El tiempo que sobra
7 minEl tiempo que sobra
La luz del atardecer entraba por las ventanas del loft de Elena, teñida de ámbar y dorado, como si el sol hubiera decidido quedarse un rato más. Ella estaba sentada en el sofá, descalza, con una taza de té humeante entre las manos y los ojos fijos en la pantalla del portátil apagado. Tenía cuarenta y nueve años, y aunque la vida le había dejado huellas: una línea suave en el entrecejo, los hombros un poco más pesados después de criar a dos hijos ya adultos, las manos con venas visibles pero firmes, con una firmeza que solo la experiencia sabe moldear. Llevaba un camisón de seda color vino, sin sujetador, y el tejido se pegaba ligeramente a sus pechos al respirar, como si también él quisiera no perderse nada.
Eran casi las siete. Él llegaría a las siete y cinco. Había insistido: “No quiero que me espere. Prefiero que estés relajada, como si esto fuera natural… porque lo es”. Elena había sonreído al leer el mensaje. Él tenía veinticuatro años, y su nombre era Santiago. Un estudiante de historia del arte, con una mirada que parecía siempre a punto de descubrir algo nuevo, y un cuerpo del que aún no había terminado de asumir su propia existencia: espalda ancha, muslos fuertes, una erección que se marcaba con claridad incluso bajo pantalones anchos, como si su cuerpo fuera una promesa que aún no había aprendido a contener del todo.
Toc. Toc. Toc.
No un golpe seguro ni un timbre atrevido. Un llamado titubeante, como si dudara si aquello era real o un juego que él mismo había inventado. Elena se levantó, se ajustó el camisón con un movimiento suave de las manos, y fue a abrir.
—Hola —dijo él, sin sonreír del todo, como si temiera que una sonrisa demasiado grande rompiera la magia del instante.
—Hola, Santiago —respondió ella, y lo dejó entrar sin más preámbulo.
No hubo abrazos al instante, ni besos precipitados. Él cerró la puerta, dejó su mochila en el suelo, y se quedó quieto, observándola. Ella no se apartó. Se dejó mirar. Él notó primero los pies descalzos, las uñas pintadas de un rojo oscuro y brillante. Luego las piernas, largas, con una curva suave que decía juventud contenida, no pérdida. Luego la cintura, estrecha, y luego el pecho, que se alzaba con la respiración, tranquilo, sin presión, sin urgencia.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó él, con una voz que aún había retazos de adolescencia, pero que ya sabía bajar de tono, como para entrar en un templo.
—Claro que no —dijo ella, y se sentó de nuevo en el sofá, cruzando las piernas con lentitud, dejando que él viera cómo se estiraba el muslo, cómo la seda brillaba bajo la luz.
Él se sentó a un metro, no más. No quiso acercarse como si temiera que ella lo detuviera. Pero tampoco se alejó. Se quedó allí, en ese límite, donde el aire entre dos cuerpos ya se calienta, aunque aún no se toquen.
—Me dijiste que querías hablar de arte —murmuró él, jugando con la tapa de su taza, que aún estaba caliente.
—Sí —respondió ella, y se inclinó ligeramente hacia adelante, lo suficiente para que el camisón se abriera un poco más en el escote—. Pero no de los que están en los museos. Hablaré de los que están en la piel. De cómo la luz se queda en las curvas después de que el sol se ha ido.
Él la miró. Realmente la miró. No como quien mira una pintura, sino como quien quiere entender la técnica, la historia, la intención detrás de cada trazo. Y entonces, lentamente, alargó la mano. No hacia su rostro. No hacia su cuello. Hacia su rodilla, que sobresalía de la tela del camisón. Su índice rozó la piel, apenas, como si estuviera probando la textura de una tela antigua. Elena no se movió. Solo bajó la mirada, y vio cómo sus propios dedos se tensaban sobre el muslo.
—¿Toca mucho? —preguntó ella, sin mirarlo.
—No —dijo él, y esta vez sí la miró a los ojos—. Solo una vez. Al principio, cuando empieza a ser real.
