cómo su pene palpitaba dentro de mí, cómo sus dedos se hundieron en mi piel, como si temiera que me escapara. Me giró despacio, me besó con la boca abierta, y sentí su sabor en la lengua: salado, dulce, mío.

—¿Te duele? —preguntó, cuando se retiró y vi la mancha de semen saliéndose de mí, con lentitud, como una promesa que se cumple.

—No. —Me limpié con una esquina de la sábana—. Me duele más no haberlo hecho antes.

Se quedó a dormir en mi cama. No hablamos. Solo nos miramos desde las sábanas, mientras el sol entraba por la ventana y doraba el polvo en el aire. Él tenía el cuerpo de un muchacho: huesos que aún no se han asentado del todo, piel que se renueva con rapidez, deseos que no se han convertido en costumbres. Yo tenía la piel más fina, las venas visibles en los pechos, las arrugas en los labios, el vientre que una vez albergó una vida y ahora solo guarda la memoria de haberlo hecho. Pero cuando él me tocó, cuando me miró sin pedir permiso ni disculpa, cuando se dejó llevar por mi cuerpo como si fuera el suyo propio… supe que no había perdido el tiempo. Que lo que parecía sobra, era, en realidad, lo que me faltaba.

Al día siguiente, Lucas se fue con su mochila y su taza vacía. No prometió volver. No dijo nada que pudiera romperse. Solo me dejó una nota pegada al espejo del baño, con tinta negra:

*El tiempo que sobra no es tiempo perdido. A veces, es solo tiempo que se estaba preparando.*

Y yo, con mis cuarenta y nueve años, con mi vulva hinchada, con mi pecho aún sensible, con mi voz ronca de tanto gemir, sonreí. No por lo que había pasado. Sino por lo que había recordado: que el cuerpo no se retira. Solo espera a que uno se atreva a abrir la puerta.

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