Elena sonrió, una sonrisa pequeña, que no llegaba a los ojos, pero que sí llegaba a la boca, como si fuera una confesión silenciosa. Entonces, con un movimiento que parecía natural, casi casual, apoyó su mano sobre la de él, que aún descansaba sobre su rodilla. Sus dedos se entrelazaron, los suyos más ásperos por el tiempo, los de él más tersos, más frescos. Y en ese entrelazado hubo algo más que un gesto de intimidad: una confirmación, una entrega mutua.
Él se inclinó, y esta vez sí la besó. No un beso de prueba, ni uno apresurado. Un beso que sabía a té de jazmín, a silencio compartido, a tiempo que se dilata. Elena respondió con calma, abriendo los labios sin prisa, permitiéndole el acceso sin ceder todo al primer momento. Sentía su lengua, fresca y decidida, y al mismo tiempo, su propio pulso latiendo en la nuca, no como advertencia, sino como señal de que el cuerpo recordaba lo que la mente ya había elegido.
Santiago se apartó apenas un centímetro, lo suficiente para respirar.
—¿Estoy siendo demasiado rápido? —preguntó, con la voz un poco ronca.
Elena no respondió con palabras. En vez de eso, puso su mano libre sobre su pecho, sobre el corazón que late con fuerza, y lo apretó con suavidad.
—No —dijo—. Solo sigue.
Él se levantó, y ella lo siguió, sin prisa, sin temor. Caminaron hacia la habitación, una puerta abierta que dejaba ver una cama de sábanas blancas, sin adornos, como una tela en blanco lista para el primer trazo. Al entrar, él se giró hacia ella, y esta vez fue él quien rozó su cuello, con la yema de los dedos, como si estuviera midiendo una curva en una estatua. Elena cerró los ojos, y dejó que él se acercara, que sus manos encontraran las suyas, que sus cuerpos se acercaran hasta que sus pechos tocaran el pecho de él, hasta que sintió el calor de su entrepierna contra su muslo.
—¿Me dejas? —susurró él.
—Sí —respondió ella, y entonces lo besó de nuevo, con más hambre, pero sin perder el control.
Se desvistieron con lentitud, sin urgencia. Él le quitó el camisón con cuidado, pasando las manos por sus brazos, por su espalda, por la curva de sus caderas, y ella lo ayudó a quitarse la camiseta, el pantalón, los calcetines. Cuando quedaron frente a frente, sin nada entre ellos, Elena lo miró sin rubor. Él tenía un pene bien formado, erguido ya por el deseo, pero no agresivo, sino expectante, como si también él estuviera aprendiendo a ser adulto en ese instante.
Elena se sentó en el borde de la cama, y lo llamó con un gesto. Él se acercó, y ella colocó su mano sobre él, sintiendo su peso, su calor, la textura de la piel. Lo acarició con suavidad, con la seguridad de quien sabe cuánto tiempo puede durar el placer si no se corre demasiado pronto.
—Tú me enseñas a mirar —dijo ella, mirándolo a los ojos mientras lo tocaba—. Y yo te enseño a sentir.
Él no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza y besó su pecho, primero uno, luego el otro, con una devoción que no parecía de veinticuatro años, sino de alguien que había soñado con esto sin atreverse a decirlo. Elena cerró los ojos, dejó que el placer subiera, lento, como el agua que se calienta en una tina, sin prisa, pero sin pausa.
Cuando él se colocó entre sus piernas, ella ya estaba húmeda, caliente, abierta. No hubo dudas, no hubo preguntas. Solo el contacto, la entrada lenta, el estiramiento suave, el suspiro que rompió el silencio. Él se detuvo un momento, dentro de ella, y ella lo miró, y le sonrió.
—Sí —dijo—. Sigue.
Y él empezó a moverse, con un ritmo que era suyo, pero que ella guiaba con los muslos, con la cadera, con una mano que se apoyaba en su espalda para pedir más o menos. No hubo gritos, solo respiraciones entrecortadas, besos en el cuello, uñas que se hundían con fuerza en su piel. Elena sintió el orgasmo subir desde lo más hondo, como una ola que no se puede detener, como el tiempo que, por fin, se permite fluir sin resistencia.
Cuando todo terminó, se quedaron quietos, abrazados, con el sudor pegando sus cuerpos. Él besó su frente, y ella apoyó la cabeza en su hombro, escuchando su corazón.
—¿Volverás? —pregunt
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